jueves, 10 de octubre de 2019

Macuto

Recorrido de ida a Macuto. Todo hecho a pedal. Una excelente experiencia.


Domingo 29 de septiembre 2019


4:25 am. Me desperté antes de que sonara la alarma ¡Era la emoción! Por fin iría a La Guaira en bicicleta. Llegó el día de pedalear en grupo por la carretera vieja. Tenía muchas expectativas buenas y un temor: me emocionaba pedalear en la montaña, en grupo y con mucha bajada, pero el útimo mes había tenido muchos episodios de insomnio y había ganado peso, lo cual redundaba en pérdida de condiciones físicas. En fin, amaneció y saqué del horno los cambures deshidratados. Tener raciones dulces, naturales y ricas en potasio es lo mejor para un desempeño exigente físicamente. Mientras las despegaba, soñaba con la excursión.
Mis primeros cambures deshidratados ¡fácil y práctico!



Las carreteras viejas venezolanas poseen una combinación geográfica y semántica: suelen discurrir por entre o por sobre las montañas vegetales y frescas, además de transitar por pueblos que una vez fueron nodos de un viaje a un destino que era remoto y quizás una aventura, un pasaje por geografías muy diversas y diferentes de lo que en destino se vería. Serían pintorescos, quizás. Mi corazón, que es romántico y viene de tierras cálidas al nivel del mar, creía percibir esa nostalgia turística en esos barrios recorridos. Todo lo que es frío o fresco en la piel de niña madura que soy, seguro resguarda el misterio de la sorpresa del viaje.


Imágenes borrosas del tramo Av. Bolivar - Plaza Oleary por debajo de las torres de El Silencio.
6h03. Nelson, Ludwig y yo, los primeros chicharrones.
Los muchachos, fueron goteando hasta que estuvimos todos a tiempo según plan.
Como el propósito era encontrarnos en la Plaza Oleary a las 6h00, me desperté temprano aunque había dejado todo listo para desayunar y partir. Lo haríamos a las 5h15 por si nos acechaba un pinchazo, pero salimos con apenas un cuarto de hora de antelación ¡Uuuf, bueh, ni modo! sin embargo, aún la bóveda celestial era de un oscuro cerrado y la alborada se desplegó en el camino. Tomamos todo el bulevar de Sabana Grande y luego el Paseo de la Resistencia Indígena (bordeando el Parque Los Caobos), para transitar por la Avenida Bolivar, pasar por debajo de las torres de El Silencio y emerger al lado del emplazamiento de nuestra concentración.


Luiso orientando antes de salir y...¡Ruédala!

Igual llegamos a las 6h03 y antes que los otros 28 que habían acordado acompañarnos. Ya allí estaba Ludwig, que venía de Prados del Este. Era evidente que siempre los más confiados son los que están más cerca, porque fueron llegando por orden de lejanía (de lejos a cerca) y, pues, a las 6h30 ya todos estábamos.

Nos tomamos la foto grupal de rigor y a las 6h40 ya estábamos ascendiendo la ligera pendiente por la avenida Sucre en dirección Centro-Catia. Al llegar a la altura del Parque del Oeste "Alí Primera", comenzamos a rodar en plano horizontal hasta detenernos en la intersección hacia la carretera a La Guaira. Allí nos detuvimos, verificamos presión de cauchos y otros detalles mientras dábamos tiempo a Douglas y Terry a llegar.

Siempre a la derecha, evitando la autopista, vía Blandin.

Se trataba de un viaje organizado por Biciaventuras, una agrupación de ciclistas urbanos que planifica viajes relativamente cortos para descubrir la ciudad y sus adyacencias. Todo previsto, detalles cuidados y pulidos, animación grata que trabaja con el propósito individual y acumulado de todo el que quiera pedalear con responsabilidad, buena vibra y ganas de compartir.

7h15. Después del reagrupamiento en ese punto de la Avenida Sucre, tomamos la derecha y reanudamos la rodada. Carajo, por estar tomando fotos me atrasé tanto que ya no sabía por dónde era. Inclusive Betsabé, que iba de última para escoltar como médica del grupo, me pasó. Como íbamos en bajada, la velocidad era alta y unos buses que paraban y arrancaban me impedían tomar un lado seguro, así que tuve que detenerme y esperar. Me sentí un poco desesperada porque el grupo me había dejado atrás y no conocía el camino, además de que los alrededores eran poco amigables. Guardé la cámara e hice buena cara y voluntad para lidiar con un perro fastidioso que me seguía a ladridos. El ciclismo urbano es mi terapia sinofóbica, definitivamente.

