He revisado las redes sociales dado que mi ruta a pedal (Relato de viaje en solitario de Miranda a Maracaibo atravesando 700 kilómetros a pedal, próximo a publicar) despertó tal
interés que se convirtió en noticia. Nada más distante de mis
expectativas iniciales del viaje que este vuelco de los acontecimientos.
No es mi primer viaje en bicicleta. De hecho, como etnógrafa,
cicloactivista, aventurera y con inclinaciones por la literatura, hace
tiempo decidí registrar los viajes que hacía, con el fin de dar a
conocer mis impresiones de los viajes, los lugares y gentes visitadas,
así como particularidades técnicas y viales que pueden ser útiles a
considerar para quien quisiere emprender un viaje en bicicleta.
Dado
que esta ha sido la primera vez viajo en solitario, y de que lo hice
para estas fechas de fiestas decembrinas, de un año particularmente
difícil para todos los países que han sido atemorizados por el monstruo
invisible del coronavirus, esto causó una gran sorpresa. Pero justamente
el tema de este viaje no es el viaje el solitario, sino que éste fuera
hecho por una mujer sin compañía masculina. Porque inclusive cuando son
dos mujeres las que viajan, lo hacen “solas”. Me ocurrió cuando viajaba a
la Sierra de Perijá con otras etnógrafas. El asunto no es ser solamente
vistas como irresponsables sino también por ello sentirse vulnerables.
Siempre
que he viajado en bicicleta, mi grupo y modo de transporte genera mucho
interés. Siempre a la gente le ha resultado inspirador que el vehículo
utilizado amerite un esfuerzo físico y que a través de él franqueemos
distancias de ciudades y estados. Las personas se nos acercan y nos
preguntan primero a dónde vamos y luego de dónde venimos, se nos
aproximan con con un café, con agua, con los únicos panes que tienen en
venta a cambio de una historia que los saca de lo cotidiano, a cambio de
una historia que no sea ficción (pero que lo parezca) y de estar cerca
del protagonista.
Pero el viaje lo hago para viajar, no para
pasear ni para hacer turismo, es decir, para escuchar los paisajes
culturales, el cambio de los acentos, el sabor de los quesos, el olor de
los campos, sus prisas y lentitudes, para escuchar todo aquello que
puede hacer que alguien yazca sin duda en una localidad y no en otra.
Cuando
los cicloviajeros hacemos viajes, los paisajes pueden doler, pero
también metamorfosearse en alivio cuando llegamos a un árbol amplio
donde sentarnos a comer y a descansar. La temperatura baja al amparo de
un árbol autóctono: bajo un cují, un dividive o una acacia hay un
microclima que restablece la vida y es este contraste el que hace de la
ruta un espacio-tiempo pleno de singularidades descubiertas gracias a la
lentitud.
Conozco directa e indirectamente muchos viajeros
solitarios. Hablo de hombres que deciden y emprenden el viaje solos.
Ellos son viajeros que atraviesan varios países y recorren miles de
kilómetros. Este carácter no es el aspecto resaltado. Es cierto que la
soledad ha sido satanizada: muchos no quieren ni “deben” estar solos,
porque esto puede ser signo de fracaso, de enfermedad o de diferencia
radical. Por mi parte, pienso que la soledad es un estado que debe
anteceder al estado de compañía. Coadyuva al conocimiento de sí, uno
aprende a soportarse…porque uno es difícil consigo mismo. Se es el
primer juez. En fin, la compañía silencia nuestras preocupaciones, es
más fácil, más llevadero.
He viajado con amigos, algunos de ellos
con sus mascotas (perros), también con quien fue mi compañero de vida,
pero el viaje en bicicleta tiene una dosis importante de viaje en
solitario: nos movemos todos en grupo, como en un autobús, pero
fragmentados en el esfuerzo. Cada quien empuja su propio peso, cada
quien vive su esfuerzo con un drama diferente y necesita pausas en
diferentes tiempos. Cada quien se deteriora de forma diversa y de forma
diversa se recupera: nuestras debilidades y remedios varían, pero hay
que uniformarlos todos en un tiempo y en un espacio común que creamos
todos, como un grupo polifónico que canta a capella. Pero el viaje en
solitario tiene una sola voz.
Quise viajar bajo mis propios
comandos. Creo que no muchos me creyeron cuando lo anuncié; otros, seres
accidentales en el camino, me preguntaron si tenía marido. La
conclusión entre varios hombres de distintos pueblos era que si tuvieran
una esposa así (como yo, viajera), la tuvieran amarrada. Eso me produjo
curiosidad y me pregunté, y les pregunté a mis interlocutores, si era
válido amarrar a un hombre viajero. Pero esta digresión mía pasó por
debajo de la mesa. Y la opinión común prevaleció con la complicidad
expresada en risitas de los interlocutores.
