domingo, 8 de mayo de 2022

El chip

 Hoy salí a conquistar el mundo a pie, no en bicicleta. Tomé el metro, que no es de mi predilección, pero que me hace el servicio hasta la otra punta de la ciudad --mi destino de los jueves-- mientras sentada por más de una hora llego a Palo Verde...desde Catia. Ayer pedaleé mucho, estaba cansada. Mejor por andar en bici que por quedarme a rumiar un malestar que tuve que enfrentar en la mañana. En fin, al llegar a Palo Verde y emerger a la calle, vi por fin la bandana roja que buscaba desde días atrás.


Hay matices de rojo que no me gustan tanto como el de la bandana que compré. Me costó un dólar. Cada vez que en el transcurso de la mañana abría mi bolso, veía que por fin la tenía ¡Por fin, qué lindo rojo! Cómo no me combinaba, no me la puse de una vez, algo que suelo hacer cuando adquiero algo. Inclusive, cuándo compro zapatos, salgo de la tienda caminando con ellos puestos.


Mi desayuno lo tomé antes de las 7 am, de manera que a las 12.30, cuando salí de dar la clase, me acosaba el hambre. Compré unos panes y no pude pagar allí mismo. Para el pago, necesitaba usar la tarjeta, pero el chip de ésta estaba dándome pesares.


Como yo era un rostro familiar, la señora me dió los datos para que pagara desde casa, con un pago P2P. Dos panes livianos y sin relleno no disuadieron a mi cuerpo ciclista que sufre de hambre y de sed, que generalmente se calman con comidas pesadas y cerveza.


El camino de retorno esta vez era de bajada. Y bajaba yo contando con los dedos el dinero en bolívares. Bueno, el que me restaba en la cuenta. Me prometí comprar alguna fruta, algo dulce que no fuera harina o azúcar. Encontré una oferta de temporada: cuatro kilos de mango por 5 bolívares o un dólar. Escogí los mangos mientras salivaba. Firmes, relucientes, vivaces...escogí los cuatro kilos, con su decimal a mí favor ¡Mmmm, que promesa india!


Tenía el dinero pero la tarjeta fallaba. El aparato no podía leer su chip. El fuckin' chip me retrasaba la compra. Una, dos, tres, cuatro veces se intentó y nada. Hasta con la banda magnética se trató y pidió todos los datos para resultar que la transacción fuera fallida ¡Nada! Suspiré y me dispuse a hacer un pago móvil. Verifiqué, al abrir la sesión bancaria en línea, que ninguno de los intentos anteriores hubiera debitado. Ninguno.


La pantalla de mi celular está rota. Hacer pagos P2P es una proeza. Transgrede mis textos, los deforma, los inválida, es un mismísimo duende travieso. Rellené el formulario no menos de diez veces. Quería mis mangos y me marcharía con mis kilos. Llegaba al final de los pasos requeridos y ¡bum! el pequeño botón de aceptar, tan cerca del de regresar me trucaba la transacción. Me devolvía sin querer a la pantalla anterior, pero quería mangos. Reintentaba mientras veía a un señor fumando sentado, detrás de la venta provisional de mangos, en un elevado pasillo de un pequeño centro comercial, mientras la brisa se llevaba el humo color de su cabellera.


La vendedora me daba los datos una y otra vez con paciencia. Le dije jocosamente que era evidente que quería mangos y que ya lo que quería era sentarme y comerme unos cuantos, mientras señalaba al señor cómodamente sentado en el piso de granito. Los pies del señor descansaban naturalmente en el asfalto del estacionamiento, cual si estuviera sentado en una silla. Yo sentía el cansancio, la sed y el hambre del mucho pedal de la víspera. Traté de hacer el pago una vez más y lo logré. Agarré mi suculenta bolsa y me fui a sentar junto al señor que terminaba sus últimas bocanadas fumosas.


Quité la cáscara a un mango al azar, aunque suelo comerla. No lo hago si no la he lavado bien y no era posible al momento. Dulce, firme, jugosa, todo se colorea para mí cuando como algo delicioso y cuando su textura es perfecta. 


El viento me invitaba a respirar y a sentarme bien allí, con comodidad. Comía mientras miraba todo con atención con los ojos abiertos también de asombro de saborear frutos perfectos. Mire al suelo y habían colillas de cigarrillos. Había un letrero de corazón que decía "Feliz día". El fumador a mi lado se había marchado y yo ya llevaba cuatro mangos. Si, embadurnada toda después de haberme chorreado mango en la cara y llenado las manos de jugo tan dulce, pues tenía que aprovechar. El festín es así para mí: con alegría infantil y desenfadada. Lo mismo daba llenarme de esta jalea por uno o por muchos. Estaba almorzando, valía más que fuera por muchos.


Cuando como, tal como una niñita, suelo llenarme la cara. Si, aún es así. A veces con algún chico con quien he salido ha notado tener la cara llena, la nariz, algo hasta en la frente. No sé si me importa. Es algún tipo de torpeza, de indecencia o de formación en modales. Carreño se infartaría, yo me lo tripeo. es algo pueril que quizás merezca la foto típica que toman los padres a sus hijos cuando comen caraotas (frijoles negros) por primera vez. A muchos le ha producido ternura, a otros, risa. Yo solo estoy comiendo, no sé cómo hago. Suelo disfrutar la comida y ya, pero lo que no soporto es tener las manos pegajosas cuando termino de comer.


Mi morral es de una tela suave y absorbente, no quería mancharlo. No tenía toallas húmedas, ni servilletas ni papel secante. Nada de agua alrededor. Abrí con cuidado el morral. Solución: me sequé con la bandana roja a satisfacción mientras miraba el pequeño letrero infantil con el mensaje de «feliz día».


Días después lo reencontré y me lo puse combinado con un atuendo vistoso y un magnífico labial rojo que me obsequiaron.



jueves, 13 de enero de 2022

Lapsus

Varios meses sin pedalear. Entre convalecencia por Covid-19 y estar fuera de Caracas, dejé de pedalear varios meses y, aunque me mantenía haciendo jogging y conservé mi resistencia, la musculatura para pedalear había mermado. 

