domingo, 25 de octubre de 2020

Fuga en pedaleo decembrino

 

Hay olores que duelen. Me pregunto si eso tiene algo que ver con que la palabra “dolor” apenas tiene una letra más que la palabra “olor”. Esa suerte de tonterías me pasean el pensamiento cuando pedaleo. Hoy el pedal fue largo, pasé por lugares apestosos y también me iba dando cuenta de los gestos que hacía cuando pasaba cerca de la gente que iba a pie o dentro de buses o carros particulares. Si, me veía vista, me miraba desde el otro. También he mirado con atención desde la no-bici la lentitud muy dinámica del ciclista.

Este artículo lo escribí el mismo diciembre 2019, pero estaba traspuesto y no lo publiqué en su momento. Era un momento de paréntesis en la mudanza y tiene el sentido de la cara descubierta antes de la ocurrencia de la pandemia por Covid-19. Léase así, con la ilusión de esa normalidad anterior.

Uno anda muy expuesto, bastante transparente: todo aquel que no va en bici puede casi escuchar, a través de la expresión corporal, la cantidad de ruido interno intermitentemente silenciado que hay en el ciclista. Me refiero a que el mundo bulle adentro, las preocupaciones hablan continuamente, toman forma con una intensidad que puede verse en el eje de su espalda, en la espigada alegría erguida de la espalda o en el pesar encovado que acerca los hombros del lado del pecho; los ojos también se abren o se entrecierran y hacen cambiar el rostro junto a la tensión de los labios. Todos pueden verlo, podrían. Y se alternan con los momentos de total lucidez de un estar allí y en ese momento, de un estar con los sentidos todos puestos en la vía, en el equilibrio y en el otro, que son momentos de lucidez total porque allí se debaten los vehículos y la integridad con una lógica espacial cargada de contingencia.


Salí de Catia hacia el lugar donde iba a dar clases, que me fue sugerido cambiar al ultimo minuto antes de salir...iba a ser más lejos, a El Marqués. Rodé, rodé y rodé y...llegué media hora más tarde de lo previsto. Significó que estaría de regreso tarde, también. Muchas imágenes de estos cuatro años en Caracas y sus alquileres pasaban por mi mente. Me martillaba la idea del refugio, del hogar. Venía de saborear la soledad, una gota de la que no gozaba hacían más de 3 semanas.


Antes de estar muy provisionalmente en Catia, había sido desalojaba de lo que fue “mi casa” por casi tres años. Yo accedí sin resistencia por el cansancio de sucesivos y agresivos episodios de extorsión. Ya no quería vivir eso. Accedí a vivir lejos de donde yacían mis expectativas pero se acomodaba lo razonable y el calor de un corazón hogareño, que aunque late a veces, quizas con frecuencia, a espasmos trashumantes, desea la certeza de una llegada sólida y espontánea, sin rendez-vous necesario.


En el largo pedaleo hasta el lugar de mi clase de francés me acompañaron los pensamientos de desazón y la sensación del vacío que, dormida, en muchos sueños yo tuve cuando estaba a punto de comer algo: abría la boca con la certeza onírica de estar por saborear un bocado deseado, pero la cerraba con la certeza espacial del aire que soplaba hacia mi boca, sin helado de vainilla, sin comida y sin sabor. Así justamente era mi desamparo, nada había que me diera calor e intimidad, tan solo la gratitud de saber que no iba a tener frío. Varias manos tendidas estaban a mi alrededor, pero no había posibilidad de tener despliegue alguno de espontaneidad y el tan habitual y anhelado para mí espacio de soledad.


Hice mi ruta en hora pico. Los espacios en la calle se reducen a lo mínimo por donde se puede pasar. En el mes de diciembre los carros se amontonan en las aceras dejando poco espacio para otros que también quieren estacionarse. Muchos deciden pararse haciendo doble fila, sin importar si detienen el tránsito. Yo debo detenerme, pues solo resta un canal por donde circular y creo que pueden arrollarme, y entonces los carros pasan desconsolados. Una pequeña ocasión y me meto, y sigo mi camino. Diciembre es dificil. El espacio es limitado y hay una competencia por fluir, por circular, por continuar el propósito que siempre tiene como destino un retorno a casa.


Me detuve en un semáforo de manera irremediable. Me paré en la Francisco de Miranda a la altura de la Plaza Francia en sentido Este, para darme cuenta que tenia muchísima hambre y que tenía tiempo para comer una buena porción del cambur que llevaba. Cuando giré hacia la canasta para buscarlo me percaté que muchos motociclistas esperaban también. Al descascarar el cambur todos me miraron con discreta complicidad. Mi humanidad venía pedaleando desde Catia y ellos no lo sabían, pero reparaban en el mecanismo de tracción y lo aprobaron. Fueron instantes, pero sinteticé sus gestos en esa conclusión. Arranqué mientras cargaba el resto del cambur en mi mano derecha. Rompí la inercia a pedaleada de bailarina para encontrarme, algunos metros más adelante, con la guerra por el paso en la intersección siguiente: semáforo apagado.


Cuando todos los carros se atraviesan y se trancan unos con otros es fácil pasar en bici. Mas fácil y más seguro. Bueno, a excepción de algún imprudente motorizado que venga con su desenfrenada impaciencia metaforizada en un vehículo escurridizo, de potencia amenazante en relación con la fragilidad del su expuesto conductor (y pasajeros), pero ruidoso. Por fortuna, si, ruidoso. Su ruido me anuncia su proximidad, mi ruido es ser visible ¿Será la impaciencia como una moto o simplemente una de sus facetas? ¿Tendrá la potencia de cada vehículo un aspecto de la personalidad a desarrollar así como la personalidad cambia cuando se hablan otros idiomas? Creo que además del olor de estas aglomeraciones, los colores me ocultan de ciertos riesgos.


Esta pedaleada martilló mi cabeza con estas tres palabras: olor, dolor y color. Había algo en mi paso profundo que evocaba estas formas lingüísticas. Rebotaban, tomaban forma, se metamorfoseaban y se deshacían a pedal, yo preocupaba mis pensamientos en lo reciente con una suerte de horfandad que yacía en mi garganta. A pesar de pedalear y agenciar mi desplazamiento, era paciente de estas sensaciones con palabras emparentadas que no se desprendían de mi como calan la rima y su heurística.