lunes, 4 de marzo de 2019

Margarita 2018-19 (y VII): De prisa en tierra firme.


Cuando ví la costa de Puerto La Cruz, sentí el alivio y el significado que para muchos viajeros marinos tuvo alguna vez la noción de "tierra firme". Sentí alegría, sentí que estaba acercándome a mi casa y que llegaría al hogar muy pronto, pero aún estaba a mucho más de 300 kilómetros.

Puerto La Cruz resplandece al alba. Ya amaneció y aún yo floto en puerto.

Si seguro antes lo dije, debo repetir entonces que en bicicleta se recorren más o menos 100 kilómetros diarios. Eso, condicionado a muchos factores: la topografía, que con planos inclinados ralentiza o incrementa la velocidad de desplazamiento; el sol y la lluvia, que pone al límite las capacidades humanas, mecánicas y físico-quimicas; el cansancio, que disminuye el rendimiento; la cualidad de la vialidad/del tránsito, con huecos, estrecha o muy sucia (origen de muchas perforaciones de los cauchos); y la intensidad y orientación del viento respecto a la orientación del desplazamiento: ciertamente es más fácil y expedito desplazarse teniendo una brisa intensa que te empuja desde atrás.
Todo el recorrido de regreso en tierra firme
Recorrido de regreso en términos de altitud msnm.
Esos cien kilómetros diarios, que pueden ser menos o que pueden ser apenas un poco más, implican un recorrido aproximado de 10 a 15 kilómetros por hora, dependiendo de lo que dije arriba. Esto significa que, si se quiere avanzar esa distancia, debe pedalearse con mucho, unas diez horas, sin incluir el tiempo de descanso y alimentación.

Así que en esta ocasión, un solo día no bastaría para llegar a casa, al menos serían cuatro jornadas de éstas, coronándolas con un ascenso topográfico a la capital de destino en el momento en que estaríamos más cansados.

Habíamos llegado a puerto de tierra firme en horas de la madrugada, pero el Capitán del barco, con quien habló Nelson para solicitar su apoyo, nos invitó a quedarnos y alertó sobre no salir a circular en bicicleta a esas horas. Dormimos y al alba nos preparamos para salir. El jefe de seguridad dormía, pero preferimos alistarnos con anticipación, lo cual fué propicio, ya que Nelson comenzó a sentirse mal. Parecía haber consumido algo que le produjera malestar estomacal.

Una vez sacado nuestro equipaje y bicicletas de esa ruidosa plataforma vibrante, me percaté que tenía un caucho espichado. Caray, lo sentí como un mal presagio, tonterías que me pasan por la mente cuando tengo prisa. Era domingo y mis vacaciones se acababan ese mismo día. El lunes siguiente mis alumnos me esperaban a las diez de la mañana. Sólo a través de un agujero de gusano podría lograrlo en bicicleta hasta Caracas.

Resignada a no poder llegar a tiempo a trabajar, me mentalicé para perder un par de días de trabajo. Si iba a llegar, quizas con la ayuda del letrero que llevábamos, podríamos conseguir un buen aventón hasta Caracas o que al menos acortara la distancia. Generalmente lo que uno recorre en bicicleta en un día entero se recorre en vehículo automotor en una hora.

Reparamos la perforación allí mismo en el terminal portuario, frente a un kiosko de comida, adonde llegaron sus dueños con una niña que barría y fregaba el suelo con un coleto muy curtido. Nosotros, por nuestra parte, reparamos como siempre: yo coloco el parche y Nelson instala la cámara de aire (llamada tripa en Venezuela) de repuesto. Detectar el punto de fuga no fue fácil, era un hueco muy pequeño y no teníamos suficiente agua para sumergirla y ver el burbujeo. En varias ocasiones la detectaba y luego la perdía de vista. Era minúscula, tuve que hacer la perforación un poco más grande con mi zarcillo para tener claro dónde iba a actuar. Lije la zona y coloqué el parche más calculando el objetivo que estando segura de dónde estaba el hueco. Funcionó.

Salimos a buscar dónde comer y qué comer. Parte de la comida que preparamos el día anterior se había avinagrado en el caliente viaje sobre el mar. Hicimos un pequeño recorrido por el Paseo Colón. Llegamos al hotel intercontinental local para utilizar el baño y recargar con agua nuestras botellas, no sin antes explorar el pasillo de empanadas de la entrada del terminal portuario, pero los precios y las posibilidades no coincidieron. Nos quedamos con las ganas y seguíamos con mucha hambre.