Hacía rato que la noche había tomado la bóveda celeste y la luz delantera de la bici no me funcionaba. Frente a mí, la noche. Y detrás de la negrura, a lo alto, entre el cenit y mi horizonte, la escena era una intensa puntuación de luces del 23 de Enero, conocido barrio de la capital...tan intensas esas luces que hacían más negro aún el asfalto bajo las ruedas. 

Ya tomaba yo la pendiente cuando todo era contraste. Alto contraste. Antes de comenzar la subida más fuerte, hice el cambio de velocidades, para subir lentamente mientras daba vueltas completas a los pedales: menor esfuerzo. Relación corta. 

Sentí que no avanzaba, pero ciertamente me movía. No podía ver lo que recorría porque me cegaba la intensidad blanca y afilada de las luces de las colinas. No podía ver que subía, y estaba cansada tras kilómetros recorridos a lo largo del día. Iba lento, suponía. Sentí, frente a la profunda oscuridad que no permitió que viera la calzada, que me adentraba en el espeso asfalto. Estaba en medio de la oscura ceguera de la subida. Todo fue por segundos solo mi respiración y la sensación atemporal de penetrar una suerte de vaporosa oscuridad. Creí penetrar el asfalto hacia dentro de algo innominado, y perder la altura de la pendiente: ir en plano horizontal...adentrarme en un asfalto suavemente fangoso. Si, sumergirme en esa calle que subía oscuramente bajo las luces de la colinas superpobladas y, cuando identifiqué que sentía que el movimiento era como su estuviera en un bote, sutil y lentamente en movimiento, donde apenas se ve que el horizonte se desplaza, llegué a la breve cumbre y comenzó el descenso fresco, automático y reconfortante que me hizo sentir que todo era terrestre y tenía sentido.

 Fue un lapsus febril en la tormenta urbana, sin drogas ni alcohol,  jajaja...aunque no lo parezca. Únicamente presté atención a lo que sentía y le quité atención a lo que percibía. Creo que solo duró un par de segundos. Quizás me quedé dormida al pedal.


martes, 19 de enero de 2021

La Veragacha o el género envilecido

He revisado las redes sociales dado que mi ruta a pedal (Relato de viaje en solitario de Miranda a Maracaibo atravesando 700 kilómetros a pedal, próximo a publicar) despertó tal interés que se convirtió en noticia.  Nada más distante de mis expectativas iniciales del viaje que este vuelco de los acontecimientos. No es mi primer viaje en bicicleta. De hecho, como etnógrafa, cicloactivista, aventurera y con inclinaciones por la literatura, hace tiempo decidí registrar los viajes que hacía, con el fin de dar a conocer mis impresiones de los viajes, los lugares y gentes visitadas, así como particularidades técnicas y viales que pueden ser útiles a considerar para quien quisiere emprender un viaje en bicicleta.

Dado que esta ha sido la primera vez viajo en solitario, y de que lo hice para estas fechas de fiestas decembrinas, de un año particularmente difícil para todos los países que han sido atemorizados por el monstruo invisible del coronavirus, esto causó una gran sorpresa. Pero justamente el tema de este viaje no es el viaje el solitario, sino que éste fuera hecho por una mujer sin compañía masculina. Porque inclusive cuando son dos mujeres las que viajan, lo hacen “solas”. Me ocurrió cuando viajaba a la Sierra de Perijá con otras etnógrafas. El asunto no es ser solamente vistas como irresponsables sino también por ello sentirse vulnerables.

Siempre que he viajado en bicicleta, mi grupo y modo de transporte genera mucho interés. Siempre a la gente le ha resultado inspirador que el vehículo utilizado amerite un esfuerzo físico y que a través de él franqueemos distancias de ciudades y estados. Las personas se nos acercan y nos preguntan primero a dónde vamos y luego de dónde venimos, se nos aproximan con con un café, con agua, con los únicos panes que tienen en venta a cambio de una historia que los saca de lo cotidiano, a cambio de una historia que no sea ficción (pero que lo parezca) y de estar cerca del protagonista.

Pero el viaje lo hago para viajar, no para pasear ni para hacer turismo, es decir, para escuchar los paisajes culturales, el cambio de los acentos, el sabor de los quesos, el olor de los campos, sus prisas y lentitudes, para escuchar todo aquello que puede hacer que alguien yazca sin duda en una localidad y no en otra.

Cuando los cicloviajeros hacemos viajes, los paisajes pueden doler, pero también metamorfosearse en alivio cuando llegamos a un árbol amplio donde sentarnos a comer y a descansar. La temperatura baja al amparo de un árbol autóctono: bajo un cují, un dividive o una acacia hay un microclima que restablece la vida y es este contraste el que hace de la ruta un espacio-tiempo pleno de singularidades descubiertas gracias a la lentitud.

Conozco directa e indirectamente muchos viajeros solitarios. Hablo de hombres que deciden y emprenden el viaje solos. Ellos son viajeros que atraviesan varios países y recorren miles de kilómetros. Este carácter no es el aspecto resaltado. Es cierto que la soledad ha sido satanizada: muchos no quieren ni “deben” estar solos, porque esto puede ser signo de fracaso, de enfermedad o de diferencia radical. Por mi parte, pienso que la soledad es un estado que debe anteceder al estado de compañía. Coadyuva al conocimiento de sí, uno aprende a soportarse…porque uno es difícil consigo mismo. Se es el primer juez. En fin, la compañía silencia nuestras preocupaciones, es más fácil, más llevadero.

He viajado con amigos, algunos de ellos con sus mascotas (perros), también con quien fue mi compañero de vida, pero el viaje en bicicleta tiene una dosis importante de viaje en solitario: nos movemos todos en grupo, como en un autobús, pero fragmentados en el esfuerzo. Cada quien empuja su propio peso, cada quien vive su esfuerzo con un drama diferente y necesita pausas en diferentes tiempos. Cada quien se deteriora de forma diversa y de forma diversa se recupera: nuestras debilidades y remedios varían, pero hay que uniformarlos todos en un tiempo y en un espacio común que creamos todos, como un grupo polifónico que canta a capella. Pero el viaje en solitario tiene una sola voz.

