domingo, 8 de mayo de 2022

El chip

 Hoy salí a conquistar el mundo a pie, no en bicicleta. Tomé el metro, que no es de mi predilección, pero que me hace el servicio hasta la otra punta de la ciudad --mi destino de los jueves-- mientras sentada por más de una hora llego a Palo Verde...desde Catia. Ayer pedaleé mucho, estaba cansada. Mejor por andar en bici que por quedarme a rumiar un malestar que tuve que enfrentar en la mañana. En fin, al llegar a Palo Verde y emerger a la calle, vi por fin la bandana roja que buscaba desde días atrás.


Hay matices de rojo que no me gustan tanto como el de la bandana que compré. Me costó un dólar. Cada vez que en el transcurso de la mañana abría mi bolso, veía que por fin la tenía ¡Por fin, qué lindo rojo! Cómo no me combinaba, no me la puse de una vez, algo que suelo hacer cuando adquiero algo. Inclusive, cuándo compro zapatos, salgo de la tienda caminando con ellos puestos.


Mi desayuno lo tomé antes de las 7 am, de manera que a las 12.30, cuando salí de dar la clase, me acosaba el hambre. Compré unos panes y no pude pagar allí mismo. Para el pago, necesitaba usar la tarjeta, pero el chip de ésta estaba dándome pesares.


Como yo era un rostro familiar, la señora me dió los datos para que pagara desde casa, con un pago P2P. Dos panes livianos y sin relleno no disuadieron a mi cuerpo ciclista que sufre de hambre y de sed, que generalmente se calman con comidas pesadas y cerveza.


El camino de retorno esta vez era de bajada. Y bajaba yo contando con los dedos el dinero en bolívares. Bueno, el que me restaba en la cuenta. Me prometí comprar alguna fruta, algo dulce que no fuera harina o azúcar. Encontré una oferta de temporada: cuatro kilos de mango por 5 bolívares o un dólar. Escogí los mangos mientras salivaba. Firmes, relucientes, vivaces...escogí los cuatro kilos, con su decimal a mí favor ¡Mmmm, que promesa india!


Tenía el dinero pero la tarjeta fallaba. El aparato no podía leer su chip. El fuckin' chip me retrasaba la compra. Una, dos, tres, cuatro veces se intentó y nada. Hasta con la banda magnética se trató y pidió todos los datos para resultar que la transacción fuera fallida ¡Nada! Suspiré y me dispuse a hacer un pago móvil. Verifiqué, al abrir la sesión bancaria en línea, que ninguno de los intentos anteriores hubiera debitado. Ninguno.


La pantalla de mi celular está rota. Hacer pagos P2P es una proeza. Transgrede mis textos, los deforma, los inválida, es un mismísimo duende travieso. Rellené el formulario no menos de diez veces. Quería mis mangos y me marcharía con mis kilos. Llegaba al final de los pasos requeridos y ¡bum! el pequeño botón de aceptar, tan cerca del de regresar me trucaba la transacción. Me devolvía sin querer a la pantalla anterior, pero quería mangos. Reintentaba mientras veía a un señor fumando sentado, detrás de la venta provisional de mangos, en un elevado pasillo de un pequeño centro comercial, mientras la brisa se llevaba el humo color de su cabellera.


La vendedora me daba los datos una y otra vez con paciencia. Le dije jocosamente que era evidente que quería mangos y que ya lo que quería era sentarme y comerme unos cuantos, mientras señalaba al señor cómodamente sentado en el piso de granito. Los pies del señor descansaban naturalmente en el asfalto del estacionamiento, cual si estuviera sentado en una silla. Yo sentía el cansancio, la sed y el hambre del mucho pedal de la víspera. Traté de hacer el pago una vez más y lo logré. Agarré mi suculenta bolsa y me fui a sentar junto al señor que terminaba sus últimas bocanadas fumosas.


Quité la cáscara a un mango al azar, aunque suelo comerla. No lo hago si no la he lavado bien y no era posible al momento. Dulce, firme, jugosa, todo se colorea para mí cuando como algo delicioso y cuando su textura es perfecta. 


