jueves, 10 de enero de 2019

Margarita 2018-19 (IV): Nochevieja y Año Nuevo.


Estos fueron los días 3 y 4 en Margarita, durante los cuales recorrimos 31 y 27 kilómetros, respectivamente.

Ya me han preguntado si estoy acostumbrada a pasar las fiestas decembrinas fuera de casa o sin mi familia. Yo respondo que este es mi tercer viaje en bicicleta a fin de año consecutivo. El año pasado pedaleé a Barquisimeto y el anterior a ése, hasta Choroní, atravesando en bicicleta el Parque Nacional Henri Pitier desde Maracay. Este ritual me gusta mucho porque es una especie de meditación, por el desafío físico y psicológico. Aunado a esto, rompo las barreras de mi zona de confort con la necesidad de protección y alimentación. La sed de descubrimiento del otro hace que el viaje sea lo enriquecedor que es viajar y comprender.

Me llegó la notificación de Google Drive mostrando las imágenes de que hace un año yo estaba iniciando el viaje en metro hacia Los Teques desde Sabana Grande, con las bicis alforjadas. En ese momento nuestro destino fue Barquisimeto y el plan era ahorrarnos unos cuantos kilómetros en subida para salir del Estado Miranda. Al uso de dos modos diversos de transporte con un mismo destino se le llama intermodalidad. Nuestro desplazamiento hacia Margarita fue intermodal efectivamente, pero dentro de la isla fue exclusivamente en bicicleta.

El día comenzó temprano tras haber dormido solo 4 horas ¡Conversar y conversar con los panas kayaquistas! Hablábamos de cosas entrañables que se recuerdan un último día del año. Inventarios humanos. Ashley y Dayana son seres de esos exóticos que llenan de energía. Crían dos niñas hermosas y espontáneas, amadas con la práctica de una cercanía y diálogo que no muchos están dispuestos a destinar a la cría de sus hijos y además nunca se conforman con las imágenes de la television, sino que crean las suyas propias: experiencias prolongadas de adrenalina en el mar, el roce humano, la búsqueda de colores locales y una elaboración culinaria donde todos participan ¡Y vaya que allí uno la pasa lindo y come rico!

Nelson es kayaquista también, por eso se conocen. Sus vidas y la mía están llenas de aventura, por algo una suerte de proximidad espacial posibilitó que nos conociéramos. La aventura forma parte de sus imágenes...y la de mía. Pienso que la aventura es algo cargado y que recarga de sensatez, pero una sensatez consciente y no tan subyacente e inconsciente. La aventura no es resultado de la locura, sino de un atreverse a construir una experiencia que pone al borde de las necesidades básicas ya resueltas en la contemporaneidad por relevar y obtener el contacto con la satisfacción o el placer que se siente de forma natural al comer, dormir, protegerse o realizar una actividad física que produce endorfinas...pero al máximo. No sé si podría ponerle un apellido a la aventura pero quizás yo diría ahora mismo que se trata de una aventura mochilera en bicicleta.

Insisto en que se trata de un proceso y producto de la sensatez, porque para vivirlo sostenidamente y sin morir no se depende de la suerte, por contrario, se depende de la previsión. Una cosa es que se deje uno llevar por los acontecimientos, cosa que es producto de la flexibilidad, algo fundamental para viajar así, y otra es que deben haber previsiones, precauciones, planes, acuerdos y restricciones. Y uno oscila entre ellos aunque a veces una se sienta frustrada. Ocasionalmente se rompen las reglas y el objetivo es lograr acometer un plan con cierta precaución para alcanzar, o bien la protección, el descanso, o el placer. Pero el placer siempre lo tendrá porque los viajes son espacios-tiempo para la gratitud que se genera cuando un evento provoca un desenlace positivo tras una gran tensión o incertidumbre. En los cicloviajes o en los viajes en kayak no hay lugar a la soberbia. No hay viaje de este tipo que dure así.