Quise viajar bajo mis propios comandos. Creo que no muchos me creyeron cuando lo anuncié; otros, seres accidentales en el camino, me preguntaron si tenía marido. La conclusión entre varios hombres de distintos pueblos era que si tuvieran una esposa así (como yo, viajera), la tuvieran amarrada. Eso me produjo curiosidad y me pregunté, y les pregunté a mis interlocutores, si era válido amarrar a un hombre viajero. Pero esta digresión mía pasó por debajo de la mesa. Y la opinión común prevaleció con la complicidad expresada en risitas de los interlocutores.

Al parecer las mujeres no podemos tener vocación para el viaje en solitario. En las redes sociales me encontré opiniones semejantes. Tuve muchos elogios: unos en tono simplemente declarativo, pero otros elogios fueron defensivos; en las críticas, inclusive, se me tildó de irresponsable. También, como comenté antes, tuve un episodio relativo a un desajuste mecánico. Varios hombres se acercaron a preguntarme si era un pinchazo y si necesitaba ayuda. Los espanté pidiéndoles comida de cortesía, no estaba de humor. En otra oportunidad, un hombre, mientras yo descansaba, me tomo de los pies y sugirió que seguro yo debía de tener fuerza (en mis pies/piernas). Se sintió a sus anchas para hacerlo y a mí se me prendieron las alarmas. Nada más allá de eso ocurrió. En las redes aludieron a la transpiración de mi “concha” al final de la travesía. Lo más lamentable es cómo estos comentarios son normalizados, pero lamentablemente no pueden colocarse en el espejo del género masculino. Quiero decir, no suelen realizarse tales comentarios en los mismos términos a los hombres con los mismos efectos. Diferencia.

La posición de la mujer en el espacio público está vinculada con una responsabilidad abandonada, con un riesgo desafiado o con un peligro para la colectividad, pero ¿el hombre que viaja ha abandonado algo, amenaza algo, arriesga algo o es solo un aventurero como Alejandro de Humbolt, Carlos Darwin o Simón Bolivar? Pocas menciones sexistas o escatológicas he escuchado al respecto. Por contrario, mucho de la locura o la transgresión he escuchado sobre Juana de Arco, Isabel La Católica o María Antonieta. Sus cualidades sexuales o desmanes son resaltados tanto como sus virtudes. En cambio, de los chicos, muchas veces sus personalidades se maquillan y se subliman.

Nos hemos acostumbrado a deteriorar, a erosionar la imagen de la mujer notable y que eso sea normal. Nos hemos acostumbrado a aceptar lo poco como notable porque se trate de una mujer. Debemos conformarnos, quizás para que se queden tranquilas. Nos es difícil dar una justa medida a lo bien hecho: los repartos de las labores del hogar son sobreentendidos si son de una mujer y una proeza si son de un hombre. En Venezuela una madre soltera es cosa común, pero un padre soltero es un héroe, inclusive un tipo extraordinario.

Me llamó poderosamente la atención llegar a Barquisimeto y encontrar una enorme escultura de una mujer llamada Isidra. Todo al que preguntaba por ella me decía que se trataba de una mujer que perseguía a los niños y les amenazaba con pegarles con una vara. Me dio la impresión de que “el loco” con el que meten miedo a los niños tremendos en la calle solo tenía nombre real en Lara. Más adelante un colega me manifestó no poseer más información que tratarse de una mujer que competía con los hombres sobre cosas de varones, tales como quién podía comer las cosas más picantes. Lamento desconocer tanto sobre esto y no encontrar más información, pero esta carencia de información ya me hace preguntarme algo: ¿por qué ensalsar a una persona por su locura y amenaza? Yo diría: dime qué te resaltan y te diré quien es tu juez. 

Escultura ubicada al Este de Barquisimeto, Lara.


Así que Isidra “La Veragacha”, de quien desconozco más de lo que sé, es una mujer pública ¿Ustedes qué saben al respecto? ¿A qué atributos montarles una estatua? ¿A los atributos o al género? ¡Ah! ¡El género! Se trata de eso que hace que una persona nacida mujer pueda o no hacer un viaje en solitario y sea aceptado socialmente que le amarren para que no viaje o que se sobreentienda que no conoce de mecánica. Asimismo, yo no sobreentiendo que los hombres no lloran o que tienen un umbral alto del dolor.

No todos piensan así, lo sé. Solo quiero remover la mata y que caigan frutos verdes, maduros y podridos…también los picados por pájaros de mal agüero. No soy una heroína por ser mujer como tampoco soy deportista. Me encantaría que la aventura de un viaje fuera una ocasión extraordinaria por vital. Y que lo vital se plantara en ese punto donde la respiración se hace refugio, paisaje pleno y gratitud. Y quitara la vista, el oído y el gesto del género y de los genitales de las personas. Gocemos del gesto mismo de cada quien. Amemos y loemos al semejante.

domingo, 25 de octubre de 2020

Fuga en pedaleo decembrino

 

Hay olores que duelen. Me pregunto si eso tiene algo que ver con que la palabra “dolor” apenas tiene una letra más que la palabra “olor”. Esa suerte de tonterías me pasean el pensamiento cuando pedaleo. Hoy el pedal fue largo, pasé por lugares apestosos y también me iba dando cuenta de los gestos que hacía cuando pasaba cerca de la gente que iba a pie o dentro de buses o carros particulares. Si, me veía vista, me miraba desde el otro. También he mirado con atención desde la no-bici la lentitud muy dinámica del ciclista.

Este artículo lo escribí el mismo diciembre 2019, pero estaba traspuesto y no lo publiqué en su momento. Era un momento de paréntesis en la mudanza y tiene el sentido de la cara descubierta antes de la ocurrencia de la pandemia por Covid-19. Léase así, con la ilusión de esa normalidad anterior.

