El final de nuestra presencia en esta isla perlada se acercaba. Confieso que yo estaba físicamente cansada, quizás no por la demanda de energía que implica el pedaleo, sino por la cantidad de horas de sueño que le debía a mis ojos. No había gozado hasta ahora sino de una siesta post almuerzo desde que salí de Caracas, y ya era el décimo día del viaje. Así que era 4 de enero de este año infante y había llegado el día de ejecutar el plan de salir a navegar en kayak. Teníamos los boletos del ferry con fecha del 05/01/2019. Era el día propicio y así lo planificamos con Dayana y Ashley, nuestros anfitriones de pernocta y del mar.

Era viernes y mi cuerpo sabía que el viaje no terminaría tan pronto y ya el lunes debía asistir al trabajo. En la víspera, dejamos muchas cosas listas, algo de ropa limpia y planeamos nuestro retorno a Caracas. Cuando amaneció, de nuevo habíamos conversado mucho con nuestros anfitriones y fuimos a dormir tarde, de manera que la mañana nos llegó muy rápido y aún queríamos dormir. Nora --la madre de Dayana-- nos sorprendió con café, intuyendo que ya estábamos despiertos. Lo bebimos pero ya el café no servía para estimular la vigilia sino para reestimular mi dependencia a la cafeina. Así que seguimos durmiendo un rato.
El plan era salir sin prisa, pero nosotros debíamos plegarnos a la dinámica casera y decidimos levantarnos a pesar de todo, para poder sortearla. Cocinamos el desayuno y dejamos listo el almuerzo para llevarlo a donde fuera menester. Yo desconocía la preproducción del kayaqueo y vi a las personas sapientes prepararse...yo no entendía mucho, moría de sueño y fuí a acostarme. Ningun tipo de curiosidad pudo más que mi cansancio, así que yo, muy inusitadamente estaba durmiendo a eso de las once de la mañana.
Me despertaron cuando ya ambos carros estaban encendidos. Me embarqué en el carro y llegamos a Pampatar en un cuarto de hora. Una vez en el Club Náutico, desmontaron los botes que estaban encima de la camioneta y sacaron una caja de plástico con una cantidad de accesorios desconocidos para mí. Dayana, con la espontaneidad y fluidez propia de lo cotidiano, destapaba compartimientos, colocaba cosas en ellos, les modificaba algo en su tapa y los cubría de nuevo. Algunas tapas eran rígidas y otras eran flexibles, como de tela o algo así como el neopreno. Había una sincronización en sus acciones con las de Nelson y las de Ashley. Pero no hablaban casi. Todos sabían bien lo que hacían. Mientras tanto, la pequeña lactante recien nacida dormía en brazos de su abuela sin sospechar que en unos años (quizás en meses), en lugar de su madre, ocupada con los remos, el mar la mecería con vocación incansable.
Fue el 31 de diciembre, apenas a unos metros, en esa misma costa de Pampatar, que hablamos del propósito era kayaquear hasta El Farallón.
Se trata de una pequeña isla no habitada por humanos y, al parecer,
solo por aves y seguramente por animales que no alcancé a ver con mi
madura miopía. Además, su entorno submarino es rico en arrecifes de
coral, que contiene un ecosistema hermoso e interesante. Todo ello
reposa sobre el mineral rocoso que se erige en un banco irregular e
imponente sobre el que vuelan permanentemente y descansan apaciblemente
gaviotas, alcatraces y otras aves marinas propias del Caribe. Su forma
es tan irregular como hermosa. A mí se me pareció a varias manos que
juntan todos sus dedos apuntando hacia arriba, justo como ese gesto inefable que hacen los italianos.
Desde lejos, El Farallón se me presentaba como un simple plan, como una foto de algo que existe, pero que no he vivido, aunque el paisaje estaba frente a mí. Ni siquiera tenía emoción o ilusión, cosa que podía deberse al cansancio, aunque debo decir que ya yo estaba un poco más despierta. Por lo pronto, solo me olía a mar y presentía que tendría una actividad física nueva, un nuevo tipo de requerimiento. Me sentía de alguna manera segura de sobrellevarlo, pero restaba una pequeña incertitud que rellené con comida.