Tampoco uno puede o debe enfermarse en un cicloviaje, si es que quiere disfrutarlo. No enfermarse es un imperativo. Asi que las inhibiciones o las actitudes frente a la comida y las bebidas, la exposición al sol, el uso de calzados o ropa nunca utilizada, las horas de circulación o el descanso están siempre presentes. Son cosas de sentido que le damos a cada proyecto del plan de viaje. En fin, todo esto es filosofía del viaje, volvamos a los hechos.
Amaneció y nos activamos. Desayunamos como para rodar, y tan pronto como se secó la ropa lavada en la víspera, cogimos calle. (Por cierto, en el valle la ropa no se seca naturalmente durante la noche porque hay mucha humedad, al menos en esta época).
Al bajar a la plaza cayeron todos los mensajes de telefonía en mi móvil. Es increíble cómo uno descansa y se ocupa de cosas lindas cuando no tiene cobertura: hay tiempo y atención para mucho.

El Valle - Porlamar - Pampatar. 31 Km.
Nos despedimos en la víspera porque saldríamos de esa casa antes de que ellos despertaran.
Continuamos con las gestiones pendientes: debíamos asegurar un regreso a tierra firme y reparar la bomba de aire de Nelson. Los boletos disponibles eran para el 6 de enero ¡Qué molleja! Yo debía entrar a trabajar el día 7. No hay pedal que logre ese recorrido, a menos que consigamos irnos en transporte automotor desde el puerto mismo. En Venezuela eso está siendo cada vez más difícil porque hay poco servicio disponible y eso sin contar lo traumático que es llevar bicicletas (hay que pagar fuerte por cargar la bici en la maletera aunque este embalada y no sea más voluminosa ni considerada como algo frágil). Hay siempre sus gratas excepciones, en el ferry nada de eso ocurrió.

Decidimos buscar en otras empresas navieras, con el mismo resultado, pero al menos la que nos trajo a la isla no laboraba este último día del año. Su sede estaba distante, pero en el camino a Pampatar.

La bomba nos hizo recorrer el centro de Porlamar --sitio lejano a mi agrado-- y luego el C.C.Central Margarita, donde esta Grillo's Bike y yo aproveché para comprar sangría porque ¡Ojo! El año terminaba ese día yo había resuelto estar limpia y brindar en el umbral calendario. Tuve que batallar contra la cantidad de gente haciendo compras y entonces pague y nos fuimos con el alcohol.

Fuimos a la sede de Navibus, en el C.C. Parque Costa Azul y partimos a Pampatar. Allá estaba en su casa una persona que reside intermitentemente en Caracas en el edificio donde vivo.

Una vez en Pampatar yo sentí que estaba en la Margarita de mis expectativas, de mi imaginación, formada con los comentarios de la gente y la publicidad. Habían restaurantes abiertos y olía muy bien, cosa que agudizó mi apetito. Teníamos hambre y llevábamos una pasta preparada en la mañana. Nos detuvimos en la plaza y le dimos curso: abrimos una lata de pepitonas (¡Jajaja, en la costa!) y salsa prefabricada. Galletas María y dulce de lechoza confitada que nos obsequiaron los amigos kayaquistas. Nada deseaba yo más que comer un buen pescado frito o unas buenas empanadas de cazón. Bueno, c'est la vie !

Homenaje al compositor Vicente Cedeño
Allí dormiríamos y ya eran aproximadamente las 3 de la tarde. Todo resplandecía. Pasaba la gente caminando y una que otra persona en bicicleta, todo en silencio, solo el mar susurraba. Vimos a lo lejos una bici casi sin caucho o con un caucho muy muy delgado. Daba la impresion de que la persona iba sobre los rines directamente.

Dimos unas vueltas lentamente, para apreciar el lugar y buscar el sitio donde dormir. Preguntamos por bomberos, protección civil u otra institución que estuviera de guardia y nos puediera refugiar. Nos orientaron hacia la Capitanía de Puerto porque seguro que ese día las solicitadas no están en servicio. Había que subir y yo estaba agotada debido a las pocas horas de sueño. Pero no era nada del otro mundo. Hacia Punta Ballena, subiendo en el Sector La Caranta, los hallamos. La aprobación de nuestra solicitud la vimos en la mirada cuando apenas nos presentamos. Creo que sospecharon nuestras intenciones desde que nos vieron y tuvimos tal receptividad y servicialidad que nos hizo sentir vergüenza: podíamos instalarnos donde quisiéramos, salvo al interior del edificio. Ellos nos cargaron el equipaje y un gran tobo de agua al lugar. Conseguimos un caney a la orilla de la playa. Íbamos a dormir en hamacas y no en carpa ¡Qué descanso para el cuerpo alejarse de la dureza del piso! 
Patio del Castillo San Carlos de Borromeo, Pampatar.
El viento soplaba fuerte y la noche se presumía fria. En hamaca. Nos instalamos después de dar una vuelta por el casco histórico al que bajamos sin alforjas. El castillo estaba abierto en esta ocasión ¡Un 31 de diciembre a las 5 pm! En el camino nos cruzamos con Ashley, Dayana y su familia, nuestros anfitriones kayaquistas, una coincidencia asombrosa ¿Casualidad?



