domingo, 20 de enero de 2019

Margarita 2018-19 (VI): Embarcaciones de escala


El final de nuestra presencia en esta isla perlada se acercaba. Confieso que yo estaba físicamente cansada, quizás no por la demanda de energía que implica el pedaleo, sino por la cantidad de horas de sueño que le debía a mis ojos. No había gozado hasta ahora sino de una siesta post almuerzo desde que salí de Caracas, y ya era el décimo día del viaje. Así que era 4 de enero de este año infante y había llegado el día de ejecutar el plan de salir a navegar en kayak. Teníamos los boletos del ferry con fecha del 05/01/2019. Era el día propicio y así lo planificamos con Dayana y Ashley, nuestros anfitriones de pernocta y del mar.

Era viernes y mi cuerpo sabía que el viaje no terminaría tan pronto y ya el lunes debía asistir al trabajo. En la víspera, dejamos muchas cosas listas, algo de ropa limpia y planeamos nuestro retorno a Caracas. Cuando amaneció, de nuevo habíamos conversado mucho con nuestros anfitriones y fuimos a dormir tarde, de manera que la mañana nos llegó muy rápido y aún queríamos dormir. Nora --la madre de Dayana-- nos sorprendió con café, intuyendo que ya estábamos despiertos. Lo bebimos pero ya el café no servía para estimular la vigilia sino para reestimular mi dependencia a la cafeina. Así que seguimos durmiendo un rato.

El plan era salir sin prisa, pero nosotros debíamos plegarnos a la dinámica casera y decidimos levantarnos a pesar de todo, para poder sortearla. Cocinamos el desayuno y dejamos listo el almuerzo para llevarlo a donde fuera menester. Yo desconocía la preproducción del kayaqueo y vi a las personas sapientes prepararse...yo no entendía mucho, moría de sueño y fuí a acostarme. Ningun tipo de curiosidad pudo más que mi cansancio, así que yo, muy inusitadamente estaba durmiendo a eso de las once de la mañana.

Me despertaron cuando ya ambos carros estaban encendidos. Me embarqué en el carro y llegamos a Pampatar en un cuarto de hora. Una vez en el Club Náutico, desmontaron los botes que estaban encima de la camioneta y sacaron una caja de plástico con una cantidad de accesorios desconocidos para mí. Dayana, con la espontaneidad y fluidez propia de lo cotidiano, destapaba compartimientos, colocaba cosas en ellos, les modificaba algo en su tapa y los cubría de nuevo. Algunas tapas eran rígidas y otras eran flexibles, como de tela o algo así como el neopreno. Había una sincronización en sus acciones con las de Nelson y las de Ashley. Pero no hablaban casi. Todos sabían bien lo que hacían. Mientras tanto, la pequeña lactante recien nacida dormía en brazos de su abuela sin sospechar que en unos años (quizás en meses), en lugar de su madre, ocupada con los remos, el mar la mecería con vocación incansable.

Fue el 31 de diciembre, apenas a unos metros, en esa misma costa de Pampatar, que hablamos del propósito era kayaquear hasta El Farallón. Se trata de una pequeña isla no habitada por humanos y, al parecer, solo por aves y seguramente por animales que no alcancé a ver con mi madura miopía. Además, su entorno submarino es rico en arrecifes de coral, que contiene un ecosistema hermoso e interesante. Todo ello reposa sobre el mineral rocoso que se erige en un banco irregular e imponente sobre el que vuelan permanentemente y descansan apaciblemente gaviotas, alcatraces y otras aves marinas propias del Caribe. Su forma es tan irregular como hermosa. A mí se me pareció a varias manos que juntan todos sus dedos apuntando hacia arriba, justo como ese gesto inefable que hacen los italianos.

Desde lejos, El Farallón se me presentaba como un simple plan, como una foto de algo que existe, pero que no he vivido, aunque el paisaje estaba frente a mí. Ni siquiera tenía emoción o ilusión, cosa que podía deberse al cansancio, aunque debo decir que ya yo estaba un poco más despierta. Por lo pronto, solo me olía a mar y presentía que tendría una actividad física nueva, un nuevo tipo de requerimiento. Me sentía de alguna manera segura de sobrellevarlo, pero restaba una pequeña incertitud que rellené con comida.

Mientras comía, Nelson me preguntó si yo mareaba. Yo le dije que sólo me he mareado viajando en el sur de Colombia, en el paso de Bucaramanga hacia Bogotá. En esa ocasión estaba mirando la pantalla de un televisor que estaba a poco mas de 3 metros de mí. Las ventanas del gran autobus estaban abiertas e íbamos por una vía sinuosa que ondulaba vertical y horizontalmente, es decir, que subía y bajaba a la vez que recorría curvas cerradas a ambos lados sucesivamente, en un paisaje abierto. En esa oportunidad experimenté lo que era estar mareada. Creo que nunca más he sentido un tal mareo sin que fuera por causas etílicas. Asi que le afirmé esto que cuento, con la seguridad vital de que no me hizo esa pregunta extemporáneamente.

Ya todos habían almorzado rato atrás, así que Dayana anunció que ella navegaría un poco con Amaya, su hija. Ya eran las 15:00 y se había calculado que la ida y retorno de El Farallón demoraría unas 3 horas en total, pues se trata de un recorrido de ida y vuelta de 5 kilómetros.
Club Náutico de Pampatar (punto rojo en la costa) y El Farallón
Justo después Nelson y yo nos preparábamos para salir a flotar y entrenarnos un poco, ibamos a costanear mientras Dayana regresaba con el bote que utilizaría su esposo. Ashley nos ayudó a adentrar el bote en el mar, que es un kayak doble y es muy pesado. Yo me metí en el agua (muy fría para mi temperamento del instante) y observé como Nelson se sentaba mientras yo miraba dónde colocar las palas. "Las palas NUNCA SE SUELTAN", escuchaba yo repetidas veces. 

Tras dos brincos infructuosos para montarme en la superficie del bote, y con las palas insertadas en el cordon elástico frente a mi asiento, estaba reposicionándome para dar el tercer brinco decisivo, cuando llegó Ashley diciendo "¡Hay que rescatar a Dayana!". Yo me despegué del bote sobre el que tenía las manos y ví cómo, con una agilidad experta e insospechada por la apariencia, este señor dió un solo salto, se instaló en el asiento sin que el respaldo se bajara (como me ocurrió a mí), y, cuando me percaté, ya practicamente había avanzado unos metros, pues en algún momento del vuelo había tomado las palas.

Al costado derecho de la playa teníamos un restaurante y enorme velero hundido y ya en un estado avanzado de deterioro, en una posición tal como si un barco-humano gigante, muy cansado de nadar, hubiera salido del mar con dificultad y se hubiera desplomado de costado, justo en la orilla. 

Detrás de este voluminoso obstáculo, desaparecieron Ashley y Nelson, e imagino que en esa dirección se había virado la embarcación con madre e hija. Yo me quedé en el agua un rato a ver si aparecían, pero tardaron mucho y me salí. Mis zapatos, unas zapatillas de tela de lona de la marca Converse All Star, casi en estado de descarte, estaban mojadas y, con cada paso que daba en la playa, acumulaban mas y más arena haciendo de mis pies unos zapatos enormes de payaso. Además, yo sentía cómo se metía la arena por el hueco que tenía en la planta derecha.

Fui a ver a la bebé y entonces llegaron los rescatistas y las rescatadas. Comentaban cómo, al llegar, la madre estaba muy asustada y la hija, de sólo seis añitos, estaba tranquila y mas bien emocionada sujetándose al bote con una mano y, con la otra, la pala, que no soltó. Vale decir que todos vestiamos salvavidas. Este fué mi preámbulo, pero, si bien hizo que yo terminara de despertar, tampoco logró disuadirme de la kayaqueada por venir. De hecho, no me provocó el más mínimo temor, y creo que quizás esa indiferencia es de temer. 

El viento de la playa pareció llevarse la tensión del joven naufragio, su adrenalina y el cansancio, con todos los gritos y alteraciones. Llegó el momento y pude meterme en el bote. Estaba muy atenta a que mis movimientos no fueran de brazos únicamente, sino que involucraran todo el torso con su respectiva dinámica abdominal y pectoral. Para ello, tuve que asumir una posición ligeramente inclinada hacia adelante y con las rodillas separadas como si fuera a cruzar las piernas para meditar (tipo siddhasana), para que dieran equilibrio a mi cuerpo en esa acción pivotante, de lo contrario, me deslizaría hasta quedar acostada en posición supina. Bueno, eso era lo que me imaginaba. Muy tarde supe que estas embarcaciones tienen algo llamado posapiés, que estaba allí pero ajustado para alguien más grande. Con ello me hubiera deselvuelto con más firmeza.