Recordé que teníamos muchas arepas y solo había que comprar queso. Después de usar el baño, lavarnos las manos y recargar botellas, nos fuimos a una panadería que tenía mesas en el frente. Compramos una bandeja de pedazos de queso y jamón de distintos tipos y rellenamos las arepas. Comimos algo que en días no comíamos, un alivio, pues ya estábamos un poco cansados de comer arroz con lentejas y croquetas de lentejas.

Como siempre, mientras desayunábamos, la gente se acercó a preguntar por los dueños de las bicicletas estacionadas y por sus andanzas. Al terminar, salimos ya pedaleando para abandonar la localidad, con dirección a Caracas. Sorteábamos los carros en el tránsito lento que se acumulaba en la vía paralela al bulevar, a orillas de la bahía azul desde donde seguro se veía la ciudad extendida y levantándose edificada hacia el cielo, imitando las montañas que le custodian por detrás. Me maravillaba este color azul que destellaba el agua del mar y se matizaba con tonos más oscuros por variaciones en la profundidad. Me intrigaba ese peñon enorme entre las aguas frente a un gran muñeco personificando a un pirata, además de la consabida cruz que confirma que se está en la capital del municipio Sotillo.

Rodábamos portando en la cola de la bicicleta los carteles que nosotros pretendíamos que nos ayudarían a conseguir una cola (aventón) a/hacia Caracas. En lugar de ello, conseguíamos arengas de la gente para animarnos a pedalear, conseguiamos ser fotografiados, conseguíamos ser desafiados por el asombro y la incredulidad de que llegaríamos finalmente. Pasamos por la localidad de Lecherías, cuya experiencia me produjo sentimientos encontrados: un interesante paisaje litoral con urbanizaciones marinas, organizadas en casas con estacionamientos para embarcaciones, es decir, cuyos habitantes, para ir al centro comercial, se desplazan en su bote, a la vez que, mientras pedaleábamos en la calzada, nos avasallaba la violencia con que los conductores de automóviles nos trataban, nos pasaban por un lado casi al ras, aun cuando tenían otro canal vacío a su izquierda. Yo quería pedalear rápido y salir de allí, pero veía a Nelson un poco desfallecido. Por fortuna el viento soplaba a favor y nos empujaba a donde queríamos ir. Y justo queriamos llegar a algún lugar donde vendieran agua de coco.

Desistimos de la idea de consumir esta bebida, muy a pesar de la deshidratación que Nelson seguro padecía. El precio demandado era grosero. Me preocupaba la pérdida de fuerza de Nelson, poseedor habitual de una vitalidad y rendimiento envidiable. Creo que su malestar era originado por la pérdida de su flora intestinal, pues me recordaba a las reacciones que yo tenia con ciertos alimentos en un viaje. 

En fin, teníamos que continuar y racionar el dinero restante. No sabíamos cuánto demoraríamos en llegar a casa y poseíamos aún muchos alimentos para cocinar, pero mayormente carbohidratos. Así que continuamos nuestro recorrido esperanzados en la eficacia del letrero.

El viento nos favorecía y llegamos a Barcelona. Las arengas, fotos y gritos de asombro llegaban permanentemente a nuestros oidos especialmente de quienes iban en sus carros. Yo los miraba de vez en cuando y les hacía el gesto de que nos llevaran, pero muchos lo entendían como un saludo o una señal de que todo está okey. La inclinación del terreno era favorable y, junto al viento, yo alcancé a disfrutar de un desplazamiento bastante rápido inclusive con plato grande y piñón pequeño, pero ya era mediodía y el sol comenzaba a secar mis energías. De repente, en una esquina, una persona muy delgada nos hacía señas, con ambos brazos, de bajar la velocidad. Pude apenas escuchar "...ieroo colaborar con ustedes! Pa...".

Yo iba adelante y llevaba una velocidad superior a la que en promedio llevamos en el viaje, pero como estaba atenta a Nelson, y lo miraba con frecuencia, me dí cuenta que el sujeto que se movía enérgicamente estaba conversando con Nelson, ya detenido.  Me devolví los más de cien metros de distancia que llevaba de ventaja y Bryan me recibió con una sonrisa y una botella de agua mineral de un litro y medio, mientras decía: "venía en mi carro y los ví con sus letreros, así que los pasé rápido para detenerme aquí a comprar algo para colaborar con ustedes". Nelson ya tenía su respectiva agua mineral.