Uno anda muy expuesto, bastante transparente: todo aquel que no va en bici puede casi escuchar, a través de la expresión corporal, la cantidad de ruido interno intermitentemente silenciado que hay en el ciclista. Me refiero a que el mundo bulle adentro, las preocupaciones hablan continuamente, toman forma con una intensidad que puede verse en el eje de su espalda, en la espigada alegría erguida de la espalda o en el pesar encovado que acerca los hombros del lado del pecho; los ojos también se abren o se entrecierran y hacen cambiar el rostro junto a la tensión de los labios. Todos pueden verlo, podrían. Y se alternan con los momentos de total lucidez de un estar allí y en ese momento, de un estar con los sentidos todos puestos en la vía, en el equilibrio y en el otro, que son momentos de lucidez total porque allí se debaten los vehículos y la integridad con una lógica espacial cargada de contingencia.


Salí de Catia hacia el lugar donde iba a dar clases, que me fue sugerido cambiar al ultimo minuto antes de salir...iba a ser más lejos, a El Marqués. Rodé, rodé y rodé y...llegué media hora más tarde de lo previsto. Significó que estaría de regreso tarde, también. Muchas imágenes de estos cuatro años en Caracas y sus alquileres pasaban por mi mente. Me martillaba la idea del refugio, del hogar. Venía de saborear la soledad, una gota de la que no gozaba hacían más de 3 semanas.


Antes de estar muy provisionalmente en Catia, había sido desalojaba de lo que fue “mi casa” por casi tres años. Yo accedí sin resistencia por el cansancio de sucesivos y agresivos episodios de extorsión. Ya no quería vivir eso. Accedí a vivir lejos de donde yacían mis expectativas pero se acomodaba lo razonable y el calor de un corazón hogareño, que aunque late a veces, quizas con frecuencia, a espasmos trashumantes, desea la certeza de una llegada sólida y espontánea, sin rendez-vous necesario.


En el largo pedaleo hasta el lugar de mi clase de francés me acompañaron los pensamientos de desazón y la sensación del vacío que, dormida, en muchos sueños yo tuve cuando estaba a punto de comer algo: abría la boca con la certeza onírica de estar por saborear un bocado deseado, pero la cerraba con la certeza espacial del aire que soplaba hacia mi boca, sin helado de vainilla, sin comida y sin sabor. Así justamente era mi desamparo, nada había que me diera calor e intimidad, tan solo la gratitud de saber que no iba a tener frío. Varias manos tendidas estaban a mi alrededor, pero no había posibilidad de tener despliegue alguno de espontaneidad y el tan habitual y anhelado para mí espacio de soledad.


Hice mi ruta en hora pico. Los espacios en la calle se reducen a lo mínimo por donde se puede pasar. En el mes de diciembre los carros se amontonan en las aceras dejando poco espacio para otros que también quieren estacionarse. Muchos deciden pararse haciendo doble fila, sin importar si detienen el tránsito. Yo debo detenerme, pues solo resta un canal por donde circular y creo que pueden arrollarme, y entonces los carros pasan desconsolados. Una pequeña ocasión y me meto, y sigo mi camino. Diciembre es dificil. El espacio es limitado y hay una competencia por fluir, por circular, por continuar el propósito que siempre tiene como destino un retorno a casa.


Me detuve en un semáforo de manera irremediable. Me paré en la Francisco de Miranda a la altura de la Plaza Francia en sentido Este, para darme cuenta que tenia muchísima hambre y que tenía tiempo para comer una buena porción del cambur que llevaba. Cuando giré hacia la canasta para buscarlo me percaté que muchos motociclistas esperaban también. Al descascarar el cambur todos me miraron con discreta complicidad. Mi humanidad venía pedaleando desde Catia y ellos no lo sabían, pero reparaban en el mecanismo de tracción y lo aprobaron. Fueron instantes, pero sinteticé sus gestos en esa conclusión. Arranqué mientras cargaba el resto del cambur en mi mano derecha. Rompí la inercia a pedaleada de bailarina para encontrarme, algunos metros más adelante, con la guerra por el paso en la intersección siguiente: semáforo apagado.


Cuando todos los carros se atraviesan y se trancan unos con otros es fácil pasar en bici. Mas fácil y más seguro. Bueno, a excepción de algún imprudente motorizado que venga con su desenfrenada impaciencia metaforizada en un vehículo escurridizo, de potencia amenazante en relación con la fragilidad del su expuesto conductor (y pasajeros), pero ruidoso. Por fortuna, si, ruidoso. Su ruido me anuncia su proximidad, mi ruido es ser visible ¿Será la impaciencia como una moto o simplemente una de sus facetas? ¿Tendrá la potencia de cada vehículo un aspecto de la personalidad a desarrollar así como la personalidad cambia cuando se hablan otros idiomas? Creo que además del olor de estas aglomeraciones, los colores me ocultan de ciertos riesgos.


Esta pedaleada martilló mi cabeza con estas tres palabras: olor, dolor y color. Había algo en mi paso profundo que evocaba estas formas lingüísticas. Rebotaban, tomaban forma, se metamorfoseaban y se deshacían a pedal, yo preocupaba mis pensamientos en lo reciente con una suerte de horfandad que yacía en mi garganta. A pesar de pedalear y agenciar mi desplazamiento, era paciente de estas sensaciones con palabras emparentadas que no se desprendían de mi como calan la rima y su heurística.

lunes, 21 de octubre de 2019

A rodar con las niñas

Llegó el día de la rodada de las niñas. Se trata de una actividad que busca visibilizar a las niñas en el uso del espacio público, específicamente en la calzada, en pleno desplazamiento. Amaneció sumamente nublado y esto determinaba que un día domingo, en plena época de lluvia tras una semana torrencialmente lluviosa, hubiera poca asistencia.
#cicletadadelasninas


Bajo el toldo antes de salir.
Nuestra convocatoria estuvo dirigida a mujeres adultas y a niñas. Pedaleé hasta la Plaza Brión mientras pensaba en la ruta de la rodada (o bicicletada, que en Chile llaman "cicletada"), me parecía corta para mi hábito de ciclista urbana. A pocos metros de llegar, alguien me hablaba, era María Alejandra, de @bicigourmet, gran activista feminista del ciclismo urbano, emprendedora gastronómica y solidaria con estas rodadas. Nos detuvimos a conversar junto a la estatua del almirante Luis Brión hasta que la intensidad de un legítimo sol de las 10 de la mañana nos hiciera buscar sombra.
Ana
 
El sol brillaba y era temprano mientras fueron apareciendo ciclistas. Llegaron varios hombres vestidos con mallas deportivas. Llegaron también --una a una-- Vanessa (@WeLab), Yesenia (@Biciculturave), Ana (@ciulab) y unas chicas que antes había visto en la @biciescuelaccs, una de ellas junto a su madre. 


