lunes, 21 de octubre de 2019

A rodar con las niñas

Llegó el día de la rodada de las niñas. Se trata de una actividad que busca visibilizar a las niñas en el uso del espacio público, específicamente en la calzada, en pleno desplazamiento. Amaneció sumamente nublado y esto determinaba que un día domingo, en plena época de lluvia tras una semana torrencialmente lluviosa, hubiera poca asistencia.
#cicletadadelasninas


Bajo el toldo antes de salir.
Nuestra convocatoria estuvo dirigida a mujeres adultas y a niñas. Pedaleé hasta la Plaza Brión mientras pensaba en la ruta de la rodada (o bicicletada, que en Chile llaman "cicletada"), me parecía corta para mi hábito de ciclista urbana. A pocos metros de llegar, alguien me hablaba, era María Alejandra, de @bicigourmet, gran activista feminista del ciclismo urbano, emprendedora gastronómica y solidaria con estas rodadas. Nos detuvimos a conversar junto a la estatua del almirante Luis Brión hasta que la intensidad de un legítimo sol de las 10 de la mañana nos hiciera buscar sombra.
Ana
 
El sol brillaba y era temprano mientras fueron apareciendo ciclistas. Llegaron varios hombres vestidos con mallas deportivas. Llegaron también --una a una-- Vanessa (@WeLab), Yesenia (@Biciculturave), Ana (@ciulab) y unas chicas que antes había visto en la @biciescuelaccs, una de ellas junto a su madre. 


Ví que llegaron otras chicas a las que solicité permiso para colocar un adorno en el manubrio. Eran personas que no había visto: las redes sociales estaban haciendo su efecto ¡qué chévere! Estábamos bajo un toldo que ya no nos cobijaba a todas del sol ardiente. 


¡Ah, por cierto! Yesenia llegó con un bello presente para todas: unas calcomanías o pegatinas de la #CicletadaDeLasNinas con nuestro lema #PedaleaCaracas.



Ruta Oeste-Este recorriendo toda la Avenida Francisco de Miranda. El recorrido fue mayor pues antes y después pedaleada.
En cuanto llegó María Luisa, junto a un par de chicas, ya estábamos practicamente en la hora y decididas a comenzar. Tocaba la foto de rigor: antes de salir. Todos los hombres se marcharon y nos dejaron rodar juntas, sin ellos.
Justo antes de salir, Plaza Luis Brión.


Siempre lo hacemos al ritmo de la mas lenta. En este caso liderizarían Micaela y su mamá, en patineta y patines respectivamente. La más pequeña en edad y modo de desplazamiento era Micaela. La seguiríamos por toda la avenida, en plena calzada. Sorpresa: la patineta es su modo de transporte habitual y rodó esos casi 4 kilómetros, sin quejas y hasta el final.


La pequeña Mica se impulsaba natural y resuelta a avanzar. Estaba acostumbrada, según me dijo su mamá mientras esperábamos el cambio de luz del semáforo. Varias veces a la semana hacía recorridos semejantes. Yo la seguía curiosa con la mirada. De vez en cuando cambiaba de pierna para apoyarse, ora la derecha ora la izquierda, se paraba sobra una pierna y despegaba con la otra, a gracia y certeza. A veces se la veía tomar la acera: ambas amplias, pero lo cierto era que en la calzada tenía todo el espacio libre por delante. Me daba gusto verla y creo que a todo el que caminaba por la acera: la gente se detenía a ver tanta mujer junta sobre distintos tipos de ruedas y se detenía a mirar a la niñita del cabello ondeante a la remada. Era un domingo radiante y fresco.
De vez en cuando pensaba en la extensión del recorrido (¡sería mucho para esta pequeña!), mas uno que otro semáforo demoraba y procuraba el tiempo para reposar. La cháchara del grupo, el ánimo dominguero y la expectativa de llegar al parque nos animaba, pero sobre todo nuestra tierna líderesa, silenciosa y comprometida. Bueno, yo hablo por todas, pero creo que la impresión fué general.

Con Vane y las niñotas, en la avenida Francisco de Miranda.
Una señora que nos acompañaba, que fue invitada por una aprendiz de la biciescuela, se incorporaba una y otra vez a su vehículo. Le costó un poco montarla. Se reconciliaba con la bici. Sin embargo, llegó a destino siempre sonriente.