Avanzábamos más lento que Ashley ¡y eso que éramos dos! Su bote es diferente: además de ser para una persona, tiene una forma más esbelta y parecía atravesar las olas como una delgada aguja. El bote doble donde yo iba es más ancho y yo sentía que flotaba sobre ellas más que cortarlas. Aprendí a dirigirme hacia la izquierda y hacia la derecha...Nelson me enseñó eso y luego me dijo que él le daría la orientación al bote y que yo remara siempre igual: avanzando. Nuestro compañero nos indicó que nuestro kayak tenía el timón amarrado y se acercó a soltarlo (se había recogido después del rescate). Así que continuamos con mayor destreza.

Ya estábamos navegando hacia el farallón. Yo estaba bien despierta y viviendo una emoción sin efusividad: algo parecido a la satisfacción que se tiene cuando se acude a presentar un examen al que uno ha estudiado bien y completo, cuyo miedo es por el desafío de enfrentar la sorpresa del problema a resolver. Era como paz de estar preparado para el desafío, esto es, para el examen. Mi mirada hacia el kayak era de paz, no podría decir que era una emoción como la alegría, antes bien de algo que vivo con una sonrisa y no a carcajadas. 

Flotábamos y nos impulsábamos en el agua inquieta, agua de mar. Atravesábamos las olas como se atraviesa la calle, mirando bien dónde pisar, porque no se puede remar en el aire. Yo disfruto del milagro de flotar, de preferencia así, sin motor y sin la concentración para ello que yo necesitaba para mis ejercicios de supervivencia en el agua cuando hacía el Curso Básico de Rescate, 20 años atrás. Este flotamiento de hoy no necesitaba que me centrara en la respiración y el descanso tenso de flotar boca abajo para ahorrar energías...ni del temor a que el agua entrara en mi nariz. Aquí tampoco gozaba de la despreocupación de viajar en una lancha comercial, pues las olas, por pequeñas, así como el viento, no me son indiferentes. Aquí la batalla es más cuerpo a cuerpo con ellos. La lancha salta y salpica, en tanto que el ferry se acuesta como un gigante sobre la cama inquieta del mar, a flotar y a hasta a hacer buchitos, mientras el kayak conoce las olas cara a cara, muy orgánicamente, muy humildemente las toca con sus manos y conversa casi en un diálogo con la inmensidad lógica y física que es su fuerza nada lúdica... donde el todo realmente está en la parte, donde esa ola es parte del todo y puede ser un pliegue del espacio-tiempo y donde la parte está en el todo-universo, la gran voz del mar y su mundo interior. En el kayak se escala la superficie del mar.

La batalla es satisfactoria porque uno logra desplazarse. Pude ver variar, en el confuso chapoteo del mar, las distancias: la costa ya lejana y El Farallón como algo nuevo que se acerca. Pude oir la delicadeza con que las ondas palmean los botes y cómo la comunicación entre Nelson y Ashley pasó de ser técnica y forzada en medio de ruidos de origen diverso, para ser una conversación espontánea y tranquila sobre viajes. Yo no hablaba, sólo me ocupaba de la técnica, que iba a asegurarme que podría ejercutar mi tarea durante las tres horas sin que me rindiera o sufriera. Así que yo miraba cómo lo hacía, miraba mis manos y la forma que entraba la paleta en el agua sin chocar. Observaba con atención la manera en que la paleta penetraba suave el agua que, cada vez más lejos de la orilla, se hacía más oscura.

El mar se volvía más anguloso y yo, en este intermitente y continuo ejercicio de observación de lo cercano, me mareé. Caramba, no tenía ni una hora de haber comenzado y sentía mis ojos en su esfericidad y mi nariz como algo pétreo. Eso era un mareo. Sentí la comida en mi garganta y ganas de vomitar. No quería nada de eso y me acordé del viaje a Colombia: debía dejar de mirar lo cercano y, como no era conveniente cerrar los ojos, fijaría mi mirada en lo distante. Viví esto en silencio y, al rato, el malestar disminuyó. Yo era inmareable, era mi orgullo. Después de todo, el temor clásico era ahogarme, que una lancha nos atropellara, que surgiera la necesidad de hacer un giro esquimal, y por no saber, entonces naufragar, no teniamos ni una bomba de achique ni una espoja, pero esto era insospechado para mí...y tendría que aguantarlo igual. A fin de cuentas, se minimizó bastante y, aunque la técnica de remar no estaba depurada, tendría que realizarla intuitivamente: no debía seguir mirando mis manos.

Esta navegación tan orgánica me parecía una negociación: hay requerimientos, concesiones y, lo que resulta, uno lo sortea, uno se bambolea. El bote atraviesa olas impulsándose a punta de pala, el bote flota sobre ellas y las usa de corriente. Todo eso ¡siempre! y todo se oye, todo se siente: el chasquito intenso que escupe muy salado y el roce suave e hipnótico de la corriente que acompaza el avance. Si no hablas, hasta puedes escuchar tu respiración, el gesto de palear o un pez que salta desde y hacia el agua.

Ya las aves del islote se escuchaban en su agudo graznar. Aún faltaba algo más de media hora cuando una lancha venía hacia nosotros con rapidez. Frente a una lancha, cuyos tripulantes pueden estar de pie sobre una plataforma flotante, yo me sentía sentada sobre el mar, me sentía mínima. Además sentía que los picos entre los que navegábamos, que se elevan incesantes, nos camuflajeaban. Pero no es así, levantamos y agitamos las palas, que son amarillas y/o de colores siempre vistosos, y pude apreciar cómo la intensidad del motor de esa embarcación disminuyó.

Cortando olas en diagonal llegamos a las proximidades de nuestro destino. Se sentía más agitada el agua debido a que el nivel de profundidad era menor. También el agua se veía más clara, ya no verde profundo sino azul claro. Me quité los lentes de sol que tenía amarrados muy rudimentariamente y los dejé colgar de mi cuello. Pude apreciar en lo alto que hacia el lado de la costa había una estatua de la virgen patrona local, así como un objeto a rayas horizontales blancas y naranja. Allí estaban las aves, apostadas a lo alto de ese complejo de crestas irregulares, múltiples y rígidas. Esa elevación que habría sido un acantilado erosionado por el mar, lo sería también por la defecación de las aves. Pero este día, en cuyas vísperas había llovido, se me presentaba limpio y patente, una escena imponente desde mi escala a kayak. 

En el silencio que el mar arrulla en torno a un promontorio exclusivamente pisado por aves, la irregularidad de su estructura y la composición rocosa y oscura me abrumaban y me alegraban con la idea de soledad, de misterio y de descubrimiento. Me sentí solitaria unos segundos viviendo el bamboleo sin remar, viendo el mar azul cristal debajo de mí y luego escuchando, a ojos cerrados, las aves con la sostenida y leve acústica de las olas sobre las rocas que, incrustadas, se asoman tímidas apenas en torno al altar. Si, un altar, porque de cara al océano también había una figura de virgen, otra. Seguí remando en mi responsabilidad por preservar el bote y por seguir el paseo. Lamenté no haber llevado mi cámara (es decir, mi teléfono), como otros lo han hecho, porque era justo tener una foto.

Estaba asombrada, era bello y no necesitaba mis anteojos para descubrir esa belleza. Ni me cuestioné ni recordé el necesitar mis lentes. Tuve la boca abierta un buen rato, estaba desbordada de bienestar. Aún cierro los ojos y puedo estar allí sintiendo el mar y el altar. Me prosterno.

Regresamos como si pedaleáramos el retorno con viento en proa. Pasábamos frente a Porlamar. Las olas nos empujaban a sus costas. "Hay que derivar", decía Nelson. Yo solo remaba como me instruyeron al inicio, mientras disfrutaba de la lentitud con que me alejaba del islote. La costa comenzó a hacerse audible muy lentamente mientras yo dejaba de poder escuchar chapoteo de los picos de agua en los botes. Los muchachos hablaban y yo recuperaba la consciencia de mi indigestión. De cuando en cuando comentaban lo aplicada y silenciosa que iba. Nelson levantó el timón y yo debía prepararme para saltar del bote en cuanto me indicaran, que era antes de tocar la arena de playa.