El viento me invitaba a respirar y a sentarme bien allí, con comodidad. Comía mientras miraba todo con atención con los ojos abiertos también de asombro de saborear frutos perfectos. Mire al suelo y habían colillas de cigarrillos. Había un letrero de corazón que decía "Feliz día". El fumador a mi lado se había marchado y yo ya llevaba cuatro mangos. Si, embadurnada toda después de haberme chorreado mango en la cara y llenado las manos de jugo tan dulce, pues tenía que aprovechar. El festín es así para mí: con alegría infantil y desenfadada. Lo mismo daba llenarme de esta jalea por uno o por muchos. Estaba almorzando, valía más que fuera por muchos.


Cuando como, tal como una niñita, suelo llenarme la cara. Si, aún es así. A veces con algún chico con quien he salido ha notado tener la cara llena, la nariz, algo hasta en la frente. No sé si me importa. Es algún tipo de torpeza, de indecencia o de formación en modales. Carreño se infartaría, yo me lo tripeo. es algo pueril que quizás merezca la foto típica que toman los padres a sus hijos cuando comen caraotas (frijoles negros) por primera vez. A muchos le ha producido ternura, a otros, risa. Yo solo estoy comiendo, no sé cómo hago. Suelo disfrutar la comida y ya, pero lo que no soporto es tener las manos pegajosas cuando termino de comer.


Mi morral es de una tela suave y absorbente, no quería mancharlo. No tenía toallas húmedas, ni servilletas ni papel secante. Nada de agua alrededor. Abrí con cuidado el morral. Solución: me sequé con la bandana roja a satisfacción mientras miraba el pequeño letrero infantil con el mensaje de «feliz día».


Días después lo reencontré y me lo puse combinado con un atuendo vistoso y un magnífico labial rojo que me obsequiaron.



jueves, 13 de enero de 2022

Lapsus

Varios meses sin pedalear. Entre convalecencia por Covid-19 y estar fuera de Caracas, dejé de pedalear varios meses y, aunque me mantenía haciendo jogging y conservé mi resistencia, la musculatura para pedalear había mermado. 

Hacía rato que la noche había tomado la bóveda celeste y la luz delantera de la bici no me funcionaba. Frente a mí, la noche. Y detrás de la negrura, a lo alto, entre el cenit y mi horizonte, la escena era una intensa puntuación de luces del 23 de Enero, conocido barrio de la capital...tan intensas esas luces que hacían más negro aún el asfalto bajo las ruedas. 

Ya tomaba yo la pendiente cuando todo era contraste. Alto contraste. Antes de comenzar la subida más fuerte, hice el cambio de velocidades, para subir lentamente mientras daba vueltas completas a los pedales: menor esfuerzo. Relación corta. 

Sentí que no avanzaba, pero ciertamente me movía. No podía ver lo que recorría porque me cegaba la intensidad blanca y afilada de las luces de las colinas. No podía ver que subía, y estaba cansada tras kilómetros recorridos a lo largo del día. Iba lento, suponía. Sentí, frente a la profunda oscuridad que no permitió que viera la calzada, que me adentraba en el espeso asfalto. Estaba en medio de la oscura ceguera de la subida. Todo fue por segundos solo mi respiración y la sensación atemporal de penetrar una suerte de vaporosa oscuridad. Creí penetrar el asfalto hacia dentro de algo innominado, y perder la altura de la pendiente: ir en plano horizontal...adentrarme en un asfalto suavemente fangoso. Si, sumergirme en esa calle que subía oscuramente bajo las luces de la colinas superpobladas y, cuando identifiqué que sentía que el movimiento era como su estuviera en un bote, sutil y lentamente en movimiento, donde apenas se ve que el horizonte se desplaza, llegué a la breve cumbre y comenzó el descenso fresco, automático y reconfortante que me hizo sentir que todo era terrestre y tenía sentido.

 Fue un lapsus febril en la tormenta urbana, sin drogas ni alcohol,  jajaja...aunque no lo parezca. Únicamente presté atención a lo que sentía y le quité atención a lo que percibía. Creo que solo duró un par de segundos. Quizás me quedé dormida al pedal.