Mientras comía, Nelson me preguntó si yo mareaba. Yo le dije que sólo me he mareado viajando en el sur de Colombia, en el paso de Bucaramanga hacia Bogotá. En esa ocasión estaba mirando la pantalla de un televisor que estaba a poco mas de 3 metros de mí. Las ventanas del gran autobus estaban abiertas e íbamos por una vía sinuosa que ondulaba vertical y horizontalmente, es decir, que subía y bajaba a la vez que recorría curvas cerradas a ambos lados sucesivamente, en un paisaje abierto. En esa oportunidad experimenté lo que era estar mareada. Creo que nunca más he sentido un tal mareo sin que fuera por causas etílicas. Asi que le afirmé esto que cuento, con la seguridad vital de que no me hizo esa pregunta extemporáneamente.
Ya todos habían almorzado rato atrás, así que Dayana anunció que ella navegaría un poco con Amaya, su hija. Ya eran las 15:00 y se había calculado que la ida y retorno de El Farallón demoraría unas 3 horas en total, pues se trata de un recorrido de ida y vuelta de 5 kilómetros.
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| Club Náutico de Pampatar (punto rojo en la costa) y El Farallón |
Justo después Nelson y yo nos preparábamos para salir a flotar y entrenarnos un poco, ibamos a costanear mientras Dayana regresaba con el bote que utilizaría su esposo. Ashley nos ayudó a adentrar el bote en el mar, que es un kayak doble y es muy pesado. Yo me metí en el agua (muy fría para mi temperamento del instante) y observé como Nelson se sentaba mientras yo miraba dónde colocar las palas. "Las palas NUNCA SE SUELTAN", escuchaba yo repetidas veces.
Tras dos brincos infructuosos para montarme en la superficie del bote, y con las palas insertadas en el cordon elástico frente a mi asiento, estaba reposicionándome para dar el tercer brinco decisivo, cuando llegó Ashley diciendo "¡Hay que rescatar a Dayana!". Yo me despegué del bote sobre el que tenía las manos y ví cómo, con una agilidad experta e insospechada por la apariencia, este señor dió un solo salto, se instaló en el asiento sin que el respaldo se bajara (como me ocurrió a mí), y, cuando me percaté, ya practicamente había avanzado unos metros, pues en algún momento del vuelo había tomado las palas.
Al costado derecho de la playa teníamos un restaurante y enorme velero hundido y ya en un estado avanzado de deterioro, en una posición tal como si un barco-humano gigante, muy cansado de nadar, hubiera salido del mar con dificultad y se hubiera desplomado de costado, justo en la orilla.
Detrás de este voluminoso obstáculo, desaparecieron Ashley y Nelson, e imagino que en esa dirección se había virado la embarcación con madre e hija. Yo me quedé en el agua un rato a ver si aparecían, pero tardaron mucho y me salí. Mis zapatos, unas zapatillas de tela de lona de la marca Converse All Star, casi en estado de descarte, estaban mojadas y, con cada paso que daba en la playa, acumulaban mas y más arena haciendo de mis pies unos zapatos enormes de payaso. Además, yo sentía cómo se metía la arena por el hueco que tenía en la planta derecha.
Fui a ver a la bebé y entonces llegaron los rescatistas y las rescatadas. Comentaban cómo, al llegar, la madre estaba muy asustada y la hija, de sólo seis añitos, estaba tranquila y mas bien emocionada sujetándose al bote con una mano y, con la otra, la pala, que no soltó. Vale decir que todos vestiamos salvavidas. Este fué mi preámbulo, pero, si bien hizo que yo terminara de despertar, tampoco logró disuadirme de la kayaqueada por venir. De hecho, no me provocó el más mínimo temor, y creo que quizás esa indiferencia es de temer.