A esta rodada fueron rostros que no había visto antes.
Llegamos al parque tras 50 minutos desde la partida. Buscamos el estacionamiento de bicicletas y nos parqueamos. Hubo un pequeño malentendido en la entrada, ya que aún las bicicletas generan incertidumbre en los no ciclistas empleados de las instituciones públicas.

Yese dejando su huella con tiza de colores.
Saludamos cordialmente al entrar y, a mitad del grupo que pasaba, le indicaron que debíamos bajarnos de las bicicletas y caminar hasta el estacionamiento, cosa realmente irónica considerando que a un costado autorizaban ellos mismos el acceso a un vehiculo automotor sin pedirles que descendieran del carro y lo empujaran hasta estacionarlo. Así que volvimos a agruparnos, sin alboroto y pacíficamente, nos montamos en nuestras respectivas bicis y pedaleamos hasta el estacionamiento apenas a menos de 100 metros de distancia.

Colocamos nuestras bicis y dejamos una huella colorida.

Conversamos un rato y decidimos entrar hasta llegar al parque contiguo, cuyo acceso se hace por un uente que une amos parques sobre la autopista vertebral de la ciudad. Allí nos tomamos la ultima foto grupal del día. Una leve llovizna comenzaba.
 
Vanessa y WeLab

Mi bici y su huella




Llegadas y relajadas entre el Parque Francisco de Miranda y el Parque Simón Bolívar.
Nos despedimos, pero continuamos rodando un rato por aqui y por allá sin formalidades, conociéndonos. Y después de pocos minutos, tuvimos que correr a buscar techo. Caía una lluvia que prometía ser más intensa. Una lluvia que mas tarde cumplió, torrencialmente, otra vez.

Linda experiencia la de rodar con niñas, de ser vistas encabezadas con esta energía hermosa. Hermanas chilenas, muchas gracias por su invitación. Mucha fuerza en estos momentos. Solidaridad con las niñas y mujeres ciclistas latioamericanas ¡Saludos fraternos!

#pedaleacaracas #ciclismourbano #cicletadadelasninas #masamormenosmotor #masacritica

jueves, 10 de octubre de 2019

Macuto

Recorrido de ida a Macuto. Todo hecho a pedal. Una excelente experiencia.


Domingo 29 de septiembre 2019


4:25 am. Me desperté antes de que sonara la alarma ¡Era la emoción! Por fin iría a La Guaira en bicicleta. Llegó el día de pedalear en grupo por la carretera vieja. Tenía muchas expectativas buenas y un temor: me emocionaba pedalear en la montaña, en grupo y con mucha bajada, pero el útimo mes había tenido muchos episodios de insomnio y había ganado peso, lo cual redundaba en pérdida de condiciones físicas. En fin, amaneció y saqué del horno los cambures deshidratados. Tener raciones dulces, naturales y ricas en potasio es lo mejor para un desempeño exigente físicamente. Mientras las despegaba, soñaba con la excursión.
Mis primeros cambures deshidratados ¡fácil y práctico!



Las carreteras viejas venezolanas poseen una combinación geográfica y semántica: suelen discurrir por entre o por sobre las montañas vegetales y frescas, además de transitar por pueblos que una vez fueron nodos de un viaje a un destino que era remoto y quizás una aventura, un pasaje por geografías muy diversas y diferentes de lo que en destino se vería. Serían pintorescos, quizás. Mi corazón, que es romántico y viene de tierras cálidas al nivel del mar, creía percibir esa nostalgia turística en esos barrios recorridos. Todo lo que es frío o fresco en la piel de niña madura que soy, seguro resguarda el misterio de la sorpresa del viaje.


Imágenes borrosas del tramo Av. Bolivar - Plaza Oleary por debajo de las torres de El Silencio.
6h03. Nelson, Ludwig y yo, los primeros chicharrones.
Los muchachos, fueron goteando hasta que estuvimos todos a tiempo según plan.
Como el propósito era encontrarnos en la Plaza Oleary a las 6h00, me desperté temprano aunque había dejado todo listo para desayunar y partir. Lo haríamos a las 5h15 por si nos acechaba un pinchazo, pero salimos con apenas un cuarto de hora de antelación ¡Uuuf, bueh, ni modo! sin embargo, aún la bóveda celestial era de un oscuro cerrado y la alborada se desplegó en el camino. Tomamos todo el bulevar de Sabana Grande y luego el Paseo de la Resistencia Indígena (bordeando el Parque Los Caobos), para transitar por la Avenida Bolivar, pasar por debajo de las torres de El Silencio y emerger al lado del emplazamiento de nuestra concentración.


