lunes, 14 de enero de 2019

Margarita 2018-19 (V): Al pie del castillo Santa Rosa.

Este es ya el octavo día desde que salí de Caracas y el quinto en la isla. Por fin dormimos muuuy bien. Fue la noche más reparadora hasta el momento: 7 horas corridas de sueño, buena temperatura y colchones de primera calidad. Además, en la víspera habíamos sido atendidos como reyes: nos esperaron con una cena de arroz con lentejas (con muchas verduras) y un par de sardinas fritas. Me encantan estos pequeños pescaditos, ¡y fritos! ¡ni hablar!

La buena voluntad de mucha gente se conoce cuando uno viaja en bicicleta. Esto yo no lo conocí de manera tan patente cuando andaba de montañista, quizás porque estaba siempre dispuesta a armar una carpa en la montaña en sitios remotos y alejados de riesgos de inseguridad. Uno puede resolver en cualquier espacio cuando no hay temores de ser soeprendido en plena noche. Pero esta bondad que conozco ahora es urbana. Estos viajes me hacen creer que en las ciudades subyace un espíritu que quiere creer que el desafío es nutritivo pero también posible y superable, que busca muestras de un carácter orgánico que tiene una fuerza tan grande que trasciende fronteras, que transporta voces, que siendo vida, también razona con una potencia que es amor propio y esperanza de descubrimiento. Cuando uno viaja así, uno lo hace por descubrir y descubrirse, pero el otro se inclina a ayudar o a preguntar porque quiere descubrir que puede apostar a algo humano que puede asombrar, y sobre todo que exista, esté cerca y sea palpable. Ese algo desde la simpleza y lo ingenuo.

El viaje en bici solo puede ser ingenuidad. Tal cualidad es una reivindicación de la fuerza motora de cuerpo humano en un momento en el que desplazarse perdió la proeza orgánica para ser reemplada por una virtud monetaria y motorizada con energía fósil y, en amplia medida, pasiva.

El alba tardó en revelarse porque el cielo estaba cubierto. La promesa de lluvia desalienta a cualquier cicloviajero. No obstante, las lluvias previas habían sido lloviznas breves e intermitentes. Habíamos prometido marcharnos antes de la 7 de la mañana, así que debíamos reivindicar la dignidad de quien pide techo e irnos para no perturbar el desenvolvimiento de las labores bomberiles y los cambios de guardias que ameritarían nuevos permisos y rendición de cuentas administrativas.

Salimos y nos instalamos a un par de manzanas más allá en dirección de nuestro destino, para desayunar. Nos procuramos un atol frío bajo un techo que nos evitó algunas gotas de lluvia. Arrancamos bajo el sol un poco más maduro. Salimos de Juan Griego tomando la misma vía. Esta vez llovía levemente y la mañana de sol escondido tenía los árboles más verdes que ayer.
El paso de Juan Griego a Santa Ana era de un poco más de 200 metros evitando la autopista. Esa vía recta era el recto proceder ciclista. El paso tradicional nos encaminó correctamente y accedimos a La Asunción por los mismos pueblos de la víspera, pero barnizados con la humedad vital de la lluvia. Esos colores de la tarde vespertina de ayer, esta mañana eran más sólidos y puros. Tuve la impresion de pasear por algún pueblo andino.

Miraba a los lados y me sentía acompañada por las montañas. Me detuve a tomar una foto de la iglesia de Tacarigua. La misa tenía lugar en ese momento. Eran las 8:30 de la mañana. Seguí adelante sin parar y mirando a todos lados como si grabara las imágenes de esos pueblos. Esquivaba los obstáculos que veía de reojo, pero hubo un momento que pase por encima de algo sólido y alargado como un tronco con ambas ruedas ¡pluc-pluc!

Tacarigua bajo el cielo cargado a las 8:30.

El plano comenzaba a inclinarse y yo hacía el cambio de piñones de rigor. La vecindad de construcciones era cada vez más distante, apiarios aquí y otras fincas allá. Cada vez más arbustos y árboles altos de troncos gruesos se acercaban a la orilla de la calle descontinuando los patios, hasta que la uniformidad de la textura vegetal se hacía montaña tendida y solitaria.