Los alcancé y me puse el casco. No sabía que el camino empezaba con tal bajada. En cuanto alcancé el grupo de ciclistas, volví a tomar fotos mientras pedaleaba. Me impresionaban las laderas de montañas con apuntalamientos enormes para evitar su deslizamiento. A nuestra derecha, una gran montaña recubierta de cemento. Aún no comenzaba la subida, pero la inmensidad de la vía y su apertura al cielo me emocionaba. Ya el día brillaba.
Hay mucha energía en la pedaleada en grupo.

7h28. Sector La Cantina.


Atravesamos poblados frescos con casas bien constituidas. Se veía gente agrupada en paradas de transporte público. 

Eso que llamamos "policías acostados", que son reductores de velocidad, nos hacían pararnos en pedales mientras en sentido contrario vimos pasar un gran autobus rojo con letrero electrónico. Asimismo, se veían carros estacionados al frente de las casas, muchos de ellos de tipo rústico. La gente se ocupaba de su domingo cotidiano. Era temprano y pocos niños se veían, creo que ninguno.






Curiosidades del camino. Foto: Betsabé Montes.
Despeñadero de cauchos. Foto cortesía de Ludwig Caballero.
























 







Dejando atrás los poblados, el silencio y la ausencia de construcciones nos podía hacer creer que en el camino no nos acompañaba nada más que fuera humano además del asfalto y las torres eléctricas a un costado. No era así, tras varias curvas, dos cosas curiosas: un despeñadero de cauchos y un letrero evangelizador trensado entre cables, en las ramas de un árbol. Cosas que se descubren a la velocidad de una bici. Estas dos fotos son cortesía respectiva de Ludwig y de Betsa.


El ascenso.
No está de más detenerse para tomar una foto y aprovechar para respirar y tomar agua.

8h19. ¡Cumbre! Nos detuvimos un buen rato. Esperamos a los rezagados. Llegaron Douglas y Terry. Yo pensaba que esto iba a ser una subida de sacrificio terrible. Me resultó algo factible, nada sacrificado. Todos lo hicimos, nada del otro mundo.

Nelson y yo en la cumbre.
Llegamos allí y comenzó la lluvia de fotos, de poses, la guachafita. Compartimos bebidas isotónicas caseras, dulces, fotos y conversamos bastante. Siempre podíamos ver desde arriba la carretera nueva a La Guaira. La autopista se veía como un pequeño
sendero transitado por hormigas, mientras que muy pocas veces eramos acompañados por vehiculos automotores, aunque con frecuencia nos econtrábamos ciclistas deportivos.
Carreteras nueva y vieja. Desde la vieja, la autopista parece un sendero transitado por hormigas.


No está mal tener la idea de la gran exigencia física, porque uno se prepara. Ahora venia lo mejor: la bajada.

8h33. Arrancamos el descenso. Nos esperaríamos en cada puente para reagruparnos. Las bajadas no son severas pero se alcanzan velocidades altas en bici. Manuel tuvo un violento espiche poco despues de pasar la casa del Guardaparques y el letrero de "Bienvenidos al Estado Vargas". El frenazo delante de mí casi me hace estrellarme contra él. Por suerte pude frenar y desviarme a la izquierda sin que nadie en bajada me chocara, aunque sentí la corriente de aire de quienes me pasaban muy cerca. Susto.


El mar, que estaba tras las montañas, se extendía aún confundido en continuo con el azul del cielo. La vista es increible; la mirada, afortunada. Me sentí privilegiada. Esta es una emoción pura, un aire de paz, la respiración que hago con la montaña que me hospeda. En este trayecto bajo el cielo y entre los árboles, permenentemente busqué alejarme de la musicalización del viaje, porque mi comunión con la dimensión natural de este recorrido me era afín. Aparte de la curiosidad por la imposición de música estridente en el espacio público, me es dificil entender el porqué del volumen de la música que alguien quiere escuchar. Pareciera colocarse para que todos la oigan, pero sin consenso.

El viaje en bici es para mí lo humano de la respiración y de la voz de quien alerta sobre un obstáculo, que se oye como un eco: una alerta en cadena que se extiende de punta a punta del grupo y desaparece en las curvas, aunque continúa atrás como un pañuelo que vuela con el viento. Nuestro mecanismo de alerta en la ciudad se limita a dos peligros: huecos y vidrios. Pero en este camino los obstáculos peligrosos eran más: raices que estriaban relevando el asfalto, rocas, charcos, tierra y troncos pequeños, pero rodantes. Trampillas ¡Pilas, pues!
El primer puente. Concentración prolongada.