Luiso orientando antes de salir y...¡Ruédala!

Igual llegamos a las 6h03 y antes que los otros 28 que habían acordado acompañarnos. Ya allí estaba Ludwig, que venía de Prados del Este. Era evidente que siempre los más confiados son los que están más cerca, porque fueron llegando por orden de lejanía (de lejos a cerca) y, pues, a las 6h30 ya todos estábamos.

Nos tomamos la foto grupal de rigor y a las 6h40 ya estábamos ascendiendo la ligera pendiente por la avenida Sucre en dirección Centro-Catia. Al llegar a la altura del Parque del Oeste "Alí Primera", comenzamos a rodar en plano horizontal hasta detenernos en la intersección hacia la carretera a La Guaira. Allí nos detuvimos, verificamos presión de cauchos y otros detalles mientras dábamos tiempo a Douglas y Terry a llegar.

Siempre a la derecha, evitando la autopista, vía Blandin.

Se trataba de un viaje organizado por Biciaventuras, una agrupación de ciclistas urbanos que planifica viajes relativamente cortos para descubrir la ciudad y sus adyacencias. Todo previsto, detalles cuidados y pulidos, animación grata que trabaja con el propósito individual y acumulado de todo el que quiera pedalear con responsabilidad, buena vibra y ganas de compartir.

7h15. Después del reagrupamiento en ese punto de la Avenida Sucre, tomamos la derecha y reanudamos la rodada. Carajo, por estar tomando fotos me atrasé tanto que ya no sabía por dónde era. Inclusive Betsabé, que iba de última para escoltar como médica del grupo, me pasó. Como íbamos en bajada, la velocidad era alta y unos buses que paraban y arrancaban me impedían tomar un lado seguro, así que tuve que detenerme y esperar. Me sentí un poco desesperada porque el grupo me había dejado atrás y no conocía el camino, además de que los alrededores eran poco amigables. Guardé la cámara e hice buena cara y voluntad para lidiar con un perro fastidioso que me seguía a ladridos. El ciclismo urbano es mi terapia sinofóbica, definitivamente.

Los alcancé y me puse el casco. No sabía que el camino empezaba con tal bajada. En cuanto alcancé el grupo de ciclistas, volví a tomar fotos mientras pedaleaba. Me impresionaban las laderas de montañas con apuntalamientos enormes para evitar su deslizamiento. A nuestra derecha, una gran montaña recubierta de cemento. Aún no comenzaba la subida, pero la inmensidad de la vía y su apertura al cielo me emocionaba. Ya el día brillaba.
Hay mucha energía en la pedaleada en grupo.

7h28. Sector La Cantina.


Atravesamos poblados frescos con casas bien constituidas. Se veía gente agrupada en paradas de transporte público. 

Eso que llamamos "policías acostados", que son reductores de velocidad, nos hacían pararnos en pedales mientras en sentido contrario vimos pasar un gran autobus rojo con letrero electrónico. Asimismo, se veían carros estacionados al frente de las casas, muchos de ellos de tipo rústico. La gente se ocupaba de su domingo cotidiano. Era temprano y pocos niños se veían, creo que ninguno.






Curiosidades del camino. Foto: Betsabé Montes.
Despeñadero de cauchos. Foto cortesía de Ludwig Caballero.
























 







Dejando atrás los poblados, el silencio y la ausencia de construcciones nos podía hacer creer que en el camino no nos acompañaba nada más que fuera humano además del asfalto y las torres eléctricas a un costado. No era así, tras varias curvas, dos cosas curiosas: un despeñadero de cauchos y un letrero evangelizador trensado entre cables, en las ramas de un árbol. Cosas que se descubren a la velocidad de una bici. Estas dos fotos son cortesía respectiva de Ludwig y de Betsa.


