En nuestra vía cicloviajera, ayer llegamos a la frontera entre Miranda y Anzoátegui. Llegamos gracias a la bondad del empujón en camión desde El Guapetón. Nelson y yo indicamos que los dos ciclistas que encontraríamos en el camino iban con nosotros, ellos accedieron a recogerlos ¡Tremenda cola! Insistimos en llegar ayer mismo a Puerto La Cruz, pero necesitaríamos otro aventón. Fue al Peaje de Playa Pintada que nos dejaron y conocimos a Manolo, el todopoderoso (asi lo recuerdo yo).
Fue un anfitrión excelente, junto a su esposa. En su casa pasamos
la noche: pudimos cocinar, bañarnos y dormir bien bien. Julio y Víctor
se quedaron para rodar por la costa de tierra firme y bordear el lago de
El Hatillo. Según google Maps se trata de la Laguna de Unare.
Seguiremos captándonos en las redes. Nosotros continuamos a
la isla.
Hoy insistimos en ganar tiempo y energías para avanzar, así que regresamos al peaje donde conocimos a Manolo, el Peaje de Playa Pintada. Una vez allí pedimos el apoyo que fue saludado y prestado por poco
tiempo, pues nos pidieron que nos marcharamos y como no tuvimos éxito en conseguir apoyo transportil, tuvimos que irnos bajo la presión de los militares. Parecía que debíamos
dignificar el viaje a pedal, y rodamos un buen rato.
Mucho después de haber dejado atrás Boca de Uchire, cuando comenzábamos una pendiente en una vía bastante angosta donde gandolas pasaban muy cerca y a velocidades no muy prudentes, nos sacudió un ejemplar enorme de gandola con un conductor degenerado que tocó la corneta desde lejos con mucha insistencia y cuya velocidad se sentía a distancia, detrás, acercarse muy rápido a juzgar por la corneta que sentiamos cada vez más cerca intimidándonos. Casi nos rozó, pero no fué necesario, nos sacudió su proximidad y rapidez. Nosotros tomamos el volante con firmeza y seguimos pedaleando para mantener el equilibrio: sentimos que nos succionó un poco y luego nos expulsó. El entorno era arcilloso y ralo; el día brillaba con intensidad enceguecedora. Gajes de la ruta, gajes del cicloviaje. Seguimos pedaleando un poco más y llegamos a otro peaje llamado San Juan de Unare.
Yo era quien hacía el parlamento sobre el viaje en ejecución, pedía la ayuda a las autoridades del peaje. Esta vez los encargados eran unos muchachos jóvenes que se mostraron mas o menos fascinados. No estaban exentos de la típica pregunta sobre la motivación del viaje: si era el pago de una promesa a un santo/virgen o imagen religiosa. Yo solía responder con sinceridad: "nos gusta pedalear y queremos llegar a Margarita sin depender del transporte comercial. Es un viaje de aventura". Los guardias escucharon la solicitud de colaboración con una sonrisa curiosa y nos proporcionaron la anécdota de un chino de 23 años que hace dos meses estuvo rodando por toda Sudamérica y pasó por allí. Nos contaron que le dieron sopa de domingo y le escucharon los cuentos en inglés.
Tras un rato no mayor a una hora, lo lograron. Consiguieron una cola hasta Puerto La Cruz para nosotros ¡Qué emoción, descubro oriente!
Esta presión de regresar para trabajar en una fecha determinada me tiene muy intermodal, jejejeje.
Ya estábamos viajando sólo Nelson y yo. Por su parte, Victor y Julio viajaban por el estrecho, al norte de la Laguna de Unare y vivían una aventura diferente. Luego nos contaron que pedalearon en la oscuridad de la noche en la playa, bajo las estrellas muy brillantes, sin otra luz que las de los cuerpos celestes.
Capítulo siguiente: Nochevieja y Aǹo Nuevo (IV)


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