Nos quitamos las protecciones de la cara (viajamos con un protector de tela tubular que cubre cuello y rostro incluyendo la nariz) ademas de quitarnos los sombreros y lentes de sol. Saludamos su generosidad y respondimos a sus preguntas sobre nuestra aventura. Lo sentí un poco tímido con respecto a preguntar mucho, entonces lo invité a que nos sentáramos a las mesitas que estaban fuera de la panadería. Aproveché para entrar a comprarme un café negro. Sí, ya había readquirido la dependencia a la cafeina que me costó tanto superar. Fué un placer.

Mientras conversábamos, Nelson palidecía. Al parecer, tenía cólicos y había que buscar un lugar donde él se sintiera cómodo y se recuperara. Todo café posible le sería negado...y era todo para mí.

Bryan nos invitó a su casa, que quedaba a apenas doscientos metros de allí. Fue algo muy oportuno. Preparamos un coctel electrolítico para la hidratación y empezó a consumirlo como parte de su bebida de marcha. Cuando recuperó el color de la cara, y habíamos ya agotado la euforia del encuentro con nuestro cortés entrevistador, nos despedimos.

Era ya pasado el mediodía y yo oscilaba entre la desesperación y la resignación. En menos de 24 horas yo debía estar dando el bonne année ("Feliz año") a mis estudiantes de segundo nivel en la Alliance Française. Aunque ya les había advertido que quizás llegaría con dos días de retraso, acostumbro a trabajar cuando me corresponde para no tener que hacer malabarismos con el tiempo y los contenidos.

Nos tomamos una foto con nuestro anfitrión y partimos tras sus indicaciones de itinerario vial para continuar nuestra salida de la localidad. Grosso modo, había que seguir la señalización vial. Luego de pasar por una zona urbana bastante pintoresca, tomar varias veces hacia la derecha y luego una autopista amplia hacia la izquierda, trabajo estresante y un poco desorientado, bordeamos un cementerio en una vía árida, para llegar al Peaje Los Potocos a las 13:30. 
Quise una foto sobre la bici. Cortesía de Bryan.

Por fin una sombra después esa rodada tan inclemente con el calor y una radiación solar perpendicular; el astro rey hacía que nuestra impresión visual del entorno fuera en alto contraste:  una mirada febril de la vía que intermitentemente compartíamos con algún ciclista local manejando en contrasentido por el muy estrecho hombrillo.

A pedal los 49 Km desde Puerto La Cruz hasta Peaje Los Potocos
En el peaje hablé con el Guardia Nacional a cargo, le conté que buscábamos algún tipo de camioneta donde montar nuestras bicicletas para acelerar nuestra llegada a Caracas. Él se mostró muy colaborador pero nos pidió que le dieramos el tiempo para almorzar. Buscamos algo para comer, pero descubrí otra comida que había olvidado tener: la soya que había guisado en la víspera también se había puesto agria. No corro el riesgo de comer esas cosas porque no podía darme el lujo de enfermarme. Mientras tanto, que veíamos que el oficial no se disponía a comer sino que caminaba de un lado a otro sin parar, y que pasaban vehiculos con vocación para darnos el aventón esperado, empezamos a hablar sobre el tiempo máximo que estaríamos esperando allí la bondad de algún conductor. Una vez llegada la hora límite, o arrancaríamos a rodar o solicitaríamos allí mismo permiso para instalarnos y pasar la noche.

Si, nuestra política de seguridad es no pedalear de noche. No tanto por evitar malandros, sino porque también somos conductores de vehículos automotores y sabemos que la visiblidad de un ciclista en una autopista sin iluminación es casi nula. Aunque poseamos luces y equipos que pretenden hacerte visible, preferimos evitar esta tensión. Es solo para casos extraordinarios. Igual pasa con las lluvias: podríamos rodar bajo la lluvia fuerte, pero no es justamente lo ideal, aunque una llovizna puede ser muy refrescante en algunas ocasiones.

Siempre luego del mediodía comenzamos a calcular las distancias y a prever el sitio de pernocta. La seguridad ante todo. Había pasado una hora y media y teníamos hambre. El oficial con el que hablé nos preguntó si nos gustaba la patilla (sandía, en otros paises). Se marchó y llegó con sendos pedazos para cada uno. Nos lavamos las manos y comimos con gusto. Yo comí también toda la parte blanca, apenas dejé la cáscara ya fina. Fué como brisa fresca.