El ascenso.
No está de más detenerse para tomar una foto y aprovechar para respirar y tomar agua.

8h19. ¡Cumbre! Nos detuvimos un buen rato. Esperamos a los rezagados. Llegaron Douglas y Terry. Yo pensaba que esto iba a ser una subida de sacrificio terrible. Me resultó algo factible, nada sacrificado. Todos lo hicimos, nada del otro mundo.

Nelson y yo en la cumbre.
Llegamos allí y comenzó la lluvia de fotos, de poses, la guachafita. Compartimos bebidas isotónicas caseras, dulces, fotos y conversamos bastante. Siempre podíamos ver desde arriba la carretera nueva a La Guaira. La autopista se veía como un pequeño
sendero transitado por hormigas, mientras que muy pocas veces eramos acompañados por vehiculos automotores, aunque con frecuencia nos econtrábamos ciclistas deportivos.
Carreteras nueva y vieja. Desde la vieja, la autopista parece un sendero transitado por hormigas.


No está mal tener la idea de la gran exigencia física, porque uno se prepara. Ahora venia lo mejor: la bajada.

8h33. Arrancamos el descenso. Nos esperaríamos en cada puente para reagruparnos. Las bajadas no son severas pero se alcanzan velocidades altas en bici. Manuel tuvo un violento espiche poco despues de pasar la casa del Guardaparques y el letrero de "Bienvenidos al Estado Vargas". El frenazo delante de mí casi me hace estrellarme contra él. Por suerte pude frenar y desviarme a la izquierda sin que nadie en bajada me chocara, aunque sentí la corriente de aire de quienes me pasaban muy cerca. Susto.


El mar, que estaba tras las montañas, se extendía aún confundido en continuo con el azul del cielo. La vista es increible; la mirada, afortunada. Me sentí privilegiada. Esta es una emoción pura, un aire de paz, la respiración que hago con la montaña que me hospeda. En este trayecto bajo el cielo y entre los árboles, permenentemente busqué alejarme de la musicalización del viaje, porque mi comunión con la dimensión natural de este recorrido me era afín. Aparte de la curiosidad por la imposición de música estridente en el espacio público, me es dificil entender el porqué del volumen de la música que alguien quiere escuchar. Pareciera colocarse para que todos la oigan, pero sin consenso.

El viaje en bici es para mí lo humano de la respiración y de la voz de quien alerta sobre un obstáculo, que se oye como un eco: una alerta en cadena que se extiende de punta a punta del grupo y desaparece en las curvas, aunque continúa atrás como un pañuelo que vuela con el viento. Nuestro mecanismo de alerta en la ciudad se limita a dos peligros: huecos y vidrios. Pero en este camino los obstáculos peligrosos eran más: raices que estriaban relevando el asfalto, rocas, charcos, tierra y troncos pequeños, pero rodantes. Trampillas ¡Pilas, pues!
El primer puente. Concentración prolongada.

8h50. Primer puente. Reagrupamiento. Allí esperamos a los espichados y a los que temen a las bajadas y van lento y frenado. La estadía duró más de media hora. Partimos aproximadamente a las 9h25.

9h37. Intersección (no hay señalización, en sentido La Guaira-Caracas, según la cual venimos de Trincheras y a la derecha se va a Blandin y a Catia). Poco antes de llegar allí, Manuel se espichó de nuevo. Así que en la intersección tomé hacia la derecha y tras una curva, llegué al mirador: una amplia explanada con un letrero que dice Sector Pedro García. A la izquierda del árbol central se ven una casa y una plaza con máquinas de hacer ejercicicios.


Sector Pedro García, Mirador hacia el litoral (no entiendo porqué sale tan velada la foto).
Nuevamente una prolongada estadía. Fotos, reparación de fugas, meriendas, paso de ciclistas deportivos y un carro de apoyo filmando (y filmó nuestro grupo), el estruendoso ruido de un carro, una moto locales y la música surcan el espacio.

El aeropuerto de Maiquetía se ve claramente. El mar se confunde con el cielo en el instante cósmico en que un ininterrumpido cordón de stratocumulus divide el cielo próximo y el alto cielo del litoral central. Nada de brisa. Quizas llovería: arriba, bien arriba, más nimbus, los portadores de lluvia. Pero en ese momento ¡Que me quitaran lo baila'o! Estaba extasiada de este orgánico viaje posible gracias a la bicicleta.