El viento de la playa pareció llevarse la tensión del joven naufragio, su adrenalina y el cansancio, con todos los gritos y alteraciones. Llegó el momento y pude meterme en el bote. Estaba muy atenta a que mis movimientos no fueran de brazos únicamente, sino que involucraran todo el torso con su respectiva dinámica abdominal y pectoral. Para ello, tuve que asumir una posición ligeramente inclinada hacia adelante y con las rodillas separadas como si fuera a cruzar las piernas para meditar (tipo siddhasana), para que dieran equilibrio a mi cuerpo en esa acción pivotante, de lo contrario, me deslizaría hasta quedar acostada en posición supina. Bueno, eso era lo que me imaginaba. Muy tarde supe que estas embarcaciones tienen algo llamado posapiés, que estaba allí pero ajustado para alguien más grande. Con ello me hubiera deselvuelto con más firmeza.
Avanzábamos más lento que Ashley ¡y eso que éramos dos! Su bote es diferente: además de ser para una persona, tiene una forma más esbelta y parecía atravesar las olas como una delgada aguja. El bote doble donde yo iba es más ancho y yo sentía que flotaba sobre ellas más que cortarlas. Aprendí a dirigirme hacia la izquierda y hacia la derecha...Nelson me enseñó eso y luego me dijo que él le daría la orientación al bote y que yo remara siempre igual: avanzando. Nuestro compañero nos indicó que nuestro kayak tenía el timón amarrado y se acercó a soltarlo (se había recogido después del rescate). Así que continuamos con mayor destreza.
Ya estábamos navegando hacia el farallón. Yo estaba bien despierta y viviendo una emoción sin efusividad: algo parecido a la satisfacción que se tiene cuando se acude a presentar un examen al que uno ha estudiado bien y completo, cuyo miedo es por el desafío de enfrentar la sorpresa del problema a resolver. Era como paz de estar preparado para el desafío, esto es, para el examen. Mi mirada hacia el kayak era de paz, no podría decir que era una emoción como la alegría, antes bien de algo que vivo con una sonrisa y no a carcajadas.
Flotábamos y nos impulsábamos en el agua inquieta, agua de mar. Atravesábamos las olas como se atraviesa la calle, mirando bien dónde pisar, porque no se puede remar en el aire. Yo disfruto del milagro de flotar, de preferencia así, sin motor y sin la concentración para ello que yo necesitaba para mis ejercicios de supervivencia en el agua cuando hacía el Curso Básico de Rescate, 20 años atrás. Este flotamiento de hoy no necesitaba que me centrara en la respiración y el descanso tenso de flotar boca abajo para ahorrar energías...ni del temor a que el agua entrara en mi nariz. Aquí tampoco gozaba de la despreocupación de viajar en una lancha comercial, pues las olas, por pequeñas, así como el viento, no me son indiferentes. Aquí la batalla es más cuerpo a cuerpo con ellos. La lancha salta y salpica, en tanto que el ferry se acuesta como un gigante sobre la cama inquieta del mar, a flotar y a hasta a hacer buchitos, mientras el kayak conoce las olas cara a cara, muy orgánicamente, muy humildemente las toca con sus manos y conversa casi en un diálogo con la inmensidad lógica y física que es su fuerza nada lúdica... donde el todo realmente está en la parte, donde esa ola es parte del todo y puede ser un pliegue del espacio-tiempo y donde la parte está en el todo-universo, la gran voz del mar y su mundo interior. En el kayak se escala la superficie del mar.
La batalla es satisfactoria porque uno logra desplazarse. Pude ver variar, en el confuso chapoteo del mar, las distancias: la costa ya lejana y El Farallón como algo nuevo que se acerca. Pude oir la delicadeza con que las ondas palmean los botes y cómo la comunicación entre Nelson y Ashley pasó de ser técnica y forzada en medio de ruidos de origen diverso, para ser una conversación espontánea y tranquila sobre viajes. Yo no hablaba, sólo me ocupaba de la técnica, que iba a asegurarme que podría ejercutar mi tarea durante las tres horas sin que me rindiera o sufriera. Así que yo miraba cómo lo hacía, miraba mis manos y la forma que entraba la paleta en el agua sin chocar. Observaba con atención la manera en que la paleta penetraba suave el agua que, cada vez más lejos de la orilla, se hacía más oscura.