8h50. Primer puente. Reagrupamiento. Allí esperamos a los espichados y a los que temen a las bajadas y van lento y frenado. La estadía duró más de media hora. Partimos aproximadamente a las 9h25.

9h37. Intersección (no hay señalización, en sentido La Guaira-Caracas, según la cual venimos de Trincheras y a la derecha se va a Blandin y a Catia). Poco antes de llegar allí, Manuel se espichó de nuevo. Así que en la intersección tomé hacia la derecha y tras una curva, llegué al mirador: una amplia explanada con un letrero que dice Sector Pedro García. A la izquierda del árbol central se ven una casa y una plaza con máquinas de hacer ejercicicios.


Sector Pedro García, Mirador hacia el litoral (no entiendo porqué sale tan velada la foto).
Nuevamente una prolongada estadía. Fotos, reparación de fugas, meriendas, paso de ciclistas deportivos y un carro de apoyo filmando (y filmó nuestro grupo), el estruendoso ruido de un carro, una moto locales y la música surcan el espacio.

El aeropuerto de Maiquetía se ve claramente. El mar se confunde con el cielo en el instante cósmico en que un ininterrumpido cordón de stratocumulus divide el cielo próximo y el alto cielo del litoral central. Nada de brisa. Quizas llovería: arriba, bien arriba, más nimbus, los portadores de lluvia. Pero en ese momento ¡Que me quitaran lo baila'o! Estaba extasiada de este orgánico viaje posible gracias a la bicicleta.

10h15. Salida del mirador hacia Maiquetía. Retomamos el descenso e inmediatamente un caucho espichado justo después de una gran curva fuerte donde se veía que horas antes había corrido un torrente de agua con tierra, troncos, rocas y otros pequeños objetos filosos que taladran los cauchos. La cámara de aire ("tripa", en criollo) fue reemplazada y el grupo puesto en marcha muy pronto.


El viento aún fresco, apurado en mi cara y rozando mis oidos era la única música que quería sentir. El aroma vegetal, el tunel de árboles y mi soledad son el viaje que hago. Allí, todo lo que veo es mío y, lo que siento, yo misma.

10h39. Entrada a un poblado en Maiquetía. Ya dejamos atrás los montes que nos condujeron a la costa. Dos gandolas en la curva de entrada al pueblo esperan a que descendamos todos para subir sin poner a nadie en peligro. Nos manifestaron que suben por allí debido a la altura del su vehiculo, que es superior a la del túnel de la autopista.

Entrar en un poblado comporta una percepción de lo humano con todo su peso: el cambio de colores y la saturación del paisaje; los olores de comida con la sazón local, pero también el olor terminal, lo escatológico, la cloaca. Atravesamos Montesano y La Pedrera a velocidad de cuidado, pues una delgada explayada cañada se extendía a tramos por sus calles. Evitamos levantar esas aguas hediondas mientras la gente nos miraba más por curiosidad del número y los accesorios urbanos que por ciclistas, pues se trata de una zona frecuentada por deportistas.

11h10. Parada en frente a la Plaza Bolivar. Fotos de rigor. Allí llegamos habiendo seguido la vía principal y tomando la Avenida Soublette en dirección este. Descontamos en coro los segundos en los semáforos y seguimos adelante.
 
Parece que nuestro volumen o el bullicio llamó tanto la atención que, cuando llegamos al punto de encuentro con Ana Cecilia (que llegaría en carro con refrigerios, junto a Shari), en Macuto, unos agentes de la policía local nos abordaron insistiendo en que el "Ciudadano Alcalde" les encomendó escoltarnos hasta donde fuéramos. Tal "protección" no es de nuestro agrado ni forma parte de nuestros requerimientos para circular porque somos ciclistas urbanos. El verdadero apoyo que se necesita es la creación de infraestructura que viabilice el uso de la bicicleta de forma segura, para todos, su integración con el sistema vial en su diversidad, y con el espacio público. En todo caso, como gesto de buena intención, agradecimos su iniciativa y la permitimos.

Ya estábamos en la localidad de destino, así que Nelson y yo nos quedamos en Los Golfeados de Macuto. Comimos, cada uno, un delicioso golfeado con queso, pagamos para que calentaran nuestro vianda de arroz con pollo playero que trajimos de casa y nos reencontramos con el grupo en el bulevar de Macuto en la proximidad del antiguo Hotel Miramar.