10h15. Salida del mirador hacia Maiquetía. Retomamos el descenso e inmediatamente un caucho espichado justo después de una gran curva fuerte donde se veía que horas antes había corrido un torrente de agua con tierra, troncos, rocas y otros pequeños objetos filosos que taladran los cauchos. La cámara de aire ("tripa", en criollo) fue reemplazada y el grupo puesto en marcha muy pronto.


El viento aún fresco, apurado en mi cara y rozando mis oidos era la única música que quería sentir. El aroma vegetal, el tunel de árboles y mi soledad son el viaje que hago. Allí, todo lo que veo es mío y, lo que siento, yo misma.

10h39. Entrada a un poblado en Maiquetía. Ya dejamos atrás los montes que nos condujeron a la costa. Dos gandolas en la curva de entrada al pueblo esperan a que descendamos todos para subir sin poner a nadie en peligro. Nos manifestaron que suben por allí debido a la altura del su vehiculo, que es superior a la del túnel de la autopista.

Entrar en un poblado comporta una percepción de lo humano con todo su peso: el cambio de colores y la saturación del paisaje; los olores de comida con la sazón local, pero también el olor terminal, lo escatológico, la cloaca. Atravesamos Montesano y La Pedrera a velocidad de cuidado, pues una delgada explayada cañada se extendía a tramos por sus calles. Evitamos levantar esas aguas hediondas mientras la gente nos miraba más por curiosidad del número y los accesorios urbanos que por ciclistas, pues se trata de una zona frecuentada por deportistas.

11h10. Parada en frente a la Plaza Bolivar. Fotos de rigor. Allí llegamos habiendo seguido la vía principal y tomando la Avenida Soublette en dirección este. Descontamos en coro los segundos en los semáforos y seguimos adelante.
 
Parece que nuestro volumen o el bullicio llamó tanto la atención que, cuando llegamos al punto de encuentro con Ana Cecilia (que llegaría en carro con refrigerios, junto a Shari), en Macuto, unos agentes de la policía local nos abordaron insistiendo en que el "Ciudadano Alcalde" les encomendó escoltarnos hasta donde fuéramos. Tal "protección" no es de nuestro agrado ni forma parte de nuestros requerimientos para circular porque somos ciclistas urbanos. El verdadero apoyo que se necesita es la creación de infraestructura que viabilice el uso de la bicicleta de forma segura, para todos, su integración con el sistema vial en su diversidad, y con el espacio público. En todo caso, como gesto de buena intención, agradecimos su iniciativa y la permitimos.

Ya estábamos en la localidad de destino, así que Nelson y yo nos quedamos en Los Golfeados de Macuto. Comimos, cada uno, un delicioso golfeado con queso, pagamos para que calentaran nuestro vianda de arroz con pollo playero que trajimos de casa y nos reencontramos con el grupo en el bulevar de Macuto en la proximidad del antiguo Hotel Miramar.

Frutas, conversas, intercambio de pasapalos, jugo de limón con papelón, música confundida (proveniente de varios flancos y de todos lados, tipo guerra de minitecas) y sol, hicieron de ésta, una tarde playera en todo su sentido. Almorcé, extendí mi pareo en la arena y, luego de leer un relato de Italo Calvino, me tendí a dormir un poco de mi larga deuda de sueño.


Rodandito en la Avenida Soublette en sentido oeste.


Llegando a Macuto.


En Macuto, policías quieren escoltarnos nos abordan con amabilidad bajo la orden de un alcalde que cree que necesitamos protección ¡Traviesos nosotros que salimos de Caracas "solitos"!

Mi humilde morada provisional.

Comer frutas en la playa es ideal.
Macuto está lleno de alertas y sus protocolos
Al despertar, luego de dos birras y una conversa, me preparé para dar unas vueltas en bici. 