El mar se volvía más anguloso y yo, en este intermitente y continuo ejercicio de observación de lo cercano, me mareé. Caramba, no tenía ni una hora de haber comenzado y sentía mis ojos en su esfericidad y mi nariz como algo pétreo. Eso era un mareo. Sentí la comida en mi garganta y ganas de vomitar. No quería nada de eso y me acordé del viaje a Colombia: debía dejar de mirar lo cercano y, como no era conveniente cerrar los ojos, fijaría mi mirada en lo distante. Viví esto en silencio y, al rato, el malestar disminuyó. Yo era inmareable, era mi orgullo. Después de todo, el temor clásico era ahogarme, que una lancha nos atropellara, que surgiera la necesidad de hacer un giro esquimal, y por no saber, entonces naufragar, no teniamos ni una bomba de achique ni una espoja, pero esto era insospechado para mí...y tendría que aguantarlo igual. A fin de cuentas, se minimizó bastante y, aunque la técnica de remar no estaba depurada, tendría que realizarla intuitivamente: no debía seguir mirando mis manos.
Esta navegación tan orgánica me parecía una negociación: hay requerimientos, concesiones y, lo que resulta, uno lo sortea, uno se bambolea. El bote atraviesa olas impulsándose a punta de pala, el bote flota sobre ellas y las usa de corriente. Todo eso ¡siempre! y todo se oye, todo se siente: el chasquito intenso que escupe muy salado y el roce suave e hipnótico de la corriente que acompaza el avance. Si no hablas, hasta puedes escuchar tu respiración, el gesto de palear o un pez que salta desde y hacia el agua.
Ya las aves del islote se escuchaban en su agudo graznar. Aún faltaba algo más de media hora cuando una lancha venía hacia nosotros con rapidez. Frente a una lancha, cuyos tripulantes pueden estar de pie sobre una plataforma flotante, yo me sentía sentada sobre el mar, me sentía mínima. Además sentía que los picos entre los que navegábamos, que se elevan incesantes, nos camuflajeaban. Pero no es así, levantamos y agitamos las palas, que son amarillas y/o de colores siempre vistosos, y pude apreciar cómo la intensidad del motor de esa embarcación disminuyó.
Cortando olas en diagonal llegamos a las proximidades de nuestro destino. Se sentía más agitada el agua debido a que el nivel de profundidad era menor. También el agua se veía más clara, ya no verde profundo sino azul claro. Me quité los lentes de sol que tenía amarrados muy rudimentariamente y los dejé colgar de mi cuello. Pude apreciar en lo alto que hacia el lado de la costa había una estatua de la virgen patrona local, así como un objeto a rayas horizontales blancas y naranja. Allí estaban las aves, apostadas a lo alto de ese complejo de crestas irregulares, múltiples y rígidas. Esa elevación que habría sido un acantilado erosionado por el mar, lo sería también por la defecación de las aves. Pero este día, en cuyas vísperas había llovido, se me presentaba limpio y patente, una escena imponente desde mi escala a kayak.
En el silencio que el mar arrulla en torno a un promontorio exclusivamente pisado por aves, la irregularidad de su estructura y la composición rocosa y oscura me abrumaban y me alegraban con la idea de soledad, de misterio y de descubrimiento. Me sentí solitaria unos segundos viviendo el bamboleo sin remar, viendo el mar azul cristal debajo de mí y luego escuchando, a ojos cerrados, las aves con la sostenida y leve acústica de las olas sobre las rocas que, incrustadas, se asoman tímidas apenas en torno al altar. Si, un altar, porque de cara al océano también había una figura de virgen, otra. Seguí remando en mi responsabilidad por preservar el bote y por seguir el paseo. Lamenté no haber llevado mi cámara (es decir, mi teléfono), como otros lo han hecho, porque era justo tener una foto.