Ví que llegaron otras chicas a las que solicité permiso para colocar un adorno en el manubrio. Eran personas que no había visto: las redes sociales estaban haciendo su efecto ¡qué chévere! Estábamos bajo un toldo que ya no nos cobijaba a todas del sol ardiente. 


¡Ah, por cierto! Yesenia llegó con un bello presente para todas: unas calcomanías o pegatinas de la #CicletadaDeLasNinas con nuestro lema #PedaleaCaracas.



Ruta Oeste-Este recorriendo toda la Avenida Francisco de Miranda. El recorrido fue mayor pues antes y después pedaleada.
En cuanto llegó María Luisa, junto a un par de chicas, ya estábamos practicamente en la hora y decididas a comenzar. Tocaba la foto de rigor: antes de salir. Todos los hombres se marcharon y nos dejaron rodar juntas, sin ellos.
Justo antes de salir, Plaza Luis Brión.


Siempre lo hacemos al ritmo de la mas lenta. En este caso liderizarían Micaela y su mamá, en patineta y patines respectivamente. La más pequeña en edad y modo de desplazamiento era Micaela. La seguiríamos por toda la avenida, en plena calzada. Sorpresa: la patineta es su modo de transporte habitual y rodó esos casi 4 kilómetros, sin quejas y hasta el final.


La pequeña Mica se impulsaba natural y resuelta a avanzar. Estaba acostumbrada, según me dijo su mamá mientras esperábamos el cambio de luz del semáforo. Varias veces a la semana hacía recorridos semejantes. Yo la seguía curiosa con la mirada. De vez en cuando cambiaba de pierna para apoyarse, ora la derecha ora la izquierda, se paraba sobra una pierna y despegaba con la otra, a gracia y certeza. A veces se la veía tomar la acera: ambas amplias, pero lo cierto era que en la calzada tenía todo el espacio libre por delante. Me daba gusto verla y creo que a todo el que caminaba por la acera: la gente se detenía a ver tanta mujer junta sobre distintos tipos de ruedas y se detenía a mirar a la niñita del cabello ondeante a la remada. Era un domingo radiante y fresco.
De vez en cuando pensaba en la extensión del recorrido (¡sería mucho para esta pequeña!), mas uno que otro semáforo demoraba y procuraba el tiempo para reposar. La cháchara del grupo, el ánimo dominguero y la expectativa de llegar al parque nos animaba, pero sobre todo nuestra tierna líderesa, silenciosa y comprometida. Bueno, yo hablo por todas, pero creo que la impresión fué general.

Con Vane y las niñotas, en la avenida Francisco de Miranda.
Una señora que nos acompañaba, que fue invitada por una aprendiz de la biciescuela, se incorporaba una y otra vez a su vehículo. Le costó un poco montarla. Se reconciliaba con la bici. Sin embargo, llegó a destino siempre sonriente.

A esta rodada fueron rostros que no había visto antes.
Llegamos al parque tras 50 minutos desde la partida. Buscamos el estacionamiento de bicicletas y nos parqueamos. Hubo un pequeño malentendido en la entrada, ya que aún las bicicletas generan incertidumbre en los no ciclistas empleados de las instituciones públicas.

Yese dejando su huella con tiza de colores.
Saludamos cordialmente al entrar y, a mitad del grupo que pasaba, le indicaron que debíamos bajarnos de las bicicletas y caminar hasta el estacionamiento, cosa realmente irónica considerando que a un costado autorizaban ellos mismos el acceso a un vehiculo automotor sin pedirles que descendieran del carro y lo empujaran hasta estacionarlo. Así que volvimos a agruparnos, sin alboroto y pacíficamente, nos montamos en nuestras respectivas bicis y pedaleamos hasta el estacionamiento apenas a menos de 100 metros de distancia.

Colocamos nuestras bicis y dejamos una huella colorida.

Conversamos un rato y decidimos entrar hasta llegar al parque contiguo, cuyo acceso se hace por un uente que une amos parques sobre la autopista vertebral de la ciudad. Allí nos tomamos la ultima foto grupal del día. Una leve llovizna comenzaba.
 
Vanessa y WeLab

Mi bici y su huella




Llegadas y relajadas entre el Parque Francisco de Miranda y el Parque Simón Bolívar.
Nos despedimos, pero continuamos rodando un rato por aqui y por allá sin formalidades, conociéndonos. Y después de pocos minutos, tuvimos que correr a buscar techo. Caía una lluvia que prometía ser más intensa. Una lluvia que mas tarde cumplió, torrencialmente, otra vez.

Linda experiencia la de rodar con niñas, de ser vistas encabezadas con esta energía hermosa. Hermanas chilenas, muchas gracias por su invitación. Mucha fuerza en estos momentos. Solidaridad con las niñas y mujeres ciclistas latioamericanas ¡Saludos fraternos!

#pedaleacaracas #ciclismourbano #cicletadadelasninas #masamormenosmotor #masacritica

jueves, 10 de octubre de 2019

Macuto

Recorrido de ida a Macuto. Todo hecho a pedal. Una excelente experiencia.


Domingo 29 de septiembre 2019


4:25 am. Me desperté antes de que sonara la alarma ¡Era la emoción! Por fin iría a La Guaira en bicicleta. Llegó el día de pedalear en grupo por la carretera vieja. Tenía muchas expectativas buenas y un temor: me emocionaba pedalear en la montaña, en grupo y con mucha bajada, pero el útimo mes había tenido muchos episodios de insomnio y había ganado peso, lo cual redundaba en pérdida de condiciones físicas. En fin, amaneció y saqué del horno los cambures deshidratados. Tener raciones dulces, naturales y ricas en potasio es lo mejor para un desempeño exigente físicamente. Mientras las despegaba, soñaba con la excursión.
Mis primeros cambures deshidratados ¡fácil y práctico!