Yo pedaleaba sin detenerme y la carga se hacía sentir en la extensión de mis piernas. Cuando la subida se extiende y serpentea, no miro hacia adelante, así evito desesperar y apurar el paso innecesaria e ineficazmente tratando de finalizar una cuesta que ni siquiera se vislumbra. Miraba la rueda delantera, respiraba y sentía la tensión de la mecánica anatómica, y de repente vi una navaja en el pavimento. Nelson se paró después de mí y le pedi que me la pasara. Me dijo asombrado: "viste esa navaja, pero hace rato pasaste por encima de una culebra...¡menos mal que estaba muerta!".

No me parece raro, en ningún viaje a montaña vi una culebra. Fueron más de quince años en las zonas más famosas de ser culebreras. Creo que es una asunto psicológico: no quiero verlas. Bueno, una sola vez vi una estando yo en una posición comprometida con las necesidades fisiológicas, bajo un árbol. La pequeña serpiente paseante era amarilla. Yo me quedé tranquilita "como en la cédula" y ella se fué siguiendo su curso.
El pasaje en pendiente entre La Asunción y los pueblos de Tacarigua y Santa Ana es llamado Portachuelo. Una vez en la cumbre, con una temperatura ideal y sin sol, rodamos casi lúdicamente en la bajada, hasta la capital.

En el camino vimos un señor de unos setenta años en una moto, con cabellos y barba larga, muy larga, portando casco de bicicleta y a ambos lados de sus brazos cargaba gran cantidad de trastes. Un doble bulto pintoresco de cosas plasticas metálicas y vegetales con aparente imposible futuro, de difícil reutilización.

Una vez en la Plaza Bolívar de La Asunción pudimos ver el movimiento habitual de la capital: una notaría abierta, la iglesia, gente en la plaza que va y viene, automóviles y bicicletas circulando y turistas que llegan en bandas. Allí entendimos el porqué la gente creía que éramos brasileños. Toda la mañana escuché hablar esta suave lengua hermana.

El plan era que yo me quedara, descansara y escribiera mi relato, mientras Nelson iba en bus a Porlamar a resolver la obtención de boletos en ferry para regresar. El plan desde Caracas era volver a tierra firme el día 3 de enero, pero desde el 31 de diciembre, en Conferry, nos dijeron que las salidas disponibles eran para después del día 6. Más mochileo parecía imponerse. A veces estás circunstancias me agotan, porque se trata de un viaje en un periodo muy reducido con unas condiciones nacionales de transporte muy restringidas, y con una demanda laboral muy absorbente que me esperaría desde el 7/01 . En cuenta de eso último, habíamos sido ambiciosos, pero debíamos atenernos a la realidad. Quizás me tocaría faltar al trabajo un par de días.

El ambiente de la plaza era romántico. Al lado de la iglesia hay un centro comercial llamado El Guire, donde se consigue artesanía, souvenires y dulces locales. El pasillo interior goza de luz natural y jardín con un aire rural muy acogedor. Este espacio compartido tiene a su vera un café que se llama Casa Jardín, donde venden un magnífico café, galletas y pizzas, sin que falte una carta de pasta italiana como su dueño y se escuchen a estos paisanos llegar, comer bien instalados y  conversar acaloradamente una buena porción de la tarde.
Restaurante Casa Jardin y Centro Comercial El Guire


La musicalización del café abarcaba la plaza. Afortunadamente se trataba de música venezolana: Gualberto Ibarreto y Simón Díaz, entre otros. El volumen del sonido era moderado y, como lloviznaba, la atmósfera era acogedora y yo sentía que la suave música abarcaba todo el pueblo.

Nelson y yo nos instalamos a planificar lo que haríamos mientras tomábamos un cafe compartido. En lugar de marcharse en autobus, lo hizo en bicicleta. Al parecer el transporte público es tan exiguo que demoraría demasiado. Él se marchó a las 10:30 y yo me quedé escribiendo los relatos de la llegada a la isla. Tenía mis notas en una libreta, pero no se me dá tan fluidamente lo de escribir en el teléfono. Marqué mis rutas en la app de Google Maps, capturé las pantallas, seleccioné las fotos y luego posteé según me lo permitía la señal de telefonía disponible.