Estaba asombrada, era bello y no necesitaba mis anteojos para descubrir esa belleza. Ni me cuestioné ni recordé el necesitar mis lentes. Tuve la boca abierta un buen rato, estaba desbordada de bienestar. Aún cierro los ojos y puedo estar allí sintiendo el mar y el altar. Me prosterno.
Regresamos como si pedaleáramos el retorno con viento en proa. Pasábamos frente a Porlamar. Las olas nos empujaban a sus costas. "Hay que derivar", decía Nelson. Yo solo remaba como me instruyeron al inicio, mientras disfrutaba de la lentitud con que me alejaba del islote. La costa comenzó a hacerse audible muy lentamente mientras yo dejaba de poder escuchar chapoteo de los picos de agua en los botes. Los muchachos hablaban y yo recuperaba la consciencia de mi indigestión. De cuando en cuando comentaban lo aplicada y silenciosa que iba. Nelson levantó el timón y yo debía prepararme para saltar del bote en cuanto me indicaran, que era antes de tocar la arena de playa.
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| La familia llega de un paseo marítimo |
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| Son recibidos por un colega kayaquista, Nelson. |
Nelson reparó en que no había traido ropa seca para cambiarse. Dayana aprovechó que la bebé acababa de dormirse para salir a navegar, junto a Ashley y Amaya.
Los tres salieron mientras Nelson se exponía al viento para secarse. Yo me cambié y, con agua salada, enjuagué los zapatos, agigantados de arena y los puse a escurrir en vertical, junto a sus medias, apoyados en el resto de una columna de madera sobresaliente que había quedado de un bohío muy recientemente demolido. Asimismo hizo Nelson. Luego, sobre ese mismo piso, se colocaron ambos kayak para que escurrieran el exceso de agua. La tarde ya desaparecía y estábamos todos animados. Comenzábamos a dar vigor a las anécdotas del día, con otras viejas.
Los tres salieron mientras Nelson se exponía al viento para secarse. Yo me cambié y, con agua salada, enjuagué los zapatos, agigantados de arena y los puse a escurrir en vertical, junto a sus medias, apoyados en el resto de una columna de madera sobresaliente que había quedado de un bohío muy recientemente demolido. Asimismo hizo Nelson. Luego, sobre ese mismo piso, se colocaron ambos kayak para que escurrieran el exceso de agua. La tarde ya desaparecía y estábamos todos animados. Comenzábamos a dar vigor a las anécdotas del día, con otras viejas.
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| Ya antes Ashley, Nelson y Dayana habían realizado travesías juntos. |
Se metieron los salvavidas y accesorios en una caja de plástico con tapa, e igualmente la ropa. El resto de las cosas grandes y rígidas fueron enjuagadas con agua traida en botellas, muchas botellas con agua dulce. Los pies y todo aquello que hubiera tocado el agua salada fueron "endulzados". Había que evitar el óxido en los carros. Por mi parte, yo había metido mi ropa húmeda y arenosa en una bolsa plástica.
Nos marchamos y en 15 minutos estábamos en casa descargando botes y lavando ropa. Tenían mucha arena, como las medias que usé para kayaquear. Me dí cuenta de la falta de mis zapatos y de los de Nelson. Allá estaban en Pampatar, ocultos en la oscuridad de la tarde apenas caida. Y allá quedaron. Eran impensable pedalear ya esa noche para buscarlos.
Margarita, sábado 5 de enero de 2019
El dia siguiente me sorprendía no estar tan cansada y adolorida como creía que iba a estar, quizás porque la carga y descarga de las alforjas y de las bicicletas en todo el viaje fueron un entrenamiento para los brazos y el pecho. Lavamos todo al llegar a casa y teníamos los zapatos que habíamos comprado los primeros días en la isla, así que no nos iríamos descalzos ni en cotizas. Pero llovió muchisimo en horas de la madrugada y todo amaneció chorreando.