Vista desde ventana de la torre

El ocaso comenzaba a hacerse evidente y las advertencias de seguridad nos obligaban a regresar al provisional centro de operaciones.

Nos dimos un baño, conversamos un rato con nuestros anfitriones ocasionales, brindamos con sangría Don Julián (muy tóxica la chica), pusimos a cargar los teléfonos, comimos albóndigas de lentejas con ketchup y ¡a descansar! Creo que me dormí antes de las 9 pm con el arrullo insistente y necesario del mar y borracha, pero de agotamiento. Cómo si tuviera una alarma, desperté a medianoche. La bóveda oscura, muy oscura de una villa apenas iluminada hacia que los fuegos artificiales resplandecieran con una nitidez hermosa. El mar rugía agitado con el viento y las luces multicolores emergiendo y flotando en el cielo eran ese momento: El año 2019 apenas comenzaba...y de esta manera.

Es un alivio dormir en hamacas




Abracé a Nelson y subí a dar el feliz año a Yilfre y a Nauma. Ningún otro ritual cumplí y no hacía falta salir con las maletas en pleno viaje. Busqué mi teléfono ya cargado y envié mensajes mientras pude tener los ojos abiertos.

El frío me despertó en plena madrugada y recordé la advertencia sobre los bellos amaneceres de allí. Metí el aislante en la hamaca a todo riesgo de que se rompiera, y dormí más mi cansancio hasta que un leve resplandor me despertó. Obviamente tomé fotos. Así amaneció el primer día del año.
Amanecer 1o de enero de 2019. Punta Ballena, Pampatar

Con la intención de seguir nuestro viaje, nos activamos temprano. Usamos por primera vez la cocina artesanal que llevamos. Consiste en una lata de atún a la que se le coloca cartón corrugado enrollado y se le agrega parafina (de velas derretidas) hasta el tope. Las rejillas para colocar la olla son un soporte hecho con percheros de metal ensamblados con alambre dulce. Allí hicimos el atol.


Utilizando la cocinita que fabricamos.

Mis ollitas de camping se tiznaron horriblemente pero igual hice el atol de avena con leche y también hice un arroz con lentejas, nuestra comida oficial. Siempre cocinamos con anticipación porque se desconoce cuándo volveremos a tener la ocasión de cocinar.

Cargamos las botellas de agua. Yo personalmente viajo con dos botellas de agua de 1,8 litros (las de jugo de naranja comercial) y una botella de 0,6 litros. Las grandes las llevo en las alforjas y la pequeña en el porta-botellas del cuadro de la bici, que de vez en cuando coloco en el porta-botellas de mi koala.

José, el encargado entrante de la guardia de la Capitanía de Puerto llegaría en bicicleta. Mientras yo lograba quitar el espeso tizne de las ollas y levantaba mi acampada, Nelson conversó y obtuvo buenos datos de José sobre la reparación de pinchazos. Es una práctica de su cotidianidad y él insiste en su efectividad.

Los datos son los siguientes:
1. Con tripa descartada (cámara de aire) se puede parchar. Se raspa o lija el trozo destinado a ser parche y el lugar a reparar y a ambos se les aplica goma de zapatero (de esas color amarillo). Se espera a que estén secas y entonces se adhieren goma contra goma y se presiona. Según él, esto es suficiente, pero si a esa superficie se le presiona con una cuchara caliente, es un parchada bien consolidado.
2. Para casos de emergencia con la bomba de aire, puede construirse una manguera corta con picos para conectar las válvulas de carro con la válvula de la bici propia. Con ello se puede pasar aire de un neumático a otro, sobre todo de un automóvil.
3. Que la bicicleta que vimos con ruedas extrañas no usaba tripa sino una cubierta maciza para silla de ruedas, pero es tan delgada que se inserta en el rim menos profundo y cumple la función de caucho. El caso es que debe tenerse mucho cuidado en huecos, monticulos o reductores de velocidad porque rodarla es muy delicado y con relativamente pequeños impactos pueden reventarse los rayos.