La familia llega de un paseo marítimo
Son recibidos por un colega kayaquista, Nelson.
Cuando salí del agua no habían pasado las tres horas prometidas, había sido menos, quizás un poco mas de dos horas. El sol aún tenía mucha fuerza. Dayana me entrevistó. Yo no soy muy efusiva, pero le dije que me habia encantado ver ese lugar, que me había gustado el "pedaleo", pero que me había mareado. También le dije lo que hice para recuperarme y ella me dijo que pude haber vomitado sin problema, entre tanto, ella me miraba de pies a cabeza. Yo me sentía en tierra, pero ella me dijo que aún me bamboleaba. De pie sobre la arena seca de la playa aún me bamboleaba de manera inperceptible para mí. Así pasé un rato. Quise vomitar, pero me recuperé antes.

Nelson reparó en que no había traido ropa seca para cambiarse. Dayana aprovechó que la bebé acababa de dormirse para salir a navegar, junto a Ashley y Amaya.


Los tres salieron mientras Nelson se exponía al viento para secarse. Yo me cambié y, con agua salada, enjuagué los zapatos, agigantados de arena y los puse a escurrir en vertical, junto a sus medias, apoyados en el resto de una columna de madera sobresaliente que había quedado de un bohío muy recientemente demolido. Asimismo hizo Nelson. Luego, sobre ese mismo piso, se colocaron ambos kayak para que escurrieran el exceso de agua. La tarde ya desaparecía y estábamos todos animados. Comenzábamos a dar vigor a las anécdotas del día, con otras viejas.

Ya antes Ashley, Nelson y Dayana habían realizado travesías juntos.
Recogí enseres propios y ajenos para colaborar con la logística. Los botes fueron colocados en el estacionamiento y se buscó la camioneta para cargarlos. La luz del lugar era exigua y en ocasiones usábamos linternas.
Se metieron los salvavidas y accesorios en una caja de plástico con tapa, e igualmente la ropa. El resto de las cosas grandes y rígidas fueron enjuagadas con agua traida en botellas, muchas botellas con agua dulce. Los pies y todo aquello que hubiera tocado el agua salada fueron "endulzados". Había que evitar el óxido en los carros. Por mi parte, yo había metido mi ropa húmeda y arenosa en una bolsa plástica.

Nos marchamos y en 15 minutos estábamos en casa descargando botes y lavando ropa. Tenían mucha arena, como las medias que usé para kayaquear. Me dí cuenta de la falta de mis zapatos y de los de Nelson. Allá estaban en Pampatar, ocultos en la oscuridad de la tarde apenas caida. Y allá quedaron. Eran impensable pedalear ya esa noche para buscarlos.

Margarita, sábado 5 de enero de 2019

El dia siguiente me sorprendía no estar tan cansada y adolorida como creía que iba a estar, quizás porque la carga y descarga de las alforjas y de las bicicletas en todo el viaje fueron un entrenamiento para los brazos y el pecho. Lavamos todo al llegar a casa y teníamos los zapatos que habíamos comprado los primeros días en la isla, así que no nos iríamos descalzos ni en cotizas. Pero llovió muchisimo en horas de la madrugada y todo amaneció chorreando.

El sol desplegó sus rayos de luz más agresiva y todo se secó casi completamente. Yo coloqué parte de la ropa sobre las alforjas (bien pinzada) para que se secara en el camino. Debíamos rodar hasta Punta de Piedras, lo cual implicaba recorrer más de 34 kilómetros.

Para mí era fundamental llegar a Caracas lo más pronto posible, ya que debía trabajar el día 7 (lunes), de manera que si conseguíamos a alguien que tuviera un vehículo grande y fuera a Caracas, y nos llevara era como ganar la lotería. Para procurar esto, hicimos un par de carteles y los pusimos en la bicicletas. Así salimos a pedal hasta el puerto, con nuestros zapatos blanquitos, nuevecitos, a las 11 de la mañana. Tuvimos un pinchazo justo a las doce, lo reparamos y llegamos a la oficina de Navibus tras una rodada fluida con viento de cola. Llevábamos el almuerzo listo para aterrizar en cualquier sombra y alimentarnos.

Mientras Nelson confirmaba nuestra salida, a a un vendedor de café, yo compré algo que llaman Tunja que no es más que en lo que en mi tierra zuliana llaman Paledonia o paledoña. Compré una y después repetí. Estaba rica. Nelson me imitó. Un par de señores nos detuveron para preguntarnos por nuestro viaje, uno de ellos arguyó que nos había visto días atrás en la ruta hacia Playa El Agua. Dijo que para que él hiciera eso, tenía que tener un carro fúnebre preparado atrás, que nos admiraba. Manifestó tener problemas para conseguir boletos, que estaba esperando allí resolver el asunto. Por otro lado, una persona nos dió la bendición. El letrero llamaba mucho la atención y la gente nos saludaba y nos orientaba.

Continuamos hasta el puerto, dimos una vuelta por el pueblo, donde nos advirtieron que después de la plaza no teníamos nada atractivo que ver y que, por contrario, estabamos en peligro. Bueno, a decir verdad, no lo dijeron tan fluidamente, primero trataron de advertirnos en inglés. Nos creían extranjeros.

En el puerto mismo comenzamos a ver camiones que fueran candidatos y a conversar con todo mundo que pudiera ayudarnos. Los empleados de Navibus pensaban que no teniamos pasaje para Puerto La Cruz, no entendian nuestro propósito. Después de entender, nos dijeron dónde pararnos y yo fui hablando con cada uno de los camioneros ¡Con cada uno! Fue infructuoso, inclusive hubo un candidato, pero no quiso llevarnos. Iba sin carga y directo a Caracas, pero no quiso. Yo insistí mucho y agoté mis recursos sin éxito.
El bote que nos llevaría de regreso a tierra firme.


Primero embarcan las gandolas, luego los camiones y de último los carros particulares y las bicicletas. Allí vimos al señor que resolvió y logro comprar el boleto a Puerto La Cruz. Nos ofreció ayuda, pero su carro es muy pequeño. Efectivamente venía a Caracas. Su intención no era suficiente. Yo quise desarmar las bicicletas para aprovechar, pero era materialmente imposible sin parrilla en el techo.

Atardecer a estribor, Cubagua a babor.
Nos embarcamos. El ferry era un bus caótico, caliente y apestoso. Había muchisima gente y a esa hora todos estaban alborotados. Zarpamos a las 17:30 y aun la gente bajaba al lugar donde estaban los vehículos, buscaba bebidas y enseres, mientras que otros, que iban en familia y su camión estaba abajo, se instalaban allí con una hamaca en el vehiculo. El viaje nos puso al borde de la impaciencia con la cantidad de llantos, ruido, groserías y tropiezos en los asientos. Era un bus de locos ese ferry, pero le estoy muy agradecida a la gente a su servicio.

Llegamos a las 23:00 horas a Puerto la Cruz, mucho después de ver un hermoso atardecer cuando pasábamos a un lado de Cubagua: esta isla a babor, y el atardecer a estribor. Jajaja, tengo que decirlo, algo tiene que quedarme después de navegar.

Como habíamos puesto las bicicletas de última posición en el cuarto de equipaje, nos correspondía llegar de primeros al arribar a puerto. Se nos presentaba un problema: Era ya muy tarde para salir a buscar dónde pasar la noche, era peligroso y estábamos muy cansados. Así que Nelson habló con el Capitán del barco y éste asumió una actitud protectiva: estábamos invitados a quedarnos a bordo de La Caranta hasta el alba.

Una vez reinstaladas y encerradas las bicicletas y nuestro equipaje, fuimos a instalarnos: comimos algo y luego buscamos dónde acostarnos. Conseguimos unos asientos estrechos, pero suficientemente buenos para el propósito. Hubo un momento de la noche en que todos parecían dormir, pero un miembro de la tripulación me ofreció un cable para cargar la batería de mi teléfono, que ya estaba descargado. Los tomacorrientes del barco tienen patrones muy diferentes a los de casa y se necesitan adaptadores nada comunes.