El sol desplegó sus rayos de luz más agresiva y todo se secó casi completamente. Yo coloqué parte de la ropa sobre las alforjas (bien pinzada) para que se secara en el camino. Debíamos rodar hasta Punta de Piedras, lo cual implicaba recorrer más de 34 kilómetros.
Para mí era fundamental llegar a Caracas lo más pronto posible, ya que debía trabajar el día 7 (lunes), de manera que si conseguíamos a alguien que tuviera un vehículo grande y fuera a Caracas, y nos llevara era como ganar la lotería. Para procurar esto, hicimos un par de carteles y los pusimos en la bicicletas. Así salimos a pedal hasta el puerto, con nuestros zapatos blanquitos, nuevecitos, a las 11 de la mañana. Tuvimos un pinchazo justo a las doce, lo reparamos y llegamos a la oficina de Navibus tras una rodada fluida con viento de cola. Llevábamos el almuerzo listo para aterrizar en cualquier sombra y alimentarnos.
Mientras Nelson confirmaba nuestra salida, a a un vendedor de café, yo compré algo que llaman Tunja que no es más que en lo que en mi tierra zuliana llaman Paledonia o paledoña. Compré una y después repetí. Estaba rica. Nelson me imitó. Un par de señores nos detuveron para preguntarnos por nuestro viaje, uno de ellos arguyó que nos había visto días atrás en la ruta hacia Playa El Agua. Dijo que para que él hiciera eso, tenía que tener un carro fúnebre preparado atrás, que nos admiraba. Manifestó tener problemas para conseguir boletos, que estaba esperando allí resolver el asunto. Por otro lado, una persona nos dió la bendición. El letrero llamaba mucho la atención y la gente nos saludaba y nos orientaba.
Continuamos hasta el puerto, dimos una vuelta por el pueblo, donde nos advirtieron que después de la plaza no teníamos nada atractivo que ver y que, por contrario, estabamos en peligro. Bueno, a decir verdad, no lo dijeron tan fluidamente, primero trataron de advertirnos en inglés. Nos creían extranjeros.
En el puerto mismo comenzamos a ver camiones que fueran candidatos y a conversar con todo mundo que pudiera ayudarnos. Los empleados de Navibus pensaban que no teniamos pasaje para Puerto La Cruz, no entendian nuestro propósito. Después de entender, nos dijeron dónde pararnos y yo fui hablando con cada uno de los camioneros ¡Con cada uno! Fue infructuoso, inclusive hubo un candidato, pero no quiso llevarnos. Iba sin carga y directo a Caracas, pero no quiso. Yo insistí mucho y agoté mis recursos sin éxito.
Primero embarcan las gandolas, luego los camiones y de último los carros particulares y las bicicletas. Allí vimos al señor que resolvió y logro comprar el boleto a Puerto La Cruz. Nos ofreció ayuda, pero su carro es muy pequeño. Efectivamente venía a Caracas. Su intención no era suficiente. Yo quise desarmar las bicicletas para aprovechar, pero era materialmente imposible sin parrilla en el techo.
Nos embarcamos. El ferry era un bus caótico, caliente y apestoso. Había muchisima gente y a esa hora todos estaban alborotados. Zarpamos a las 17:30 y aun la gente bajaba al lugar donde estaban los vehículos, buscaba bebidas y enseres, mientras que otros, que iban en familia y su camión estaba abajo, se instalaban allí con una hamaca en el vehiculo. El viaje nos puso al borde de la impaciencia con la cantidad de llantos, ruido, groserías y tropiezos en los asientos. Era un bus de locos ese ferry, pero le estoy muy agradecida a la gente a su servicio.
Llegamos a las 23:00 horas a Puerto la Cruz, mucho después de ver un hermoso atardecer cuando pasábamos a un lado de Cubagua: esta isla a babor, y el atardecer a estribor. Jajaja, tengo que decirlo, algo tiene que quedarme después de navegar.