Frutas, conversas, intercambio de pasapalos, jugo de limón con papelón, música confundida (proveniente de varios flancos y de todos lados, tipo guerra de minitecas) y sol, hicieron de ésta, una tarde playera en todo su sentido. Almorcé, extendí mi pareo en la arena y, luego de leer un relato de Italo Calvino, me tendí a dormir un poco de mi larga deuda de sueño.


Rodandito en la Avenida Soublette en sentido oeste.


Llegando a Macuto.


En Macuto, policías quieren escoltarnos nos abordan con amabilidad bajo la orden de un alcalde que cree que necesitamos protección ¡Traviesos nosotros que salimos de Caracas "solitos"!

Mi humilde morada provisional.

Comer frutas en la playa es ideal.
Macuto está lleno de alertas y sus protocolos
Al despertar, luego de dos birras y una conversa, me preparé para dar unas vueltas en bici. 

15h20. Nelson y yo salimos a pasear en bici en las adyacencias. Recorrimos el bulevar, pasamos por la La Plaza de las Palomas, recorrimos varias calles. Me impresionó el cambio de temperatura de la playa al pueblo. La presencia de vegetación hacía la diferencia: sentí que refrescó significativamente, además era evidente la proximidad con la montaña, esa misma que hace casi 20 años tristemente se había deslavado, sepultando casas, enseres y mucha gente.
Entre esas rejas de madera (entrada del castillete de Reverón) me asomé.
Pude observar los vestigios de un pueblo nostálgico de su pasado glorioso lleno de un particular brillo arquitectónico. También observé el tiempo después del deslave en marcas del esfuerzo de respuesta antes eventos adversos: puntos de concentración y protocolos de alerta. 

Asomada: ¡Si, ahí hay un caballete!
Visité el castillo del célebre pintor de Macuto, Armando Reverón (que ya no está abierto al público o que no lo estaba en ese momento) pero que pude ver por entre la cerca, incluyendo un caballete. También me voltée para mirar el mar, su reflejo y el resplandor que seguro brilló imponente en la percepción particular de nuestro artista, que no solo pintaba con pupú sino que se daba a lo tridimensional haciendo muñecas y que se acompañaba con un mono.

Después de circular por aquí y allá sacando con miedo pero inevitablemente mi cámara en las calles desoladas distantes de concurrido bulevar, regresamos a unirnos al grupo. 

Eran las 16h30 y ya todos se alistaban para concentrarse en donde el bus de regreso nos encontraría.

Se trata de un bus originalmente con capacidad para más de 60 personas, pero que el Sr. Argenis Sanabria ha acondicionado para acomodar un máximo de 30 ciclistas y sus respectivos corceles. Las bicis en el vestíbulo del bus y los asientos atrás, así que uno puede viajar sentadito viendo que su bicicleta está allí, bien asegurada.
Desde la entrada del Castillete, ver sin la mirada que percibía esa luz que brillaba 
especialmente al alma de Reverón.


Valga la cuña, el señor Argenis es una persona muy amable. Con mucha candidez nos ha pedido quitar la rueda delantera a las bicis y, aunque nunca había transportado a ciclistas urbanos, se dedicó a atendernos con paciencia y asumiendo su servicio cordialmente, inventando cómo hacer para acomodar las bicis que tienen guacal. Inclusive, en la víspera había sufrido un golpe en la cara (estaba haciendo downhill) y de vez en cuando sangraba por la nariz ...



Dondequiera que voy en Macuto, imagino este diálogo de Reveron con el mono. (Adyacencia Plaza de Las Palomas).


Una arquitectura que habla del pasado.



Los muros de Macuto atestiguan juegos de antes y después.
Macuto tiene una frescura que te habla del Waraira Repano. Escuela en la proximidad de la Plaza de Las Palomas.

 
...debido al esfuerzo de levantar y manipular las bicicletas...y aún nos sonreía y comentaba con jocosidad sobre su aporreada nariz. El proceso de instalación en el bus duró poco más de una hora y el regreso fue fluido, sin embotellamientos, sin lluvia y con ánimos y satisfacciones.




Fuente cercada frente al antiguo Hotel Miramar.


Todavía no sé qué edificio era, pero aún es bello.
El Sr. Argenis Sanabria dando los toques finales antes de arrancar.

18h03. Arrancamos en el Bicibus con destino a Caracas. 

La tertulia de la playa continuó en el bus. En lugar del rugir del mar, estaba la vibración del bus en subida, ese gemido hipnótico que aletarga el atardecer. Creo que todos estábamos en la frecuencia del cansancio satisfactorio donde el sueño se confunde con la paz, estado que el paso por el túnel interrumpió con luces y ruido intensivo, pero, al salir, el día continuaba apagándose serena, dulce y lentamente.