15h20. Nelson y yo salimos a pasear en bici en las adyacencias. Recorrimos el bulevar, pasamos por la La Plaza de las Palomas, recorrimos varias calles. Me impresionó el cambio de temperatura de la playa al pueblo. La presencia de vegetación hacía la diferencia: sentí que refrescó significativamente, además era evidente la proximidad con la montaña, esa misma que hace casi 20 años tristemente se había deslavado, sepultando casas, enseres y mucha gente.
Entre esas rejas de madera (entrada del castillete de Reverón) me asomé.
Pude observar los vestigios de un pueblo nostálgico de su pasado glorioso lleno de un particular brillo arquitectónico. También observé el tiempo después del deslave en marcas del esfuerzo de respuesta antes eventos adversos: puntos de concentración y protocolos de alerta. 

Asomada: ¡Si, ahí hay un caballete!
Visité el castillo del célebre pintor de Macuto, Armando Reverón (que ya no está abierto al público o que no lo estaba en ese momento) pero que pude ver por entre la cerca, incluyendo un caballete. También me voltée para mirar el mar, su reflejo y el resplandor que seguro brilló imponente en la percepción particular de nuestro artista, que no solo pintaba con pupú sino que se daba a lo tridimensional haciendo muñecas y que se acompañaba con un mono.

Después de circular por aquí y allá sacando con miedo pero inevitablemente mi cámara en las calles desoladas distantes de concurrido bulevar, regresamos a unirnos al grupo. 

Eran las 16h30 y ya todos se alistaban para concentrarse en donde el bus de regreso nos encontraría.

Se trata de un bus originalmente con capacidad para más de 60 personas, pero que el Sr. Argenis Sanabria ha acondicionado para acomodar un máximo de 30 ciclistas y sus respectivos corceles. Las bicis en el vestíbulo del bus y los asientos atrás, así que uno puede viajar sentadito viendo que su bicicleta está allí, bien asegurada.
Desde la entrada del Castillete, ver sin la mirada que percibía esa luz que brillaba 
especialmente al alma de Reverón.


Valga la cuña, el señor Argenis es una persona muy amable. Con mucha candidez nos ha pedido quitar la rueda delantera a las bicis y, aunque nunca había transportado a ciclistas urbanos, se dedicó a atendernos con paciencia y asumiendo su servicio cordialmente, inventando cómo hacer para acomodar las bicis que tienen guacal. Inclusive, en la víspera había sufrido un golpe en la cara (estaba haciendo downhill) y de vez en cuando sangraba por la nariz ...



Dondequiera que voy en Macuto, imagino este diálogo de Reveron con el mono. (Adyacencia Plaza de Las Palomas).


Una arquitectura que habla del pasado.



Los muros de Macuto atestiguan juegos de antes y después.
Macuto tiene una frescura que te habla del Waraira Repano. Escuela en la proximidad de la Plaza de Las Palomas.

 
...debido al esfuerzo de levantar y manipular las bicicletas...y aún nos sonreía y comentaba con jocosidad sobre su aporreada nariz. El proceso de instalación en el bus duró poco más de una hora y el regreso fue fluido, sin embotellamientos, sin lluvia y con ánimos y satisfacciones.




Fuente cercada frente al antiguo Hotel Miramar.


Todavía no sé qué edificio era, pero aún es bello.
El Sr. Argenis Sanabria dando los toques finales antes de arrancar.

18h03. Arrancamos en el Bicibus con destino a Caracas. 

La tertulia de la playa continuó en el bus. En lugar del rugir del mar, estaba la vibración del bus en subida, ese gemido hipnótico que aletarga el atardecer. Creo que todos estábamos en la frecuencia del cansancio satisfactorio donde el sueño se confunde con la paz, estado que el paso por el túnel interrumpió con luces y ruido intensivo, pero, al salir, el día continuaba apagándose serena, dulce y lentamente.

18h58. Llegué atontada a la Plaza Oleary, pero infinitamente satisfecha de este viaje. Lo repetiría, lo repetiría, lo repetiría. Estuvo bien organizado (mérito de Biciaventuras) hubo muy buen ánimo (mérito de todos, fortuna de todos), eso que llaman buena vibra; estuvo sabroso, una actitud muy positiva y cohesionada bajo un perfecto cielo azul. Fué un grupo compacto y pedaleante, que celebra la vida. Era así como quería un viaje de Caracas a la costa y así fué el viaje de casa a Macuto...y de Macuto a la casa: ¡a pedalear!


Resolví una buena arepa, una buena ducha y chupulún, a dormir.