La cocina no volveré a utilizarla, produce demasiado humo y hollín. Hay que comprar una de gasolina blanca o encontrar como fabricar una casera que sea eficiente ¡Esto no me lo calo más!

Partimos a La Asunción y yo dejaba Pampatar atrás, como si recorriera las calles de la Costa Oriental del Lago de Maracaibo, calles donde la cabellera de los árboles se revolotea con los susurros leves y perseverantes de la brisa. Calles que dejan ver la tierra árida de sus jardineras y en las que el sol que resplandece hace sombras duras en el asfalto.

El centro de La Asunción al mediodía del 1o de enero.
Íbamos dando el felizaño a la gente. Encontré al Señor Manuel caminando por la acera. Tuvo miedo, como si hubiera visto a un muerto. Le dí mis augurios. Hicimos un par de paradas informativas y tomamos la autopista. En poco rato estábamos entrando en La Asunción. Nos abastecimos de cambures y rodamos hasta la plaza Bolívar. El sol brillaba alto porque era mediodía. Apenas un kiosko abierto, la caseta policial y algún perro solitario. Era primero de enero, pero en esa plaza desierta comencé a valorar la capital local.
Lado de la iglesia-La Asunción.
Todo limpio, pintado y bonito. La arquitectura es una cosa sencilla que me hace sentir tranquilidad: la simpleza de la época colonial y los colores apenas combinados en dúos. Un boulevard agradable y dotado de la frescura visual y el frescor que proporciona la vegetación alta. En pleno boulevard, un homenaje de Chopin, obsequio de la embajada de Polonia.
Busto de Frederic Chopin-La Asunción.
 
Como no había distracción mayor que la que ya habíamos tenido con los paseos a pie y en bicicleta por el casco central y sus alrededores, decidimos emprender la partida a Juan Griego para ver el atardecer más bello de Margarita desde El Fortín de la Galera. Para eso tomamos una calle diferente a la que correspondía, asi veríamos un poco más.

La parrranda a la vera del camino
Había mucha gente agrupada en una acera a nuestra izquierda. Era la celebracion de un cumpleaños con música en vivo: cuatro, furro, maracas, tambora y micrófono...cantaban parrandas, gaitas y nos concedieron un polo, porque sin duda nos detuvimos a ver de qué se trataba. Cantaron la gaita que me gusta más. Una mujer llamada Dulce la interpretaba muy bien, y con su estilo particular. Cantaron también una canción de un género que se me asemeja mucho al fandango . Dulce la cantaba tan bien entonada que me intrigaba y me conmovía. Los tragos de ron llegaban a nuestras manos con frecuencia. Nuestra llegada era celebrada.


Terminó la fiesta en ese lugar y desconectaron el amplificador. Nos invitaron al Club Los Pericos para continuar con la música y, aunque nos gustaba la invitación, la preocupación por el tiempo y un lugar donde dormir y recuperarnos, limitaba. Nos encontraron un sitio posible para eso. Sin embargo, debíamos descansar bien y no trasnocharnos.

El concierto comenzó en el Club Los Pericos, al pie del Castillo Santa Rosa, en una casa de dos plantas cuya superior fungía de escenario hacia el patio lleno de sillas plásticas. Mientras la musica sonaba, llegó el esqueleto del Judas, y los fuegos artificiales. Había un animador que con frecuencia nos saludaba públicamente y hacía referencias a las actividades venideras: la quema de Judas, un sancocho y "mucho más".

La Sociedad Progreso en el Club Los Pericos.
Supe que existe algo llamado "el testamento de Judas", una dinámica de reencuentro social, donde la comunidad se reúne para reprocharse públicamente actitudes. Apenas tuve ese abrebocas, quise quedarme. Al momento, me dedicaron la misma gaita (la que me gusta, llamada "esta es mi gaita", que dice "la voy a tocar a pie...") Y me pidieron subir a cantarla, bueno, a ambos. Desde arriba miraba como armaban el Judas y me precipitaba en contradicciones sobre si quedarme a ver la quema y explorar esta dinámica que seguro tiene una gran riqueza para mi mirada antropológica, o ir a Juan Griego y dormir sin trasnocharme. Las peticiones de quedarme eran incesantes.