Las carreteras viejas venezolanas poseen una combinación geográfica y semántica: suelen discurrir por entre o por sobre las montañas vegetales y frescas, además de transitar por pueblos que una vez fueron nodos de un viaje a un destino que era remoto y quizás una aventura, un pasaje por geografías muy diversas y diferentes de lo que en destino se vería. Serían pintorescos, quizás. Mi corazón, que es romántico y viene de tierras cálidas al nivel del mar, creía percibir esa nostalgia turística en esos barrios recorridos. Todo lo que es frío o fresco en la piel de niña madura que soy, seguro resguarda el misterio de la sorpresa del viaje.


Imágenes borrosas del tramo Av. Bolivar - Plaza Oleary por debajo de las torres de El Silencio.
6h03. Nelson, Ludwig y yo, los primeros chicharrones.
Los muchachos, fueron goteando hasta que estuvimos todos a tiempo según plan.
Como el propósito era encontrarnos en la Plaza Oleary a las 6h00, me desperté temprano aunque había dejado todo listo para desayunar y partir. Lo haríamos a las 5h15 por si nos acechaba un pinchazo, pero salimos con apenas un cuarto de hora de antelación ¡Uuuf, bueh, ni modo! sin embargo, aún la bóveda celestial era de un oscuro cerrado y la alborada se desplegó en el camino. Tomamos todo el bulevar de Sabana Grande y luego el Paseo de la Resistencia Indígena (bordeando el Parque Los Caobos), para transitar por la Avenida Bolivar, pasar por debajo de las torres de El Silencio y emerger al lado del emplazamiento de nuestra concentración.


Luiso orientando antes de salir y...¡Ruédala!

Igual llegamos a las 6h03 y antes que los otros 28 que habían acordado acompañarnos. Ya allí estaba Ludwig, que venía de Prados del Este. Era evidente que siempre los más confiados son los que están más cerca, porque fueron llegando por orden de lejanía (de lejos a cerca) y, pues, a las 6h30 ya todos estábamos.

Nos tomamos la foto grupal de rigor y a las 6h40 ya estábamos ascendiendo la ligera pendiente por la avenida Sucre en dirección Centro-Catia. Al llegar a la altura del Parque del Oeste "Alí Primera", comenzamos a rodar en plano horizontal hasta detenernos en la intersección hacia la carretera a La Guaira. Allí nos detuvimos, verificamos presión de cauchos y otros detalles mientras dábamos tiempo a Douglas y Terry a llegar.

Siempre a la derecha, evitando la autopista, vía Blandin.

Se trataba de un viaje organizado por Biciaventuras, una agrupación de ciclistas urbanos que planifica viajes relativamente cortos para descubrir la ciudad y sus adyacencias. Todo previsto, detalles cuidados y pulidos, animación grata que trabaja con el propósito individual y acumulado de todo el que quiera pedalear con responsabilidad, buena vibra y ganas de compartir.

7h15. Después del reagrupamiento en ese punto de la Avenida Sucre, tomamos la derecha y reanudamos la rodada. Carajo, por estar tomando fotos me atrasé tanto que ya no sabía por dónde era. Inclusive Betsabé, que iba de última para escoltar como médica del grupo, me pasó. Como íbamos en bajada, la velocidad era alta y unos buses que paraban y arrancaban me impedían tomar un lado seguro, así que tuve que detenerme y esperar. Me sentí un poco desesperada porque el grupo me había dejado atrás y no conocía el camino, además de que los alrededores eran poco amigables. Guardé la cámara e hice buena cara y voluntad para lidiar con un perro fastidioso que me seguía a ladridos. El ciclismo urbano es mi terapia sinofóbica, definitivamente.

Los alcancé y me puse el casco. No sabía que el camino empezaba con tal bajada. En cuanto alcancé el grupo de ciclistas, volví a tomar fotos mientras pedaleaba. Me impresionaban las laderas de montañas con apuntalamientos enormes para evitar su deslizamiento. A nuestra derecha, una gran montaña recubierta de cemento. Aún no comenzaba la subida, pero la inmensidad de la vía y su apertura al cielo me emocionaba. Ya el día brillaba.
Hay mucha energía en la pedaleada en grupo.

7h28. Sector La Cantina.


Atravesamos poblados frescos con casas bien constituidas. Se veía gente agrupada en paradas de transporte público. 

Eso que llamamos "policías acostados", que son reductores de velocidad, nos hacían pararnos en pedales mientras en sentido contrario vimos pasar un gran autobus rojo con letrero electrónico. Asimismo, se veían carros estacionados al frente de las casas, muchos de ellos de tipo rústico. La gente se ocupaba de su domingo cotidiano. Era temprano y pocos niños se veían, creo que ninguno.






Curiosidades del camino. Foto: Betsabé Montes.
Despeñadero de cauchos. Foto cortesía de Ludwig Caballero.
























 







Dejando atrás los poblados, el silencio y la ausencia de construcciones nos podía hacer creer que en el camino no nos acompañaba nada más que fuera humano además del asfalto y las torres eléctricas a un costado. No era así, tras varias curvas, dos cosas curiosas: un despeñadero de cauchos y un letrero evangelizador trensado entre cables, en las ramas de un árbol. Cosas que se descubren a la velocidad de una bici. Estas dos fotos son cortesía respectiva de Ludwig y de Betsa.


El ascenso.
No está de más detenerse para tomar una foto y aprovechar para respirar y tomar agua.

8h19. ¡Cumbre! Nos detuvimos un buen rato. Esperamos a los rezagados. Llegaron Douglas y Terry. Yo pensaba que esto iba a ser una subida de sacrificio terrible. Me resultó algo factible, nada sacrificado. Todos lo hicimos, nada del otro mundo.