Dieron las doce del mediodía, una llamada tras otra con pésimas noticias de boletos para fechas muy retiradas. Debimos haber comprado los boletos de regreso el mismo día, pero ni lo pensamos. Mientras tanto, yo veía gente que se me hacía familiar pero al escuchar su suave cadencia al hablar, propio del portugués brasileño, me descentraba. Toda mi estadía allí, que duró desde las 9 de la mañana hasta las 4 de la tarde, pude apreciar el constante y numeroso desfile de extranjeros: brasileños, colombianos, angloparlantes e italianos.

Justamente, desde su mesa --ubicada frente a la mía-- estaba sentado un señor del país de Rómulo y Remo. Me preguntó como con un aire de duda de cómo dirigirse a mí, quiźas por no saber si yo hablaba español, si la bicicleta era mía y de dónde venía. Comenzamos a hablar un buen rato y yo prefería escuchar en lugar de hablar para así poder comer la galleta que había pedido. Ya el mediodía había pasado hacía un par de horas y yo soñaba con una pizza enorme.
En Casa Jardin, descansé refrescando mis notas y comiendo algo dulce


Al Señor Mirko le llamó la atención la bicicleta alforjada y me hizo toda clase de preguntas sobre el viaje. Yo conversé agradada de hablar con alguien. Luego se marchó y dejó pagadas la galleta que yo pedí, un par de galletas más y un refresco (que yo cambié por un café con leche). Yo comí mi galleta y otra, y dejé la tercera para Nelson.
Otra llamada: las gestiones de los boletos fueron exitosas. Nuevamente nos iríamos en Navibus. Yo no conocía las otras empresas navieras, pero él se quejaba del mal estado de ésta. Yo respiré de alivio por la nueva certeza. Viajar de esta manera es un descubrimiento permanente y tiene por ello muchas alegrías, pero se trata de una bondad que emerge de la incertidumbre. También uno come con alivio, tras mucho esfuerzo físico, mucho tiempo esperando, o las dos cosas. Lo malo es que si se viaja con poco dinero o si la inflación se come el valor de tu dinero en pocas horas, no puede darse uno el lujo de comer en restaurantes y el reto entonces es que uno debe cocinar y prepararse continuamente para dar la cara al nuevo día: se llega a cocinar cuando se está cansado o simplemente todo se retrasa. El problema del retraso no es únicamente el dinero sino el tiempo del que se dispone para lo que se ha programado. Cuando se viaja con el tiempo restringido y se es muy ambicioso sobre lo que se quiere hacer, no se puede descansar hasta babear.

Mi compañero de viajes llegó con los boletos del ferry y con una arepa rellena de chucho, para mí. Ya no recuerdo su olor ni su forma cuando la toqué. La devoré en un respiro. Era pequeña e insuficiente.
El pan de año abunda en Margarita.


Eran ya las cinco de la tarde y moríamos de hambre, queríamos algo decente, algo completo parecido a un almuerzo. Teníamos mucha comida en las alforjas, pero necesitabamos una cocina y energías para cocinar. Tampoco ya podíamos movernos a otro pueblo, no teníamos dónde dormir y las playas estaban lejos. Resolvimos buscar queso para comer con pan, pero no conseguimos. También decidimos buscar al señor José El Perico (Rafael Hernández) y solicitarle un espacio en su patio para armar la carpa.


Nos fuimos directo a Cantarrana, donde está el Club Los Pericos, al pie del castillo. Ese fue el lugar donde conocí este fruto que llaman Pan de Año, con el cual me dicen que se preparan arepas y atoles, entre otras comidas. Se trata de un árbol que crece alto y da este fruto en abundancia. Su nombre científico es Artocarpus altilis, tiene su origen en el sudeste asiático y fue llevado a las Antillas en el siglo XVII y en alguna de las migraciones ha venido a la isla. Aún tengo curiosidad de su sabor.
Boulevar en La Asunción


Dejamos las bicicletas y equipos, y nos fuimos a caminar al pueblo por recomendación del dueño de la casa. Fue un paseo adorable, aunque hubo que atravesar una calle completa y ciégamente oscura entre la casa de nuestro anfitrión y el casco central.


El boulevar en la noche es concurrido y muy lindo: hay cafés abiertos y una atención muy cálida. Al regresar a la casa, comíamos en las penumbras del patio un pan capesino con aceite, ajo, pimienta y sal, cuando fuimos sorprendidos con un par de tazas de chocolate caliente muy oportunas para aliviar el frío que hacía ¡Estaba delicioso!