Seguimos esperando pero no veíamos que la gestión de guardia fuera eficaz en su colaboración a nuestros propósitos. Frente a nuestros ojos pasaban el tiempo, las camionetas y los camiones sin solución a nuestro favor. En una ocasión hice señas a un camionero y se detuvo. Era un camión tipo cava que llevaba la puerta trasera abierta. Corrí para acercarme y le dije "hasta Caracas o en el camino"; le dije que llevábamos bicicletas y buscábamos un empujón y me mostró una mano donde llevaba billetes. Me dijo que cobraban y yo lo rechacé de plano. Ni siquiera le pregunté cuánto cobraban. Me arrepentí cuando ya iba lejos. Quizás no era mucho lo que pedían.

Ya pasadas las 15:30 hablamos con el guardia y le preguntamos dónde nos permitía pararnos para pedir el traslado. Nos indicó que a la derecha de donde están apostados los oficiales. Allí fuimos, desarmamos las alforjas y, en menos de 15 minutos, una camioneta de doble cabina, con espacio de carga bastante restringido, se detuvo y saltaron un niño de unos 12 años y un señor a ayudarnos a embarcarnos. Nos agarramos como pudimos para vencer la inercia sin salir volando a la gran velocidad que tomó este vehículo. Tuve que quitarme los lentes de sol, porque se movían con el viento y temí que volaran sin remedio para quedarse en Anzoátegui. En ese viaje dejábamos atrás una vialidad sumamente gris, árida y sin vegetación, un área de influencia de 47.000 hectáreas en torno al Complejo Criogénico José Antonio Anzoátegui. Vimos la planta con su cerros de algun material negro apilado al cielo abierto. Imagino que esa sustancia espolvorea todo pueblo cercano hacia donde sople el viento.

Ya eran las 15:35. En menos de 15 minutos llegamos a El Tejar (Píritu), en una estación de servicio de gasolina al borde de una alcabala. El sol brillaba de tal forma que los árboles se veían negros mientras que la carretera resplandecía. Cualquier elemento blanco o metálico relucía, además de que el asfalto, por alguna razón que desconozco, tenía la apariencia de poseer escarcha apenas opacada por la tierra que se acumulaba a los costados.

Nos bajamos y desembarcábamos todo mientras nos preguntaban por el viaje que hacíamos y les dábamos las gracias. Había una panadería y decidimos buscar queso y pan. Yo entré a la tienda mientras Nelson hablaba con los oficiales. Le informaron que ellos dejarían de prestar servicio a las 18:00 y que no había en las inmediaciones lugar oficial alguno (Bomberos, Policía, Ejercito o Protección Civil) donde pudieramos pasar la noche. Nos recomendaron buscar los bomberos que estaban en Puerto Píritu (en dirección contraria) o seguir nuestro camino hasta una alcabala "a menos de tres kilómetros". Supuestamente esa alcabala trabaja durante toda la noche. Remarcaron que en lo que a ellos se refiere, cuando llega la hora, todos se marchan a sus casas.

Con estas impresiones, al terminar de comer, yo, empeñada en conseguir un aventón que nos acercara a Caracas, propuse que siguiéramos el recorrido hasta la próxima alcabala. Cuando comenzamos a rodar, noté que había mucha arena en lo más próximo y traté de pasarle por un lado, pero no había manera de esquivarla por completo. A menos de cien metros conseguimos una caseta policial donde nos dieron la misma información. Mientras Nelson entraba a preguntar si nos daban un espacio para pasar la noche yo pedía en empujón a los camioneros que pasaban. Nada nuevo, así que me dije "Rodemos, ni modo".

Superamos una inclinación de la carretera, una pequeña pendiente. Ya se había terminado la subida y yo seguía sintiendo que debía hacer mucho esfuerzo para avanzar. Por la estrecha calzada sin hombrillo, amurallada por paja muy tupida y alta, pasaban camionetas, gandolas y camiones a muy alta velocidad. Era una carretera sencilla, de tan solo dos canales (vía este y vía oeste), así que no quise detenerme a verificar que los cauchos de mi bici hubieran perdido presión. Así peligraba mi vida. Pedaleando con dificultad llegué hasta el kiosko de artesanía más próximo. Allí se hacía un espacio suficientemente amplio para acostar la bici y desembarazarla del caucho desinflado. Sentía una inmensa frustración porque solo quería llegar a casa.

En nuestro afán de arreglar el espiche (punción de la cámara de aire), llegó un señor muy colaborador. Nos dijo que él vivía en la casa que bordea la vía y que podía traer un bote lleno de agua para facilitar la detección de la fuga. Bajó a su casa y regreso con el bote de plástico blanco prometido y se consagró a colocar los parches. No eran fáciles de detectar. Eran fugas muy pequeñas, tan mínimas que dentro del agua las veíamos hacer burbujas pequeñas y luego desaparecían a la vista al aire, así que decidimos hacerles una perforación más grande dentro del agua al tiempo que veíamos cómo brotaba el aire.