Nelson y yo en la cumbre.
Llegamos allí y comenzó la lluvia de fotos, de poses, la guachafita. Compartimos bebidas isotónicas caseras, dulces, fotos y conversamos bastante. Siempre podíamos ver desde arriba la carretera nueva a La Guaira. La autopista se veía como un pequeño
sendero transitado por hormigas, mientras que muy pocas veces eramos acompañados por vehiculos automotores, aunque con frecuencia nos econtrábamos ciclistas deportivos.
Carreteras nueva y vieja. Desde la vieja, la autopista parece un sendero transitado por hormigas.


No está mal tener la idea de la gran exigencia física, porque uno se prepara. Ahora venia lo mejor: la bajada.

8h33. Arrancamos el descenso. Nos esperaríamos en cada puente para reagruparnos. Las bajadas no son severas pero se alcanzan velocidades altas en bici. Manuel tuvo un violento espiche poco despues de pasar la casa del Guardaparques y el letrero de "Bienvenidos al Estado Vargas". El frenazo delante de mí casi me hace estrellarme contra él. Por suerte pude frenar y desviarme a la izquierda sin que nadie en bajada me chocara, aunque sentí la corriente de aire de quienes me pasaban muy cerca. Susto.


El mar, que estaba tras las montañas, se extendía aún confundido en continuo con el azul del cielo. La vista es increible; la mirada, afortunada. Me sentí privilegiada. Esta es una emoción pura, un aire de paz, la respiración que hago con la montaña que me hospeda. En este trayecto bajo el cielo y entre los árboles, permenentemente busqué alejarme de la musicalización del viaje, porque mi comunión con la dimensión natural de este recorrido me era afín. Aparte de la curiosidad por la imposición de música estridente en el espacio público, me es dificil entender el porqué del volumen de la música que alguien quiere escuchar. Pareciera colocarse para que todos la oigan, pero sin consenso.

El viaje en bici es para mí lo humano de la respiración y de la voz de quien alerta sobre un obstáculo, que se oye como un eco: una alerta en cadena que se extiende de punta a punta del grupo y desaparece en las curvas, aunque continúa atrás como un pañuelo que vuela con el viento. Nuestro mecanismo de alerta en la ciudad se limita a dos peligros: huecos y vidrios. Pero en este camino los obstáculos peligrosos eran más: raices que estriaban relevando el asfalto, rocas, charcos, tierra y troncos pequeños, pero rodantes. Trampillas ¡Pilas, pues!
El primer puente. Concentración prolongada.

8h50. Primer puente. Reagrupamiento. Allí esperamos a los espichados y a los que temen a las bajadas y van lento y frenado. La estadía duró más de media hora. Partimos aproximadamente a las 9h25.

9h37. Intersección (no hay señalización, en sentido La Guaira-Caracas, según la cual venimos de Trincheras y a la derecha se va a Blandin y a Catia). Poco antes de llegar allí, Manuel se espichó de nuevo. Así que en la intersección tomé hacia la derecha y tras una curva, llegué al mirador: una amplia explanada con un letrero que dice Sector Pedro García. A la izquierda del árbol central se ven una casa y una plaza con máquinas de hacer ejercicicios.


Sector Pedro García, Mirador hacia el litoral (no entiendo porqué sale tan velada la foto).
Nuevamente una prolongada estadía. Fotos, reparación de fugas, meriendas, paso de ciclistas deportivos y un carro de apoyo filmando (y filmó nuestro grupo), el estruendoso ruido de un carro, una moto locales y la música surcan el espacio.

El aeropuerto de Maiquetía se ve claramente. El mar se confunde con el cielo en el instante cósmico en que un ininterrumpido cordón de stratocumulus divide el cielo próximo y el alto cielo del litoral central. Nada de brisa. Quizas llovería: arriba, bien arriba, más nimbus, los portadores de lluvia. Pero en ese momento ¡Que me quitaran lo baila'o! Estaba extasiada de este orgánico viaje posible gracias a la bicicleta.

10h15. Salida del mirador hacia Maiquetía. Retomamos el descenso e inmediatamente un caucho espichado justo después de una gran curva fuerte donde se veía que horas antes había corrido un torrente de agua con tierra, troncos, rocas y otros pequeños objetos filosos que taladran los cauchos. La cámara de aire ("tripa", en criollo) fue reemplazada y el grupo puesto en marcha muy pronto.


El viento aún fresco, apurado en mi cara y rozando mis oidos era la única música que quería sentir. El aroma vegetal, el tunel de árboles y mi soledad son el viaje que hago. Allí, todo lo que veo es mío y, lo que siento, yo misma.

10h39. Entrada a un poblado en Maiquetía. Ya dejamos atrás los montes que nos condujeron a la costa. Dos gandolas en la curva de entrada al pueblo esperan a que descendamos todos para subir sin poner a nadie en peligro. Nos manifestaron que suben por allí debido a la altura del su vehiculo, que es superior a la del túnel de la autopista.

Entrar en un poblado comporta una percepción de lo humano con todo su peso: el cambio de colores y la saturación del paisaje; los olores de comida con la sazón local, pero también el olor terminal, lo escatológico, la cloaca. Atravesamos Montesano y La Pedrera a velocidad de cuidado, pues una delgada explayada cañada se extendía a tramos por sus calles. Evitamos levantar esas aguas hediondas mientras la gente nos miraba más por curiosidad del número y los accesorios urbanos que por ciclistas, pues se trata de una zona frecuentada por deportistas.

11h10. Parada en frente a la Plaza Bolivar. Fotos de rigor. Allí llegamos habiendo seguido la vía principal y tomando la Avenida Soublette en dirección este. Descontamos en coro los segundos en los semáforos y seguimos adelante.
 
Parece que nuestro volumen o el bullicio llamó tanto la atención que, cuando llegamos al punto de encuentro con Ana Cecilia (que llegaría en carro con refrigerios, junto a Shari), en Macuto, unos agentes de la policía local nos abordaron insistiendo en que el "Ciudadano Alcalde" les encomendó escoltarnos hasta donde fuéramos. Tal "protección" no es de nuestro agrado ni forma parte de nuestros requerimientos para circular porque somos ciclistas urbanos. El verdadero apoyo que se necesita es la creación de infraestructura que viabilice el uso de la bicicleta de forma segura, para todos, su integración con el sistema vial en su diversidad, y con el espacio público. En todo caso, como gesto de buena intención, agradecimos su iniciativa y la permitimos.