La sensación de pasar la noche en un barco es extraña porque me recuerda a estar en un hospital. Hay luces permanentemente encendidas en la periferia: luz en los pasillos del barco, que son como balcones, pero los espacios centrales de descanso están en penumbras. De vez en cuando este edificio marino vibra y se sacude, en otras ocasiones se mece como si un gigante nos tuviera en una hamaca del tamaño del Caribe y sintiéramos apenas una parte de la trayectoria de la columpiada. Sí, en muchos instantes me sentí en un hospital porque un motor encendido permanentemente, cual maquina de trabajo intensivo, imagino que para dar poder a las luces y a otros artefactos eléctricos, se oye. Ese sonido incesante y de tal manera monótono que puedo llegar a obviar, parecía ocultar el del agua que golpeaba el muelle. Con éste último, y mucha atención, comprendía el casi imperceptible bamboleo que se hace evidente cuando de la ventana salitrosa las luces de tierra firme parecían flotar. Arriba y abajo, arriba y abajo...abajo...arriba, lentamente al compás de la respiración del mar, suaves y constantes. Las luces de tierra firme son las que se deslizan en la bóveda de la noche desde un barco en la costa. Tras el vidrio inclinado al cielo y empañado de sereno del ventanal naval, era ésto lo que yo apreciaba desde donde yacía acostada, no había paisaje humano, sólo celestial.

Continuación: De prisa en tierra firme.

lunes, 14 de enero de 2019

Margarita 2018-19 (V): Al pie del castillo Santa Rosa.

Este es ya el octavo día desde que salí de Caracas y el quinto en la isla. Por fin dormimos muuuy bien. Fue la noche más reparadora hasta el momento: 7 horas corridas de sueño, buena temperatura y colchones de primera calidad. Además, en la víspera habíamos sido atendidos como reyes: nos esperaron con una cena de arroz con lentejas (con muchas verduras) y un par de sardinas fritas. Me encantan estos pequeños pescaditos, ¡y fritos! ¡ni hablar!

La buena voluntad de mucha gente se conoce cuando uno viaja en bicicleta. Esto yo no lo conocí de manera tan patente cuando andaba de montañista, quizás porque estaba siempre dispuesta a armar una carpa en la montaña en sitios remotos y alejados de riesgos de inseguridad. Uno puede resolver en cualquier espacio cuando no hay temores de ser soeprendido en plena noche. Pero esta bondad que conozco ahora es urbana. Estos viajes me hacen creer que en las ciudades subyace un espíritu que quiere creer que el desafío es nutritivo pero también posible y superable, que busca muestras de un carácter orgánico que tiene una fuerza tan grande que trasciende fronteras, que transporta voces, que siendo vida, también razona con una potencia que es amor propio y esperanza de descubrimiento. Cuando uno viaja así, uno lo hace por descubrir y descubrirse, pero el otro se inclina a ayudar o a preguntar porque quiere descubrir que puede apostar a algo humano que puede asombrar, y sobre todo que exista, esté cerca y sea palpable. Ese algo desde la simpleza y lo ingenuo.

El viaje en bici solo puede ser ingenuidad. Tal cualidad es una reivindicación de la fuerza motora de cuerpo humano en un momento en el que desplazarse perdió la proeza orgánica para ser reemplada por una virtud monetaria y motorizada con energía fósil y, en amplia medida, pasiva.

El alba tardó en revelarse porque el cielo estaba cubierto. La promesa de lluvia desalienta a cualquier cicloviajero. No obstante, las lluvias previas habían sido lloviznas breves e intermitentes. Habíamos prometido marcharnos antes de la 7 de la mañana, así que debíamos reivindicar la dignidad de quien pide techo e irnos para no perturbar el desenvolvimiento de las labores bomberiles y los cambios de guardias que ameritarían nuevos permisos y rendición de cuentas administrativas.

Salimos y nos instalamos a un par de manzanas más allá en dirección de nuestro destino, para desayunar. Nos procuramos un atol frío bajo un techo que nos evitó algunas gotas de lluvia. Arrancamos bajo el sol un poco más maduro. Salimos de Juan Griego tomando la misma vía. Esta vez llovía levemente y la mañana de sol escondido tenía los árboles más verdes que ayer.
El paso de Juan Griego a Santa Ana era de un poco más de 200 metros evitando la autopista. Esa vía recta era el recto proceder ciclista. El paso tradicional nos encaminó correctamente y accedimos a La Asunción por los mismos pueblos de la víspera, pero barnizados con la humedad vital de la lluvia. Esos colores de la tarde vespertina de ayer, esta mañana eran más sólidos y puros. Tuve la impresion de pasear por algún pueblo andino.

Miraba a los lados y me sentía acompañada por las montañas. Me detuve a tomar una foto de la iglesia de Tacarigua. La misa tenía lugar en ese momento. Eran las 8:30 de la mañana. Seguí adelante sin parar y mirando a todos lados como si grabara las imágenes de esos pueblos. Esquivaba los obstáculos que veía de reojo, pero hubo un momento que pase por encima de algo sólido y alargado como un tronco con ambas ruedas ¡pluc-pluc!

Tacarigua bajo el cielo cargado a las 8:30.

El plano comenzaba a inclinarse y yo hacía el cambio de piñones de rigor. La vecindad de construcciones era cada vez más distante, apiarios aquí y otras fincas allá. Cada vez más arbustos y árboles altos de troncos gruesos se acercaban a la orilla de la calle descontinuando los patios, hasta que la uniformidad de la textura vegetal se hacía montaña tendida y solitaria.

Yo pedaleaba sin detenerme y la carga se hacía sentir en la extensión de mis piernas. Cuando la subida se extiende y serpentea, no miro hacia adelante, así evito desesperar y apurar el paso innecesaria e ineficazmente tratando de finalizar una cuesta que ni siquiera se vislumbra. Miraba la rueda delantera, respiraba y sentía la tensión de la mecánica anatómica, y de repente vi una navaja en el pavimento. Nelson se paró después de mí y le pedi que me la pasara. Me dijo asombrado: "viste esa navaja, pero hace rato pasaste por encima de una culebra...¡menos mal que estaba muerta!".

No me parece raro, en ningún viaje a montaña vi una culebra. Fueron más de quince años en las zonas más famosas de ser culebreras. Creo que es una asunto psicológico: no quiero verlas. Bueno, una sola vez vi una estando yo en una posición comprometida con las necesidades fisiológicas, bajo un árbol. La pequeña serpiente paseante era amarilla. Yo me quedé tranquilita "como en la cédula" y ella se fué siguiendo su curso.
El pasaje en pendiente entre La Asunción y los pueblos de Tacarigua y Santa Ana es llamado Portachuelo. Una vez en la cumbre, con una temperatura ideal y sin sol, rodamos casi lúdicamente en la bajada, hasta la capital.

En el camino vimos un señor de unos setenta años en una moto, con cabellos y barba larga, muy larga, portando casco de bicicleta y a ambos lados de sus brazos cargaba gran cantidad de trastes. Un doble bulto pintoresco de cosas plasticas metálicas y vegetales con aparente imposible futuro, de difícil reutilización.

Una vez en la Plaza Bolívar de La Asunción pudimos ver el movimiento habitual de la capital: una notaría abierta, la iglesia, gente en la plaza que va y viene, automóviles y bicicletas circulando y turistas que llegan en bandas. Allí entendimos el porqué la gente creía que éramos brasileños. Toda la mañana escuché hablar esta suave lengua hermana.

El plan era que yo me quedara, descansara y escribiera mi relato, mientras Nelson iba en bus a Porlamar a resolver la obtención de boletos en ferry para regresar. El plan desde Caracas era volver a tierra firme el día 3 de enero, pero desde el 31 de diciembre, en Conferry, nos dijeron que las salidas disponibles eran para después del día 6. Más mochileo parecía imponerse. A veces estás circunstancias me agotan, porque se trata de un viaje en un periodo muy reducido con unas condiciones nacionales de transporte muy restringidas, y con una demanda laboral muy absorbente que me esperaría desde el 7/01 . En cuenta de eso último, habíamos sido ambiciosos, pero debíamos atenernos a la realidad. Quizás me tocaría faltar al trabajo un par de días.

El ambiente de la plaza era romántico. Al lado de la iglesia hay un centro comercial llamado El Guire, donde se consigue artesanía, souvenires y dulces locales. El pasillo interior goza de luz natural y jardín con un aire rural muy acogedor. Este espacio compartido tiene a su vera un café que se llama Casa Jardín, donde venden un magnífico café, galletas y pizzas, sin que falte una carta de pasta italiana como su dueño y se escuchen a estos paisanos llegar, comer bien instalados y  conversar acaloradamente una buena porción de la tarde.
Restaurante Casa Jardin y Centro Comercial El Guire


La musicalización del café abarcaba la plaza. Afortunadamente se trataba de música venezolana: Gualberto Ibarreto y Simón Díaz, entre otros. El volumen del sonido era moderado y, como lloviznaba, la atmósfera era acogedora y yo sentía que la suave música abarcaba todo el pueblo.