He aprendido una lección importante: el hecho de que vaya a una isla tropical no implica que sólo gozaré de un cálido sol. En la noche puede hacer un frío tal que no pueda yo dormir. Ese fue el caso de esta noche. Dormí apenas minutos interrumpidos continuamente por las ráfagas más intensas de viento frío. Una corriente permanente de viento helado recibía con mi humanidad zuliana durante toda la noche. Sufrí de frío. Cuando aumentó la temperatura y yo pude rendirme al sueño, ya el gallo dejaba de cantar porque había amanecido y todo el mundo estaba saliendo de casa al trabajo.


Margarita, 3/01/2019

Para colmo de males, esa noche antes de dormir tomé la decisión de bañarme porque no lo había hecho en la víspera y luego me coloqué toda la ropa que había llevado, pero era insuficiente para conservar el calor. Mientras tanto, Nelson, calentito, no pudo dormir porque un gallo cantó toda la noche el dolor de su cautiverio. En conclusión, hay que llevar tapa-oidos para el ruido, chaqueta, guantes y medias para evitar perder calor por causa del frío e intenso viento de la playa o del pie de montaña, como era el caso. Ahora estaba yo trasnochada y cansadísima...y endeudada en mi apetito. Por suerte, nuestro aposentador nos obsequió un par de cambures.
Nelson, Marielvis ("la negra" apelativo de su preferencia) y yo.

Una vez dispuestas las alforjas y las fugas de los cauchos reparadas, caminamos calle arriba para visitar el castillo. La negra nos acompañó. Esta pequeña nieta del famoso Perico, aparenta una edad inferior: nos sorprendió su fluido discurso sobre Luisa Cáceres de Arismendi, la heroina local.
Patio del castillo Santa Rosa desde un calabozo.
Nos guiaba por las piezas del castillo dándonos informaciones que manejaba y mezclaba con sus fantasiosos diez años de edad. Para el momento, en la escuela estaba estudiando estos eventos históricos. Su guiatura fue amena, fue muy dulce y contrastaba con la guiatura oficial del castillo, de parte de un hombre entrenado para ello, pero que recitaba de manera muy mecánica y monótona.
¿Proyectiles? Me temo que no caben en esos cañones.

Nelson y Marielvis hablan sobre lugares a la vista
Mientras yo nadaba en mis nebulosas y tomaba fotos, Nelson conversaba con la negra y discutía sobre los topónimos locales.  Entre otros, discutieron sobre el origen del nombre del Cerro Matasiete.


Con José El Perico y la Negra.
Al bajar del castillo a la casa, nos despedimos. Ya sabíamos que no los veríamos más en este viaje y nos tomamos una foto juntos. Detecté que nuestro anfitrión tiene el carisma de un gran amigo, a quien recuerdo siempre porque fue mi apoyo en una comunidad yukpa de Perijá. Ahora entendía porqué sentía una gran simpatía por él. A ambos les estoy muy agradecida. Es increible su energía, su vitalidad y buen humor. A los 73 años disfruta de 23 nietos y 2 bisnietos.


Siempre temo llamar a alguien por su sobrenombre, pero me resultó muy lindo a la vez que pintoresco que un par de niñas llegaron al lugar, pidieron algo y, al salir, a dúo las niñas se despidieron diciendo: «¡Gracias, Sr. Perico!». Éste se despidió de ellas con gesto satisfecho y orgulloso de abuelo respetado. 


Del boulevar hacia el domo, buscando la Av. 31 de julio.
El plan de ir a Playa El Agua se hizo día. Iniciamos la rodada a ese destino con la guiatura de Robert, un señor que se dirigía a su trabajo y se confesaba ciclista deportivo. Hizo masivas advertencias de precaución. Tomamos la vía indicada (desde donde estábamos, el boulevar, debíamos rodar hacia el este (hacia una construcción con forma de domo y buscar la calle 31 de julio: a la izquierda, luego a la derecha y de nuevo a la izquierda al encontrar el semáforo, en dirección al norte). Así lo hicimos y comenzamos a rodar habiendo desayunado un exiguo cachito que no debía pesar más de 30 gramos.