Ya estábamos en la localidad de destino, así que Nelson y yo nos quedamos en Los Golfeados de Macuto. Comimos, cada uno, un delicioso golfeado con queso, pagamos para que calentaran nuestro vianda de arroz con pollo playero que trajimos de casa y nos reencontramos con el grupo en el bulevar de Macuto en la proximidad del antiguo Hotel Miramar.

Frutas, conversas, intercambio de pasapalos, jugo de limón con papelón, música confundida (proveniente de varios flancos y de todos lados, tipo guerra de minitecas) y sol, hicieron de ésta, una tarde playera en todo su sentido. Almorcé, extendí mi pareo en la arena y, luego de leer un relato de Italo Calvino, me tendí a dormir un poco de mi larga deuda de sueño.


Rodandito en la Avenida Soublette en sentido oeste.


Llegando a Macuto.


En Macuto, policías quieren escoltarnos nos abordan con amabilidad bajo la orden de un alcalde que cree que necesitamos protección ¡Traviesos nosotros que salimos de Caracas "solitos"!

Mi humilde morada provisional.

Comer frutas en la playa es ideal.
Macuto está lleno de alertas y sus protocolos
Al despertar, luego de dos birras y una conversa, me preparé para dar unas vueltas en bici. 

15h20. Nelson y yo salimos a pasear en bici en las adyacencias. Recorrimos el bulevar, pasamos por la La Plaza de las Palomas, recorrimos varias calles. Me impresionó el cambio de temperatura de la playa al pueblo. La presencia de vegetación hacía la diferencia: sentí que refrescó significativamente, además era evidente la proximidad con la montaña, esa misma que hace casi 20 años tristemente se había deslavado, sepultando casas, enseres y mucha gente.
Entre esas rejas de madera (entrada del castillete de Reverón) me asomé.
Pude observar los vestigios de un pueblo nostálgico de su pasado glorioso lleno de un particular brillo arquitectónico. También observé el tiempo después del deslave en marcas del esfuerzo de respuesta antes eventos adversos: puntos de concentración y protocolos de alerta. 

Asomada: ¡Si, ahí hay un caballete!
Visité el castillo del célebre pintor de Macuto, Armando Reverón (que ya no está abierto al público o que no lo estaba en ese momento) pero que pude ver por entre la cerca, incluyendo un caballete. También me voltée para mirar el mar, su reflejo y el resplandor que seguro brilló imponente en la percepción particular de nuestro artista, que no solo pintaba con pupú sino que se daba a lo tridimensional haciendo muñecas y que se acompañaba con un mono.

Después de circular por aquí y allá sacando con miedo pero inevitablemente mi cámara en las calles desoladas distantes de concurrido bulevar, regresamos a unirnos al grupo. 

Eran las 16h30 y ya todos se alistaban para concentrarse en donde el bus de regreso nos encontraría.

Se trata de un bus originalmente con capacidad para más de 60 personas, pero que el Sr. Argenis Sanabria ha acondicionado para acomodar un máximo de 30 ciclistas y sus respectivos corceles. Las bicis en el vestíbulo del bus y los asientos atrás, así que uno puede viajar sentadito viendo que su bicicleta está allí, bien asegurada.
Desde la entrada del Castillete, ver sin la mirada que percibía esa luz que brillaba 
especialmente al alma de Reverón.


Valga la cuña, el señor Argenis es una persona muy amable. Con mucha candidez nos ha pedido quitar la rueda delantera a las bicis y, aunque nunca había transportado a ciclistas urbanos, se dedicó a atendernos con paciencia y asumiendo su servicio cordialmente, inventando cómo hacer para acomodar las bicis que tienen guacal. Inclusive, en la víspera había sufrido un golpe en la cara (estaba haciendo downhill) y de vez en cuando sangraba por la nariz ...



Dondequiera que voy en Macuto, imagino este diálogo de Reveron con el mono. (Adyacencia Plaza de Las Palomas).


Una arquitectura que habla del pasado.



Los muros de Macuto atestiguan juegos de antes y después.
Macuto tiene una frescura que te habla del Waraira Repano. Escuela en la proximidad de la Plaza de Las Palomas.

 
...debido al esfuerzo de levantar y manipular las bicicletas...y aún nos sonreía y comentaba con jocosidad sobre su aporreada nariz. El proceso de instalación en el bus duró poco más de una hora y el regreso fue fluido, sin embotellamientos, sin lluvia y con ánimos y satisfacciones.




Fuente cercada frente al antiguo Hotel Miramar.


Todavía no sé qué edificio era, pero aún es bello.
El Sr. Argenis Sanabria dando los toques finales antes de arrancar.

18h03. Arrancamos en el Bicibus con destino a Caracas. 

La tertulia de la playa continuó en el bus. En lugar del rugir del mar, estaba la vibración del bus en subida, ese gemido hipnótico que aletarga el atardecer. Creo que todos estábamos en la frecuencia del cansancio satisfactorio donde el sueño se confunde con la paz, estado que el paso por el túnel interrumpió con luces y ruido intensivo, pero, al salir, el día continuaba apagándose serena, dulce y lentamente.

18h58. Llegué atontada a la Plaza Oleary, pero infinitamente satisfecha de este viaje. Lo repetiría, lo repetiría, lo repetiría. Estuvo bien organizado (mérito de Biciaventuras) hubo muy buen ánimo (mérito de todos, fortuna de todos), eso que llaman buena vibra; estuvo sabroso, una actitud muy positiva y cohesionada bajo un perfecto cielo azul. Fué un grupo compacto y pedaleante, que celebra la vida. Era así como quería un viaje de Caracas a la costa y así fué el viaje de casa a Macuto...y de Macuto a la casa: ¡a pedalear!


Resolví una buena arepa, una buena ducha y chupulún, a dormir.