Nelson y yo nos instalamos a planificar lo que haríamos mientras tomábamos un cafe compartido. En lugar de marcharse en autobus, lo hizo en bicicleta. Al parecer el transporte público es tan exiguo que demoraría demasiado. Él se marchó a las 10:30 y yo me quedé escribiendo los relatos de la llegada a la isla. Tenía mis notas en una libreta, pero no se me dá tan fluidamente lo de escribir en el teléfono. Marqué mis rutas en la app de Google Maps, capturé las pantallas, seleccioné las fotos y luego posteé según me lo permitía la señal de telefonía disponible.

Dieron las doce del mediodía, una llamada tras otra con pésimas noticias de boletos para fechas muy retiradas. Debimos haber comprado los boletos de regreso el mismo día, pero ni lo pensamos. Mientras tanto, yo veía gente que se me hacía familiar pero al escuchar su suave cadencia al hablar, propio del portugués brasileño, me descentraba. Toda mi estadía allí, que duró desde las 9 de la mañana hasta las 4 de la tarde, pude apreciar el constante y numeroso desfile de extranjeros: brasileños, colombianos, angloparlantes e italianos.

Justamente, desde su mesa --ubicada frente a la mía-- estaba sentado un señor del país de Rómulo y Remo. Me preguntó como con un aire de duda de cómo dirigirse a mí, quiźas por no saber si yo hablaba español, si la bicicleta era mía y de dónde venía. Comenzamos a hablar un buen rato y yo prefería escuchar en lugar de hablar para así poder comer la galleta que había pedido. Ya el mediodía había pasado hacía un par de horas y yo soñaba con una pizza enorme.
En Casa Jardin, descansé refrescando mis notas y comiendo algo dulce


Al Señor Mirko le llamó la atención la bicicleta alforjada y me hizo toda clase de preguntas sobre el viaje. Yo conversé agradada de hablar con alguien. Luego se marchó y dejó pagadas la galleta que yo pedí, un par de galletas más y un refresco (que yo cambié por un café con leche). Yo comí mi galleta y otra, y dejé la tercera para Nelson.
Otra llamada: las gestiones de los boletos fueron exitosas. Nuevamente nos iríamos en Navibus. Yo no conocía las otras empresas navieras, pero él se quejaba del mal estado de ésta. Yo respiré de alivio por la nueva certeza. Viajar de esta manera es un descubrimiento permanente y tiene por ello muchas alegrías, pero se trata de una bondad que emerge de la incertidumbre. También uno come con alivio, tras mucho esfuerzo físico, mucho tiempo esperando, o las dos cosas. Lo malo es que si se viaja con poco dinero o si la inflación se come el valor de tu dinero en pocas horas, no puede darse uno el lujo de comer en restaurantes y el reto entonces es que uno debe cocinar y prepararse continuamente para dar la cara al nuevo día: se llega a cocinar cuando se está cansado o simplemente todo se retrasa. El problema del retraso no es únicamente el dinero sino el tiempo del que se dispone para lo que se ha programado. Cuando se viaja con el tiempo restringido y se es muy ambicioso sobre lo que se quiere hacer, no se puede descansar hasta babear.

Mi compañero de viajes llegó con los boletos del ferry y con una arepa rellena de chucho, para mí. Ya no recuerdo su olor ni su forma cuando la toqué. La devoré en un respiro. Era pequeña e insuficiente.
El pan de año abunda en Margarita.


Eran ya las cinco de la tarde y moríamos de hambre, queríamos algo decente, algo completo parecido a un almuerzo. Teníamos mucha comida en las alforjas, pero necesitabamos una cocina y energías para cocinar. Tampoco ya podíamos movernos a otro pueblo, no teníamos dónde dormir y las playas estaban lejos. Resolvimos buscar queso para comer con pan, pero no conseguimos. También decidimos buscar al señor José El Perico (Rafael Hernández) y solicitarle un espacio en su patio para armar la carpa.


Nos fuimos directo a Cantarrana, donde está el Club Los Pericos, al pie del castillo. Ese fue el lugar donde conocí este fruto que llaman Pan de Año, con el cual me dicen que se preparan arepas y atoles, entre otras comidas. Se trata de un árbol que crece alto y da este fruto en abundancia. Su nombre científico es Artocarpus altilis, tiene su origen en el sudeste asiático y fue llevado a las Antillas en el siglo XVII y en alguna de las migraciones ha venido a la isla. Aún tengo curiosidad de su sabor.
Boulevar en La Asunción


Dejamos las bicicletas y equipos, y nos fuimos a caminar al pueblo por recomendación del dueño de la casa. Fue un paseo adorable, aunque hubo que atravesar una calle completa y ciégamente oscura entre la casa de nuestro anfitrión y el casco central.


El boulevar en la noche es concurrido y muy lindo: hay cafés abiertos y una atención muy cálida. Al regresar a la casa, comíamos en las penumbras del patio un pan capesino con aceite, ajo, pimienta y sal, cuando fuimos sorprendidos con un par de tazas de chocolate caliente muy oportunas para aliviar el frío que hacía ¡Estaba delicioso!

He aprendido una lección importante: el hecho de que vaya a una isla tropical no implica que sólo gozaré de un cálido sol. En la noche puede hacer un frío tal que no pueda yo dormir. Ese fue el caso de esta noche. Dormí apenas minutos interrumpidos continuamente por las ráfagas más intensas de viento frío. Una corriente permanente de viento helado recibía con mi humanidad zuliana durante toda la noche. Sufrí de frío. Cuando aumentó la temperatura y yo pude rendirme al sueño, ya el gallo dejaba de cantar porque había amanecido y todo el mundo estaba saliendo de casa al trabajo.


Margarita, 3/01/2019

Para colmo de males, esa noche antes de dormir tomé la decisión de bañarme porque no lo había hecho en la víspera y luego me coloqué toda la ropa que había llevado, pero era insuficiente para conservar el calor. Mientras tanto, Nelson, calentito, no pudo dormir porque un gallo cantó toda la noche el dolor de su cautiverio. En conclusión, hay que llevar tapa-oidos para el ruido, chaqueta, guantes y medias para evitar perder calor por causa del frío e intenso viento de la playa o del pie de montaña, como era el caso. Ahora estaba yo trasnochada y cansadísima...y endeudada en mi apetito. Por suerte, nuestro aposentador nos obsequió un par de cambures.
Nelson, Marielvis ("la negra" apelativo de su preferencia) y yo.

Una vez dispuestas las alforjas y las fugas de los cauchos reparadas, caminamos calle arriba para visitar el castillo. La negra nos acompañó. Esta pequeña nieta del famoso Perico, aparenta una edad inferior: nos sorprendió su fluido discurso sobre Luisa Cáceres de Arismendi, la heroina local.
Patio del castillo Santa Rosa desde un calabozo.
Nos guiaba por las piezas del castillo dándonos informaciones que manejaba y mezclaba con sus fantasiosos diez años de edad. Para el momento, en la escuela estaba estudiando estos eventos históricos. Su guiatura fue amena, fue muy dulce y contrastaba con la guiatura oficial del castillo, de parte de un hombre entrenado para ello, pero que recitaba de manera muy mecánica y monótona.
¿Proyectiles? Me temo que no caben en esos cañones.

Nelson y Marielvis hablan sobre lugares a la vista
Mientras yo nadaba en mis nebulosas y tomaba fotos, Nelson conversaba con la negra y discutía sobre los topónimos locales.  Entre otros, discutieron sobre el origen del nombre del Cerro Matasiete.


Con José El Perico y la Negra.
Al bajar del castillo a la casa, nos despedimos. Ya sabíamos que no los veríamos más en este viaje y nos tomamos una foto juntos. Detecté que nuestro anfitrión tiene el carisma de un gran amigo, a quien recuerdo siempre porque fue mi apoyo en una comunidad yukpa de Perijá. Ahora entendía porqué sentía una gran simpatía por él. A ambos les estoy muy agradecida. Es increible su energía, su vitalidad y buen humor. A los 73 años disfruta de 23 nietos y 2 bisnietos.


Siempre temo llamar a alguien por su sobrenombre, pero me resultó muy lindo a la vez que pintoresco que un par de niñas llegaron al lugar, pidieron algo y, al salir, a dúo las niñas se despidieron diciendo: «¡Gracias, Sr. Perico!». Éste se despidió de ellas con gesto satisfecho y orgulloso de abuelo respetado. 