Como habíamos puesto las bicicletas de última posición en el cuarto de equipaje, nos correspondía llegar de primeros al arribar a puerto. Se nos presentaba un problema: Era ya muy tarde para salir a buscar dónde pasar la noche, era peligroso y estábamos muy cansados. Así que Nelson habló con el Capitán del barco y éste asumió una actitud protectiva: estábamos invitados a quedarnos a bordo de La Caranta hasta el alba.
Una vez reinstaladas y encerradas las bicicletas y nuestro equipaje, fuimos a instalarnos: comimos algo y luego buscamos dónde acostarnos. Conseguimos unos asientos estrechos, pero suficientemente buenos para el propósito. Hubo un momento de la noche en que todos parecían dormir, pero un miembro de la tripulación me ofreció un cable para cargar la batería de mi teléfono, que ya estaba descargado. Los tomacorrientes del barco tienen patrones muy diferentes a los de casa y se necesitan adaptadores nada comunes.
La sensación de pasar la noche en un barco es extraña porque me recuerda a estar en un hospital. Hay luces permanentemente encendidas en la periferia: luz en los pasillos del barco, que son como balcones, pero los espacios centrales de descanso están en penumbras. De vez en cuando este edificio marino vibra y se sacude, en otras ocasiones se mece como si un gigante nos tuviera en una hamaca del tamaño del Caribe y sintiéramos apenas una parte de la trayectoria de la columpiada. Sí, en muchos instantes me sentí en un hospital porque un motor encendido permanentemente, cual maquina de trabajo intensivo, imagino que para dar poder a las luces y a otros artefactos eléctricos, se oye. Ese sonido incesante y de tal manera monótono que puedo llegar a obviar, parecía ocultar el del agua que golpeaba el muelle. Con éste último, y mucha atención, comprendía el casi imperceptible bamboleo que se hace evidente cuando de la ventana salitrosa las luces de tierra firme parecían flotar. Arriba y abajo, arriba y abajo...abajo...arriba, lentamente al compás de la respiración del mar, suaves y constantes. Las luces de tierra firme son las que se deslizan en la bóveda de la noche desde un barco en la costa. Tras el vidrio inclinado al cielo y empañado de sereno del ventanal naval, era ésto lo que yo apreciaba desde donde yacía acostada, no había paisaje humano, sólo celestial.
Continuación: De prisa en tierra firme.
Para mí era fundamental llegar a Caracas lo más pronto posible, ya que debía trabajar el día 7 (lunes), de manera que si conseguíamos a alguien que tuviera un vehículo grande y fuera a Caracas, y nos llevara era como ganar la lotería. Para procurar esto, hicimos un par de carteles y los pusimos en la bicicletas. Así salimos a pedal hasta el puerto, con nuestros zapatos blanquitos, nuevecitos, a las 11 de la mañana. Tuvimos un pinchazo justo a las doce, lo reparamos y llegamos a la oficina de Navibus tras una rodada fluida con viento de cola. Llevábamos el almuerzo listo para aterrizar en cualquier sombra y alimentarnos.
Mientras Nelson confirmaba nuestra salida, a a un vendedor de café, yo compré algo que llaman Tunja que no es más que en lo que en mi tierra zuliana llaman Paledonia o paledoña. Compré una y después repetí. Estaba rica. Nelson me imitó. Un par de señores nos detuveron para preguntarnos por nuestro viaje, uno de ellos arguyó que nos había visto días atrás en la ruta hacia Playa El Agua. Dijo que para que él hiciera eso, tenía que tener un carro fúnebre preparado atrás, que nos admiraba. Manifestó tener problemas para conseguir boletos, que estaba esperando allí resolver el asunto. Por otro lado, una persona nos dió la bendición. El letrero llamaba mucho la atención y la gente nos saludaba y nos orientaba.
Continuamos hasta el puerto, dimos una vuelta por el pueblo, donde nos advirtieron que después de la plaza no teníamos nada atractivo que ver y que, por contrario, estabamos en peligro. Bueno, a decir verdad, no lo dijeron tan fluidamente, primero trataron de advertirnos en inglés. Nos creían extranjeros.