18h58. Llegué atontada a la Plaza Oleary, pero infinitamente satisfecha de este viaje. Lo repetiría, lo repetiría, lo repetiría. Estuvo bien organizado (mérito de Biciaventuras) hubo muy buen ánimo (mérito de todos, fortuna de todos), eso que llaman buena vibra; estuvo sabroso, una actitud muy positiva y cohesionada bajo un perfecto cielo azul. Fué un grupo compacto y pedaleante, que celebra la vida. Era así como quería un viaje de Caracas a la costa y así fué el viaje de casa a Macuto...y de Macuto a la casa: ¡a pedalear!


Resolví una buena arepa, una buena ducha y chupulún, a dormir.

10 comentarios:

  1. Ufff excelente crónica... Me llevó al día de esta Bici Aventura jejej... Gracias por inmortalizar este viaje con palabras desde tu punto de vista. Sigamos inventando.

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    1. ¡Gracias por comentar! Invitado a leer del viaje a Margarita. En el feed de publicaciones están las entradas.
      ¡Y sigamos inventando!

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  2. Me has hecho sentir que todos mis temores son normales. Tremenda experiencia. Espero poder hacerlo en una próxima oportunidad.

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    1. Nati, gracias por comentar. El objetivo de este blog es, entre otras cosas, exorcizar esas ideas sobre el heroismo del ciclista o del viajero. Es todo cuestión humana.
      Te invito a leer el relato del viaje a Margarita. Es en nuestro país y es de viajeros venezolanos. Muy cerca de vos.

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  3. ¡Que cuento sabroso! Yo quiero rodar así. Quedo pendiente. Gracias.

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    1. Gracias. Pendiente en redes, asiste a las masas críticas y a otros paseos en la ciudad, en ellas conoces gente muy interesante y de esas rodadas salen ideas y planes de viaje. Hay que conocerse.

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  4. ¡Fenomenal experiencia!, algo así es lo que quiero hacer con regularidad, y si fuese posible, aderezado con noches de vivac, con todos los coroticos. Bueno, lo del camping ya lo vengo haciendo, pero quiero hacerlo andando en bici.
    Es mi sueño hacer cicloturismo hasta el punto más meridional del continente y quiero ir "asentando" el cuerpo y el ánimo.

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    1. xavicuevas, creo que todo es cuestión de fijar una fecha. Más que dinero o coroticos, uno se apertrecha con lo básico y comienza a rodar. La ruta hace la capacidad física, la ruta se encuentra con las cosas y con la gente correcta. Aunque parezca raro, más dificil es decidir cuándo arrancar, despegarse de lo cotidiano.
      Te invito a leer la serie de mi viaje a Margarita. Allí verás otro tipo de aventura, una que duró poco mas de quince días.Hay datos de tiempos, lugares e información técnica que puede ser útil.
      Gracias por comentar!

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  5. ¡Por supuesto!, soy un limpio de tomo y lomo, y cuando hablo de coroticos, me refiero a mi ollita, mi pocillo y mi plato de peltre de toda la vida, curados de pequeños potajes inmemoriales, desde que era un crío conservo y uso todo ello. Solo que hasta ahora es que me ha entrado el gusanillo de combinarlo con la bici. El asunto es que las acampadas en solitario en carreteras venezolanas suponen ahora una actividad de altísimo riesgo. Subo a Lagunazo o voy a sitios semejantes donde me siento seguro. El último camping en la playa lo hice con un grupo numeroso, que aunque no es que garantice una seguridad a toda prueba, al menos infunde cierta sensación colectiva de ella. Tu relato de Margarita está estupendo. Por cierto, he visto tu blog literario y quiero compartir algo. Ya que no llegan libros ni novedades, y las librerías y bibliotecas están desapareciendo, llevo un blog de descargas gratuitas de libros, espero que te guste: xavibooks.wordpress.com abrazo grande pedalero y ¡felices lecturas!

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    1. Respecto a dormir en el camino pedaleando solo, conozco quienes van quedándose en el camino, en casa de gente de los pueblos por donde pasan o en estaciones de bomberos,de GN, de Guardacostas, etc. Mucha gente quiere alojarte y oir un poco de tus aventuras. Hay mucha gente buena por allí. No creas que el peligro es altísimo, es un asunto de planificar y de tener buena actitud, todo se va resolviendo.
      Wow, has visto mi blog fazdehumo. Qué bien.
      Muchas gracias por compartir tu blog de libros, es ciertamente de mi interés.
      ¡Ánimo, rodala, pues!

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