Del boulevar hacia el domo, buscando la Av. 31 de julio.
El plan de ir a Playa El Agua se hizo día. Iniciamos la rodada a ese destino con la guiatura de Robert, un señor que se dirigía a su trabajo y se confesaba ciclista deportivo. Hizo masivas advertencias de precaución. Tomamos la vía indicada (desde donde estábamos, el boulevar, debíamos rodar hacia el este (hacia una construcción con forma de domo y buscar la calle 31 de julio: a la izquierda, luego a la derecha y de nuevo a la izquierda al encontrar el semáforo, en dirección al norte). Así lo hicimos y comenzamos a rodar habiendo desayunado un exiguo cachito que no debía pesar más de 30 gramos.

A las 12 del mediodía no salía de mi cabeza que quería comerme una empanada de cazón. El hambre fijaba mis pensamientos en la empanada. Estaba en Margarita y eso era lo de esperar. Soñaba con eso mientras pedaleaba. Tenía hambre y quería empanada de cazón. Cazón. Cazón, Cazón. Cazón...pasamos el semáforo y yo "cazón". Pedal y empanada. Empanada y hambre. Empanada y cazón...hasta que ¡plaj! pasamos frente a un caney con un letrero que decía "El Propio Pastelito Maracucho". Sin duda, eso me dió en el hambre y en el gentilicio. Me detuve y pedí a Nelson que cuidara las bicicletas mientras yo averiguaba los precios y la oferta de comida, porque allí debían haber las susodichas empanadas de cazón.

Un restaurante de fritangas finas: El propio pastelito maracucho.
Verfiqué la provocativa oferta y los precios. Habían una propuesta atractiva, se veía decente y prometía sabor. Las combinaciones de los rellenos me hablaban de algo suculento: relleno de queso tipo capresa, de pernil, de carne estilo andino, de carne estilo maracucho, de berenjena con pollo, de tocineta con queso crema, de plátano con queso, de bocadillo de guayaba, de bocadillo de plátano con queso, tequeyoyos, tequeños full chocolate...¡ufff! Pero en ese momento mi presupuesto me frenaba.

Parte del mural, al fondo. Ver detalle de la puerta.
Mientras tanto, un señor que nos había visto llegar con nuestros vehículos, tomó una foto de Nelson y la envió a una amiga. Esa persona le envió un mensaje vocal: "Preguntale si se llama Nelson". Luego el señor en el lugar le mostró el mensaje a Nelson. Cuando yo llegué a la mesa, éste hablaba por teléfono con la persona distante. Era su amiga Jania, impulsadora de Bicimargarita. Yo llegué a la mesa a sugerir a Nelson que continuáramos el viaje, que no había presupuesto esta vez. Yo desconocía que el señor era el propietario del lugar. 

Fuimos invitados a comer por la casa y degustamos sendos pastelitos y jugo de guanábana. ¡Todo era bueno! Por si fuera poco, al decirle que me detuve porque buscaba empanadas de cazón, él ordenó a la encargada que hiciera un par. Lo recomiendo. Conversamos un rato e intercambiamos redes sociales. Fue un banquete delicioso. Yo comía mientras miraba el mural del fondo, que tenía a dos virgenes dignas de una portada de revista de moda. Total, la experiencia fue energizante. Si alguien quiere comer rico y frito, que vaya al Sector Salamanca en la Av. 31 de Julio entre La Fuente y La Asunción. (Ver @elpropiopastelitomaracucho en IG)

Ahi están mi bici y la de Nelson, en su representación.
Estabamos satisfechos y bien alimentados, podíamos rodar un rato más. Seguimos nuestro camino en dirección Norte. En la salida a Playa el Tirano nos desviamos hacia la costa y rodamos un rato en algo parecido a una ciclovía o a un bulevar. Es una playa hermosa y las casas de la costa muy bonitas. A la derecha del magnífico paisaje de costa se veía el Cerro Guayamurí. No logré tomar una foto que le hiciera justicia. Al final de la caminería, retomammos la avenida 31 de Julio.

23 kilómetros para regresar de Playa El Agua al Valle.
Llegamos a Playa el Agua a las 14:30 ¡Cuánta playa azul! Guindamos hamacas y descansamos. Quise bañarme pero habían algas y el agua estaba muy fría para mi gusto. El lugar es muy agradable, me hubiera quedado más tiempo, pero ya estábamos en cuenta regresiva. Nuestros boletos del ferry eran para el 5 de enero.

A las 16:15 salimos de Playa El Agua a El Valle del Espíritu Santo. Para evitar rodar de noche, pedaleamos a relación larga, entre 38-23 y 48-23 (plato-piñon), y sólo deteniéndonos en el semáforo. En esa carretera estrecha y de un solo canal por sentido, volamos todo lo posible y a las 17:35 estábamos en la plaza del Valle del Espíritu Santo, en pleno día y con tiempo de rehidratarnos con una cerveza.

Ya estábamos prácticamente en el destino del final de la jornada y la salida del día siguiente me hacía ilusión: mi primera kayaqueada.

Continuación: Embarcaciones de escala.

jueves, 10 de enero de 2019

Margarita 2018-19 (IV): Nochevieja y Año Nuevo.


Estos fueron los días 3 y 4 en Margarita, durante los cuales recorrimos 31 y 27 kilómetros, respectivamente.

Ya me han preguntado si estoy acostumbrada a pasar las fiestas decembrinas fuera de casa o sin mi familia. Yo respondo que este es mi tercer viaje en bicicleta a fin de año consecutivo. El año pasado pedaleé a Barquisimeto y el anterior a ése, hasta Choroní, atravesando en bicicleta el Parque Nacional Henri Pitier desde Maracay. Este ritual me gusta mucho porque es una especie de meditación, por el desafío físico y psicológico. Aunado a esto, rompo las barreras de mi zona de confort con la necesidad de protección y alimentación. La sed de descubrimiento del otro hace que el viaje sea lo enriquecedor que es viajar y comprender.

Me llegó la notificación de Google Drive mostrando las imágenes de que hace un año yo estaba iniciando el viaje en metro hacia Los Teques desde Sabana Grande, con las bicis alforjadas. En ese momento nuestro destino fue Barquisimeto y el plan era ahorrarnos unos cuantos kilómetros en subida para salir del Estado Miranda. Al uso de dos modos diversos de transporte con un mismo destino se le llama intermodalidad. Nuestro desplazamiento hacia Margarita fue intermodal efectivamente, pero dentro de la isla fue exclusivamente en bicicleta.

El día comenzó temprano tras haber dormido solo 4 horas ¡Conversar y conversar con los panas kayaquistas! Hablábamos de cosas entrañables que se recuerdan un último día del año. Inventarios humanos. Ashley y Dayana son seres de esos exóticos que llenan de energía. Crían dos niñas hermosas y espontáneas, amadas con la práctica de una cercanía y diálogo que no muchos están dispuestos a destinar a la cría de sus hijos y además nunca se conforman con las imágenes de la television, sino que crean las suyas propias: experiencias prolongadas de adrenalina en el mar, el roce humano, la búsqueda de colores locales y una elaboración culinaria donde todos participan ¡Y vaya que allí uno la pasa lindo y come rico!

Nelson es kayaquista también, por eso se conocen. Sus vidas y la mía están llenas de aventura, por algo una suerte de proximidad espacial posibilitó que nos conociéramos. La aventura forma parte de sus imágenes...y la de mía. Pienso que la aventura es algo cargado y que recarga de sensatez, pero una sensatez consciente y no tan subyacente e inconsciente. La aventura no es resultado de la locura, sino de un atreverse a construir una experiencia que pone al borde de las necesidades básicas ya resueltas en la contemporaneidad por relevar y obtener el contacto con la satisfacción o el placer que se siente de forma natural al comer, dormir, protegerse o realizar una actividad física que produce endorfinas...pero al máximo. No sé si podría ponerle un apellido a la aventura pero quizás yo diría ahora mismo que se trata de una aventura mochilera en bicicleta.

Insisto en que se trata de un proceso y producto de la sensatez, porque para vivirlo sostenidamente y sin morir no se depende de la suerte, por contrario, se depende de la previsión. Una cosa es que se deje uno llevar por los acontecimientos, cosa que es producto de la flexibilidad, algo fundamental para viajar así, y otra es que deben haber previsiones, precauciones, planes, acuerdos y restricciones. Y uno oscila entre ellos aunque a veces una se sienta frustrada. Ocasionalmente se rompen las reglas y el objetivo es lograr acometer un plan con cierta precaución para alcanzar, o bien la protección, el descanso, o el placer. Pero el placer siempre lo tendrá porque los viajes son espacios-tiempo para la gratitud que se genera cuando un evento provoca un desenlace positivo tras una gran tensión o incertidumbre. En los cicloviajes o en los viajes en kayak no hay lugar a la soberbia. No hay viaje de este tipo que dure así.