En el puerto mismo comenzamos a ver camiones que fueran candidatos y a conversar con todo mundo que pudiera ayudarnos. Los empleados de Navibus pensaban que no teniamos pasaje para Puerto La Cruz, no entendian nuestro propósito. Después de entender, nos dijeron dónde pararnos y yo fui hablando con cada uno de los camioneros ¡Con cada uno! Fue infructuoso, inclusive hubo un candidato, pero no quiso llevarnos. Iba sin carga y directo a Caracas, pero no quiso. Yo insistí mucho y agoté mis recursos sin éxito.
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| El bote que nos llevaría de regreso a tierra firme. |
Primero embarcan las gandolas, luego los camiones y de último los carros particulares y las bicicletas. Allí vimos al señor que resolvió y logro comprar el boleto a Puerto La Cruz. Nos ofreció ayuda, pero su carro es muy pequeño. Efectivamente venía a Caracas. Su intención no era suficiente. Yo quise desarmar las bicicletas para aprovechar, pero era materialmente imposible sin parrilla en el techo.
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| Atardecer a estribor, Cubagua a babor. |
Llegamos a las 23:00 horas a Puerto la Cruz, mucho después de ver un hermoso atardecer cuando pasábamos a un lado de Cubagua: esta isla a babor, y el atardecer a estribor. Jajaja, tengo que decirlo, algo tiene que quedarme después de navegar.
Como habíamos puesto las bicicletas de última posición en el cuarto de equipaje, nos correspondía llegar de primeros al arribar a puerto. Se nos presentaba un problema: Era ya muy tarde para salir a buscar dónde pasar la noche, era peligroso y estábamos muy cansados. Así que Nelson habló con el Capitán del barco y éste asumió una actitud protectiva: estábamos invitados a quedarnos a bordo de La Caranta hasta el alba.
Una vez reinstaladas y encerradas las bicicletas y nuestro equipaje, fuimos a instalarnos: comimos algo y luego buscamos dónde acostarnos. Conseguimos unos asientos estrechos, pero suficientemente buenos para el propósito. Hubo un momento de la noche en que todos parecían dormir, pero un miembro de la tripulación me ofreció un cable para cargar la batería de mi teléfono, que ya estaba descargado. Los tomacorrientes del barco tienen patrones muy diferentes a los de casa y se necesitan adaptadores nada comunes.
La sensación de pasar la noche en un barco es extraña porque me recuerda a estar en un hospital. Hay luces permanentemente encendidas en la periferia: luz en los pasillos del barco, que son como balcones, pero los espacios centrales de descanso están en penumbras. De vez en cuando este edificio marino vibra y se sacude, en otras ocasiones se mece como si un gigante nos tuviera en una hamaca del tamaño del Caribe y sintiéramos apenas una parte de la trayectoria de la columpiada. Sí, en muchos instantes me sentí en un hospital porque un motor encendido permanentemente, cual maquina de trabajo intensivo, imagino que para dar poder a las luces y a otros artefactos eléctricos, se oye. Ese sonido incesante y de tal manera monótono que puedo llegar a obviar, parecía ocultar el del agua que golpeaba el muelle. Con éste último, y mucha atención, comprendía el casi imperceptible bamboleo que se hace evidente cuando de la ventana salitrosa las luces de tierra firme parecían flotar. Arriba y abajo, arriba y abajo...abajo...arriba, lentamente al compás de la respiración del mar, suaves y constantes. Las luces de tierra firme son las que se deslizan en la bóveda de la noche desde un barco en la costa. Tras el vidrio inclinado al cielo y empañado de sereno del ventanal naval, era ésto lo que yo apreciaba desde donde yacía acostada, no había paisaje humano, sólo celestial.
Continuación: De prisa en tierra firme.








Jorge HINESTROZA comentó:
ResponderBorrarLis comentarios del 20 de enero a las 13 horas aproximadamente, me pertenecen. Jorge HINESTROZA.
BorrarNavegué, "cayaqueé",bicicleteé y me mareé junto contigo,sin poder evitarlo, ah! y ¡con mucho gusto!!
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