A las 12 del mediodía no salía de mi cabeza que quería comerme una empanada de cazón. El hambre fijaba mis pensamientos en la empanada. Estaba en Margarita y eso era lo de esperar. Soñaba con eso mientras pedaleaba. Tenía hambre y quería empanada de cazón. Cazón. Cazón, Cazón. Cazón...pasamos el semáforo y yo "cazón". Pedal y empanada. Empanada y hambre. Empanada y cazón...hasta que ¡plaj! pasamos frente a un caney con un letrero que decía "El Propio Pastelito Maracucho". Sin duda, eso me dió en el hambre y en el gentilicio. Me detuve y pedí a Nelson que cuidara las bicicletas mientras yo averiguaba los precios y la oferta de comida, porque allí debían haber las susodichas empanadas de cazón.

Un restaurante de fritangas finas: El propio pastelito maracucho.
Verfiqué la provocativa oferta y los precios. Habían una propuesta atractiva, se veía decente y prometía sabor. Las combinaciones de los rellenos me hablaban de algo suculento: relleno de queso tipo capresa, de pernil, de carne estilo andino, de carne estilo maracucho, de berenjena con pollo, de tocineta con queso crema, de plátano con queso, de bocadillo de guayaba, de bocadillo de plátano con queso, tequeyoyos, tequeños full chocolate...¡ufff! Pero en ese momento mi presupuesto me frenaba.

Parte del mural, al fondo. Ver detalle de la puerta.
Mientras tanto, un señor que nos había visto llegar con nuestros vehículos, tomó una foto de Nelson y la envió a una amiga. Esa persona le envió un mensaje vocal: "Preguntale si se llama Nelson". Luego el señor en el lugar le mostró el mensaje a Nelson. Cuando yo llegué a la mesa, éste hablaba por teléfono con la persona distante. Era su amiga Jania, impulsadora de Bicimargarita. Yo llegué a la mesa a sugerir a Nelson que continuáramos el viaje, que no había presupuesto esta vez. Yo desconocía que el señor era el propietario del lugar. 

Fuimos invitados a comer por la casa y degustamos sendos pastelitos y jugo de guanábana. ¡Todo era bueno! Por si fuera poco, al decirle que me detuve porque buscaba empanadas de cazón, él ordenó a la encargada que hiciera un par. Lo recomiendo. Conversamos un rato e intercambiamos redes sociales. Fue un banquete delicioso. Yo comía mientras miraba el mural del fondo, que tenía a dos virgenes dignas de una portada de revista de moda. Total, la experiencia fue energizante. Si alguien quiere comer rico y frito, que vaya al Sector Salamanca en la Av. 31 de Julio entre La Fuente y La Asunción. (Ver @elpropiopastelitomaracucho en IG)

Ahi están mi bici y la de Nelson, en su representación.
Estabamos satisfechos y bien alimentados, podíamos rodar un rato más. Seguimos nuestro camino en dirección Norte. En la salida a Playa el Tirano nos desviamos hacia la costa y rodamos un rato en algo parecido a una ciclovía o a un bulevar. Es una playa hermosa y las casas de la costa muy bonitas. A la derecha del magnífico paisaje de costa se veía el Cerro Guayamurí. No logré tomar una foto que le hiciera justicia. Al final de la caminería, retomammos la avenida 31 de Julio.

23 kilómetros para regresar de Playa El Agua al Valle.
Llegamos a Playa el Agua a las 14:30 ¡Cuánta playa azul! Guindamos hamacas y descansamos. Quise bañarme pero habían algas y el agua estaba muy fría para mi gusto. El lugar es muy agradable, me hubiera quedado más tiempo, pero ya estábamos en cuenta regresiva. Nuestros boletos del ferry eran para el 5 de enero.

A las 16:15 salimos de Playa El Agua a El Valle del Espíritu Santo. Para evitar rodar de noche, pedaleamos a relación larga, entre 38-23 y 48-23 (plato-piñon), y sólo deteniéndonos en el semáforo. En esa carretera estrecha y de un solo canal por sentido, volamos todo lo posible y a las 17:35 estábamos en la plaza del Valle del Espíritu Santo, en pleno día y con tiempo de rehidratarnos con una cerveza.

Ya estábamos prácticamente en el destino del final de la jornada y la salida del día siguiente me hacía ilusión: mi primera kayaqueada.

Continuación: Embarcaciones de escala.

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