Tampoco uno puede o debe enfermarse en un cicloviaje, si es que quiere disfrutarlo. No enfermarse es un imperativo. Asi que las inhibiciones o las actitudes frente a la comida y las bebidas, la exposición al sol, el uso de calzados o ropa nunca utilizada, las horas de circulación o el descanso están siempre presentes. Son cosas de sentido que le damos a cada proyecto del plan de viaje. En fin, todo esto es filosofía del viaje, volvamos a los hechos.
Amaneció y nos activamos. Desayunamos como para rodar, y tan pronto como se secó la ropa lavada en la víspera, cogimos calle. (Por cierto, en el valle la ropa no se seca naturalmente durante la noche porque hay mucha humedad, al menos en esta época).
Al bajar a la plaza cayeron todos los mensajes de telefonía en mi móvil. Es increíble cómo uno descansa y se ocupa de cosas lindas cuando no tiene cobertura: hay tiempo y atención para mucho.

El Valle - Porlamar - Pampatar. 31 Km.
Nos despedimos en la víspera porque saldríamos de esa casa antes de que ellos despertaran.
Continuamos con las gestiones pendientes: debíamos asegurar un regreso a tierra firme y reparar la bomba de aire de Nelson. Los boletos disponibles eran para el 6 de enero ¡Qué molleja! Yo debía entrar a trabajar el día 7. No hay pedal que logre ese recorrido, a menos que consigamos irnos en transporte automotor desde el puerto mismo. En Venezuela eso está siendo cada vez más difícil porque hay poco servicio disponible y eso sin contar lo traumático que es llevar bicicletas (hay que pagar fuerte por cargar la bici en la maletera aunque este embalada y no sea más voluminosa ni considerada como algo frágil). Hay siempre sus gratas excepciones, en el ferry nada de eso ocurrió.

Decidimos buscar en otras empresas navieras, con el mismo resultado, pero al menos la que nos trajo a la isla no laboraba este último día del año. Su sede estaba distante, pero en el camino a Pampatar.

La bomba nos hizo recorrer el centro de Porlamar --sitio lejano a mi agrado-- y luego el C.C.Central Margarita, donde esta Grillo's Bike y yo aproveché para comprar sangría porque ¡Ojo! El año terminaba ese día yo había resuelto estar limpia y brindar en el umbral calendario. Tuve que batallar contra la cantidad de gente haciendo compras y entonces pague y nos fuimos con el alcohol.

Fuimos a la sede de Navibus, en el C.C. Parque Costa Azul y partimos a Pampatar. Allá estaba en su casa una persona que reside intermitentemente en Caracas en el edificio donde vivo.

Una vez en Pampatar yo sentí que estaba en la Margarita de mis expectativas, de mi imaginación, formada con los comentarios de la gente y la publicidad. Habían restaurantes abiertos y olía muy bien, cosa que agudizó mi apetito. Teníamos hambre y llevábamos una pasta preparada en la mañana. Nos detuvimos en la plaza y le dimos curso: abrimos una lata de pepitonas (¡Jajaja, en la costa!) y salsa prefabricada. Galletas María y dulce de lechoza confitada que nos obsequiaron los amigos kayaquistas. Nada deseaba yo más que comer un buen pescado frito o unas buenas empanadas de cazón. Bueno, c'est la vie !

Homenaje al compositor Vicente Cedeño
Allí dormiríamos y ya eran aproximadamente las 3 de la tarde. Todo resplandecía. Pasaba la gente caminando y una que otra persona en bicicleta, todo en silencio, solo el mar susurraba. Vimos a lo lejos una bici casi sin caucho o con un caucho muy muy delgado. Daba la impresion de que la persona iba sobre los rines directamente.

Dimos unas vueltas lentamente, para apreciar el lugar y buscar el sitio donde dormir. Preguntamos por bomberos, protección civil u otra institución que estuviera de guardia y nos puediera refugiar. Nos orientaron hacia la Capitanía de Puerto porque seguro que ese día las solicitadas no están en servicio. Había que subir y yo estaba agotada debido a las pocas horas de sueño. Pero no era nada del otro mundo. Hacia Punta Ballena, subiendo en el Sector La Caranta, los hallamos. La aprobación de nuestra solicitud la vimos en la mirada cuando apenas nos presentamos. Creo que sospecharon nuestras intenciones desde que nos vieron y tuvimos tal receptividad y servicialidad que nos hizo sentir vergüenza: podíamos instalarnos donde quisiéramos, salvo al interior del edificio. Ellos nos cargaron el equipaje y un gran tobo de agua al lugar. Conseguimos un caney a la orilla de la playa. Íbamos a dormir en hamacas y no en carpa ¡Qué descanso para el cuerpo alejarse de la dureza del piso! 
Patio del Castillo San Carlos de Borromeo, Pampatar.
El viento soplaba fuerte y la noche se presumía fria. En hamaca. Nos instalamos después de dar una vuelta por el casco histórico al que bajamos sin alforjas. El castillo estaba abierto en esta ocasión ¡Un 31 de diciembre a las 5 pm! En el camino nos cruzamos con Ashley, Dayana y su familia, nuestros anfitriones kayaquistas, una coincidencia asombrosa ¿Casualidad?



Vista desde ventana de la torre

El ocaso comenzaba a hacerse evidente y las advertencias de seguridad nos obligaban a regresar al provisional centro de operaciones.

Nos dimos un baño, conversamos un rato con nuestros anfitriones ocasionales, brindamos con sangría Don Julián (muy tóxica la chica), pusimos a cargar los teléfonos, comimos albóndigas de lentejas con ketchup y ¡a descansar! Creo que me dormí antes de las 9 pm con el arrullo insistente y necesario del mar y borracha, pero de agotamiento. Cómo si tuviera una alarma, desperté a medianoche. La bóveda oscura, muy oscura de una villa apenas iluminada hacia que los fuegos artificiales resplandecieran con una nitidez hermosa. El mar rugía agitado con el viento y las luces multicolores emergiendo y flotando en el cielo eran ese momento: El año 2019 apenas comenzaba...y de esta manera.

Es un alivio dormir en hamacas




Abracé a Nelson y subí a dar el feliz año a Yilfre y a Nauma. Ningún otro ritual cumplí y no hacía falta salir con las maletas en pleno viaje. Busqué mi teléfono ya cargado y envié mensajes mientras pude tener los ojos abiertos.

El frío me despertó en plena madrugada y recordé la advertencia sobre los bellos amaneceres de allí. Metí el aislante en la hamaca a todo riesgo de que se rompiera, y dormí más mi cansancio hasta que un leve resplandor me despertó. Obviamente tomé fotos. Así amaneció el primer día del año.
Amanecer 1o de enero de 2019. Punta Ballena, Pampatar

Con la intención de seguir nuestro viaje, nos activamos temprano. Usamos por primera vez la cocina artesanal que llevamos. Consiste en una lata de atún a la que se le coloca cartón corrugado enrollado y se le agrega parafina (de velas derretidas) hasta el tope. Las rejillas para colocar la olla son un soporte hecho con percheros de metal ensamblados con alambre dulce. Allí hicimos el atol.


Utilizando la cocinita que fabricamos.

Mis ollitas de camping se tiznaron horriblemente pero igual hice el atol de avena con leche y también hice un arroz con lentejas, nuestra comida oficial. Siempre cocinamos con anticipación porque se desconoce cuándo volveremos a tener la ocasión de cocinar.

Cargamos las botellas de agua. Yo personalmente viajo con dos botellas de agua de 1,8 litros (las de jugo de naranja comercial) y una botella de 0,6 litros. Las grandes las llevo en las alforjas y la pequeña en el porta-botellas del cuadro de la bici, que de vez en cuando coloco en el porta-botellas de mi koala.

José, el encargado entrante de la guardia de la Capitanía de Puerto llegaría en bicicleta. Mientras yo lograba quitar el espeso tizne de las ollas y levantaba mi acampada, Nelson conversó y obtuvo buenos datos de José sobre la reparación de pinchazos. Es una práctica de su cotidianidad y él insiste en su efectividad.