Había una señora que se quedó a mi lado desde que llegué. Hablaba de forma que yo no entendía y solía darme indicaciones e informaciones, y señalaba cosas, aparentemente sobre el Judas y sobre la fiesta de la víspera y un sancocho. Yo no entendía casi nada y no sabía qué hacer, solo reconocía que su mirada era un ruego de quedarme. Bueno, yo entendía algunas palabras, pero estaba perdida y seguía en conflicto. Los saxofonistas locales comenzaron a tocar, pero ya yo no oía nada. En realidad, tenía un nudo en la garganta. Me moví hacia la bicicleta, decidí irme. Estaba llena de música y de gente, de amor, de mucha alegría. Estaba abrumada. Seguro no iba a dormir y estaba muy cansada, deseaba dejar de tomar decisiones. Eran las 4:00 de la tarde y debíamos rodar al menos 16 Kilómetros...o dormir muuuuy tarde y sin saber las condiciones. El atardecer en Juan Griego y dormir toda noche debíamos decidirlo ese minuto.

De Pampatar partimos a La Asunción y luego a Juan Griego (27 Km)
Nos fuimos y yo estaba muda de conmoción. Pedaleé de manera tal que valiera la pena esa decisión. Subimos una cuesta que con cansancio y alforjas era exigente. La hice sin chistar. Paramos en el mirador menos de 5 minutos para asomarnos, que no para descansar. Nos desquitamos del esfuerzo en la bajada, pedaleando pero con plato grande y piñón pequeño, a relación bien larga y rápida.

El paso en cuestión es bonito: vemos Tacarigua y Santa Ana. "Esto es Margarita", me dije. Dos pueblos agradables, entre colinas verdes y frescos (al menos en esta época del año). Lo pasamos rápidamente, pero en bicicleta esa rapidez permite ver y sentir más. Pasamos el Museo del Hombre Insular, que me prometí visitar luego. Como no sabía cuánto faltaba, seguí.

Era prudente no rodar de noche, de manera que seguimos sin parar y yo me llenaba de fachadas lindas. Tendré que volver.

Al salir de Santa Ana hice caso de la señalización y tomé la autopista ¡Error! Era la vía más larga, siempre podía seguir derecho y no a la derecha por una autopista solitaria y sucia. Llegamos y primero buscamos refugio. Los bomberos quedaban muy cerca según indicaciones de la gente.

Pobres bomberos, sin agua para apagar fuegos, sin camión para llegar a auxiliar, casi sin gas para cocinar, pero con mucho corazón: nos alojaron y nos guardaron las cosas mientras fuimos al Fortín de La Galera. Nos pidieron que confiáramos en dejar todo allí. Y al llegar de ver el atardecer, nos recibieron con una cena.

Vimos el precioso ocaso esperado. Mucha gente asiste al mismo espectáculo. La tarde moribunda era fresca, casi fría. Yo tenía hambre. Tomamos la costa para regresar. Yo adoro la costa con los restos de luz que hacen del mar una masa negra con destellos donde flotan veleros íntegramente negros, con el chapoteo grave, leve y pausado del agua tranquila en el muelle. Tuve paz y mi cara sentía frescura. Ese fue mi primero de enero.
Atardecer en Juan Griego visto desde el Fortin de la Galera, Juan Griego.


Continuación: Al pie del Castillo Santa Rosa.


2 comentarios:

  1. Esto que haces Carmen....y que apenas ahora "descubro" muestra un espíritu indómito, innovador, creativo y poético. Pero lo mejor de todo es que muestras en el decir y en el hacer un país vivible, posible que duerme debajo de tanto ruido de la politiquería barata y de oropel. Muestras una ventana de un país que nos conduce hacia horizontes buenos, mejores...! Felicidades!

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    1. Ah! Había respondido a un comentario anterior que el relato continuaba. Y te veo aquí. Gracias por seguir la historia de esta aventura.
      Y si, creo que lo que está allí es mucho de lo que tiene la mirada. Pero habiendo sido descriptiva podrás ver que la magia existe.

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