Al parecer las
mujeres no podemos tener vocación para el viaje en solitario. En las
redes sociales me encontré opiniones semejantes. Tuve muchos elogios:
unos en tono simplemente declarativo, pero otros elogios fueron
defensivos; en las críticas, inclusive, se me tildó de irresponsable.
También, como comenté antes, tuve un episodio relativo a un desajuste
mecánico. Varios hombres se acercaron a preguntarme si era un pinchazo y
si necesitaba ayuda. Los espanté pidiéndoles comida de cortesía, no
estaba de humor. En otra oportunidad, un hombre, mientras yo descansaba,
me tomo de los pies y sugirió que seguro yo debía de tener fuerza (en
mis pies/piernas). Se sintió a sus anchas para hacerlo y a mí se me
prendieron las alarmas. Nada más allá de eso ocurrió. En las redes
aludieron a la transpiración de mi “concha” al final de la travesía. Lo
más lamentable es cómo estos comentarios son normalizados, pero
lamentablemente no pueden colocarse en el espejo del género masculino.
Quiero decir, no suelen realizarse tales comentarios en los mismos
términos a los hombres con los mismos efectos. Diferencia.
La
posición de la mujer en el espacio público está vinculada con una
responsabilidad abandonada, con un riesgo desafiado o con un peligro
para la colectividad, pero ¿el hombre que viaja ha abandonado algo,
amenaza algo, arriesga algo o es solo un aventurero como Alejandro de
Humbolt, Carlos Darwin o Simón Bolivar? Pocas menciones sexistas o
escatológicas he escuchado al respecto. Por contrario, mucho de la
locura o la transgresión he escuchado sobre Juana de Arco, Isabel La
Católica o María Antonieta. Sus cualidades sexuales o desmanes son
resaltados tanto como sus virtudes. En cambio, de los chicos, muchas
veces sus personalidades se maquillan y se subliman.
Nos hemos
acostumbrado a deteriorar, a erosionar la imagen de la mujer notable y
que eso sea normal. Nos hemos acostumbrado a aceptar lo poco como
notable porque se trate de una mujer. Debemos conformarnos, quizás para
que se queden tranquilas. Nos es difícil dar una justa medida a lo bien
hecho: los repartos de las labores del hogar son sobreentendidos si son
de una mujer y una proeza si son de un hombre. En Venezuela una madre
soltera es cosa común, pero un padre soltero es un héroe, inclusive un
tipo extraordinario.
Me llamó poderosamente la atención llegar a
Barquisimeto y encontrar una enorme escultura de una mujer llamada
Isidra. Todo al que preguntaba por ella me decía que se trataba de una
mujer que perseguía a los niños y les amenazaba con pegarles con una
vara. Me dio la impresión de que “el loco” con el que meten miedo a los
niños tremendos en la calle solo tenía nombre real en Lara. Más adelante
un colega me manifestó no poseer más información que tratarse de una
mujer que competía con los hombres sobre cosas de varones, tales como
quién podía comer las cosas más picantes. Lamento desconocer tanto sobre
esto y no encontrar más información, pero esta carencia de información
ya me hace preguntarme algo: ¿por qué ensalsar a una persona por su
locura y amenaza? Yo diría: dime qué te resaltan y te diré quien es tu
juez.
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| Escultura ubicada al Este de Barquisimeto, Lara. |
Así que Isidra “La Veragacha”, de quien desconozco más de
lo que sé, es una mujer pública ¿Ustedes qué saben al respecto? ¿A qué
atributos montarles una estatua? ¿A los atributos o al género? ¡Ah! ¡El
género! Se trata de eso que hace que una persona nacida mujer pueda o no
hacer un viaje en solitario y sea aceptado socialmente que le amarren
para que no viaje o que se sobreentienda que no conoce de mecánica.
Asimismo, yo no sobreentiendo que los hombres no lloran o que tienen un
umbral alto del dolor.
No todos piensan así, lo sé. Solo quiero
remover la mata y que caigan frutos verdes, maduros y podridos…también
los picados por pájaros de mal agüero. No soy una heroína por ser mujer
como tampoco soy deportista. Me encantaría que la aventura de un viaje
fuera una ocasión extraordinaria por vital. Y que lo vital se plantara
en ese punto donde la respiración se hace refugio, paisaje pleno y
gratitud. Y quitara la vista, el oído y el gesto del género y de los
genitales de las personas. Gocemos del gesto mismo de cada quien. Amemos
y loemos al semejante.

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