Los datos son los siguientes:
1. Con tripa descartada (cámara de aire) se puede parchar. Se raspa o lija el trozo destinado a ser parche y el lugar a reparar y a ambos se les aplica goma de zapatero (de esas color amarillo). Se espera a que estén secas y entonces se adhieren goma contra goma y se presiona. Según él, esto es suficiente, pero si a esa superficie se le presiona con una cuchara caliente, es un parchada bien consolidado.
2. Para casos de emergencia con la bomba de aire, puede construirse una manguera corta con picos para conectar las válvulas de carro con la válvula de la bici propia. Con ello se puede pasar aire de un neumático a otro, sobre todo de un automóvil.
3. Que la bicicleta que vimos con ruedas extrañas no usaba tripa sino una cubierta maciza para silla de ruedas, pero es tan delgada que se inserta en el rim menos profundo y cumple la función de caucho. El caso es que debe tenerse mucho cuidado en huecos, monticulos o reductores de velocidad porque rodarla es muy delicado y con relativamente pequeños impactos pueden reventarse los rayos.

La cocina no volveré a utilizarla, produce demasiado humo y hollín. Hay que comprar una de gasolina blanca o encontrar como fabricar una casera que sea eficiente ¡Esto no me lo calo más!

Partimos a La Asunción y yo dejaba Pampatar atrás, como si recorriera las calles de la Costa Oriental del Lago de Maracaibo, calles donde la cabellera de los árboles se revolotea con los susurros leves y perseverantes de la brisa. Calles que dejan ver la tierra árida de sus jardineras y en las que el sol que resplandece hace sombras duras en el asfalto.

El centro de La Asunción al mediodía del 1o de enero.
Íbamos dando el felizaño a la gente. Encontré al Señor Manuel caminando por la acera. Tuvo miedo, como si hubiera visto a un muerto. Le dí mis augurios. Hicimos un par de paradas informativas y tomamos la autopista. En poco rato estábamos entrando en La Asunción. Nos abastecimos de cambures y rodamos hasta la plaza Bolívar. El sol brillaba alto porque era mediodía. Apenas un kiosko abierto, la caseta policial y algún perro solitario. Era primero de enero, pero en esa plaza desierta comencé a valorar la capital local.
Lado de la iglesia-La Asunción.
Todo limpio, pintado y bonito. La arquitectura es una cosa sencilla que me hace sentir tranquilidad: la simpleza de la época colonial y los colores apenas combinados en dúos. Un boulevard agradable y dotado de la frescura visual y el frescor que proporciona la vegetación alta. En pleno boulevard, un homenaje de Chopin, obsequio de la embajada de Polonia.
Busto de Frederic Chopin-La Asunción.
 
Como no había distracción mayor que la que ya habíamos tenido con los paseos a pie y en bicicleta por el casco central y sus alrededores, decidimos emprender la partida a Juan Griego para ver el atardecer más bello de Margarita desde El Fortín de la Galera. Para eso tomamos una calle diferente a la que correspondía, asi veríamos un poco más.

La parrranda a la vera del camino
Había mucha gente agrupada en una acera a nuestra izquierda. Era la celebracion de un cumpleaños con música en vivo: cuatro, furro, maracas, tambora y micrófono...cantaban parrandas, gaitas y nos concedieron un polo, porque sin duda nos detuvimos a ver de qué se trataba. Cantaron la gaita que me gusta más. Una mujer llamada Dulce la interpretaba muy bien, y con su estilo particular. Cantaron también una canción de un género que se me asemeja mucho al fandango . Dulce la cantaba tan bien entonada que me intrigaba y me conmovía. Los tragos de ron llegaban a nuestras manos con frecuencia. Nuestra llegada era celebrada.


Terminó la fiesta en ese lugar y desconectaron el amplificador. Nos invitaron al Club Los Pericos para continuar con la música y, aunque nos gustaba la invitación, la preocupación por el tiempo y un lugar donde dormir y recuperarnos, limitaba. Nos encontraron un sitio posible para eso. Sin embargo, debíamos descansar bien y no trasnocharnos.

El concierto comenzó en el Club Los Pericos, al pie del Castillo Santa Rosa, en una casa de dos plantas cuya superior fungía de escenario hacia el patio lleno de sillas plásticas. Mientras la musica sonaba, llegó el esqueleto del Judas, y los fuegos artificiales. Había un animador que con frecuencia nos saludaba públicamente y hacía referencias a las actividades venideras: la quema de Judas, un sancocho y "mucho más".

La Sociedad Progreso en el Club Los Pericos.
Supe que existe algo llamado "el testamento de Judas", una dinámica de reencuentro social, donde la comunidad se reúne para reprocharse públicamente actitudes. Apenas tuve ese abrebocas, quise quedarme. Al momento, me dedicaron la misma gaita (la que me gusta, llamada "esta es mi gaita", que dice "la voy a tocar a pie...") Y me pidieron subir a cantarla, bueno, a ambos. Desde arriba miraba como armaban el Judas y me precipitaba en contradicciones sobre si quedarme a ver la quema y explorar esta dinámica que seguro tiene una gran riqueza para mi mirada antropológica, o ir a Juan Griego y dormir sin trasnocharme. Las peticiones de quedarme eran incesantes.

Había una señora que se quedó a mi lado desde que llegué. Hablaba de forma que yo no entendía y solía darme indicaciones e informaciones, y señalaba cosas, aparentemente sobre el Judas y sobre la fiesta de la víspera y un sancocho. Yo no entendía casi nada y no sabía qué hacer, solo reconocía que su mirada era un ruego de quedarme. Bueno, yo entendía algunas palabras, pero estaba perdida y seguía en conflicto. Los saxofonistas locales comenzaron a tocar, pero ya yo no oía nada. En realidad, tenía un nudo en la garganta. Me moví hacia la bicicleta, decidí irme. Estaba llena de música y de gente, de amor, de mucha alegría. Estaba abrumada. Seguro no iba a dormir y estaba muy cansada, deseaba dejar de tomar decisiones. Eran las 4:00 de la tarde y debíamos rodar al menos 16 Kilómetros...o dormir muuuuy tarde y sin saber las condiciones. El atardecer en Juan Griego y dormir toda noche debíamos decidirlo ese minuto.

De Pampatar partimos a La Asunción y luego a Juan Griego (27 Km)
Nos fuimos y yo estaba muda de conmoción. Pedaleé de manera tal que valiera la pena esa decisión. Subimos una cuesta que con cansancio y alforjas era exigente. La hice sin chistar. Paramos en el mirador menos de 5 minutos para asomarnos, que no para descansar. Nos desquitamos del esfuerzo en la bajada, pedaleando pero con plato grande y piñón pequeño, a relación bien larga y rápida.

El paso en cuestión es bonito: vemos Tacarigua y Santa Ana. "Esto es Margarita", me dije. Dos pueblos agradables, entre colinas verdes y frescos (al menos en esta época del año). Lo pasamos rápidamente, pero en bicicleta esa rapidez permite ver y sentir más. Pasamos el Museo del Hombre Insular, que me prometí visitar luego. Como no sabía cuánto faltaba, seguí.

Era prudente no rodar de noche, de manera que seguimos sin parar y yo me llenaba de fachadas lindas. Tendré que volver.

Al salir de Santa Ana hice caso de la señalización y tomé la autopista ¡Error! Era la vía más larga, siempre podía seguir derecho y no a la derecha por una autopista solitaria y sucia. Llegamos y primero buscamos refugio. Los bomberos quedaban muy cerca según indicaciones de la gente.

Pobres bomberos, sin agua para apagar fuegos, sin camión para llegar a auxiliar, casi sin gas para cocinar, pero con mucho corazón: nos alojaron y nos guardaron las cosas mientras fuimos al Fortín de La Galera. Nos pidieron que confiáramos en dejar todo allí. Y al llegar de ver el atardecer, nos recibieron con una cena.

Vimos el precioso ocaso esperado. Mucha gente asiste al mismo espectáculo. La tarde moribunda era fresca, casi fría. Yo tenía hambre. Tomamos la costa para regresar. Yo adoro la costa con los restos de luz que hacen del mar una masa negra con destellos donde flotan veleros íntegramente negros, con el chapoteo grave, leve y pausado del agua tranquila en el muelle. Tuve paz y mi cara sentía frescura. Ese fue mi primero de enero.
Atardecer en Juan Griego visto desde el Fortin de la Galera, Juan Griego.


Continuación: Al pie del Castillo Santa Rosa.