Parchamos un hueco, revisamos el interior del caucho a ver si quedaban alambres. Luego, revisábamos a ver si quedaban fugas y parecía que no. Yo moría de frustración. Montamos la tripa, el caucho y al tratar de llenar, perdía presión. Debia haber otro hueco. Mismo caso. Otro parche por otro hueco. Misma operación. Nuevo caso de falta de presión hasta que detectamos y parchamos seis perforaciones. Los primeros dos huecos detectados aumentaron mi frustración, pero los cuatro siguientes hacían que mi resignación y contricción escalaran. Sentí que era una señal de que debía quedarme tranquila y no forzar las cosas, no insistir. Debía dejarme llevar.

Al terminar de parchar ya la tarde era de una claridad serena y el clima refrescaba. Ya no habían sombras, seguro quedaban pocas horas de luz. Mi teléfono estaba descargado, pero seguro eran las cinco de la tarde. El domingo se terminaba y preguntamos a este servicial señor dónde nos recomendaba pasar la noche. Nos invitó a su casa.

Descendimos por un sendero pedregoso y lleno de protuberantes raíces de árboles desérticos para llegar a una casa ubicada en el tope de una colina. La calle donde circulábamos Nelson y yo queda en la parte más alta de Píritu. Hector, nuestro nuevo anfitrión, se preocupó por bajar gran parte de nuestro equipaje. No fué fácil porque era un descenso entre árboles y rocas pero al menos el trecho era corto. Nosotros cargamos las bicicletas. Solo bordeamos la casa para llegar a la entrada, cuyo portal frontal era la fachada al centro del pueblo.

La puerta de ciclón giró con un leve sonido metálico que pareció un silbido en un bosque. En efecto, estábamos bajo el amparo de muchos árboles y ya a esa hora se escuchaban algunas aves trinar. Entré y dejé la bicicleta apoyada donde no fuera a caerse y luego me dediqué a ver dónde estaba el perro de la casa y su comportamiento. Temo a los perros de una forma irracional, pero cuando estoy cerca de su dueño siento que hay una tregua que me permite observar si es agresivo, y calmarme. Resultó ser muy cariñoso. Ya no recuerdo si más bien era cariñosa. Esto no es mi especialidad.

Me dispuse a tomar los equipos para colocarlos en donde no estorbaran y que a la vez estuvieran seguros, entonces me dí cuenta de que estaba entrando en una bella casa campestre. Entrar allí implicaba subir unas escaleras entre arboles, helechos y un jardin conservado por una persona que ama la botánica. Y al subir uno, estando fuera de la casa aún, se refugia bajo techo en una terraza amplia con un comedor, una hamaca y un espacio con sillas para conversar al arrullo de los árboles. Los veloces camiones que pasaban en la calle, arriba, se podían asociar con un oleaje que se estrella en un acantilado y cuyo rugido se extingue suave sin adiós.

Estábamos cansados y nos sentamos a conversar. Me ardían los ojos, la luz de la costa resplandecía en mi interior aún al caer el día. Los seis espiches de la bicicleta me dispusieron a saborear todo. Mi actitud de terminar el viaje cuando toqué tierra firme era irreal: el retorno también es viaje. Me correspondía asumir el dictamen de carpe diem.

Hector nos contó que con frecuencia ocurren accidentes en esa calle y que, incluso, en varias ocasiones ellos alojan a las personas involucradas. Mientras hablábamos llegó Nubia, su esposa. Ambos demostraron el esplendor de la hospitalidad de la que uno goza cuando viaja en bicicleta. Nos hablaron de sus hijos, que ya están grandes y tienen hijos, parte de ellos viviendo en el extranjero, salvo la más pequeña, de doce años, aún compartiendo techo.

¡Hector es ciclista deportivo! Nos comentó que quiere hacer un viaje como el nuestro, con su hija. Nosotros le animamos a hacerlo. Nos contó que ha ido corriendo hasta poblaciones vecinas que no están muy próximas que digamos. Aprendí que Píritu y Puerto Píritu son dos pueblos contiguos y pequeños, pero distintos, con municipalidades diversas. Cada uno tiene su alcalde. Puerto Píritu bordea el mar, caso contrario de Píritu, donde nos encontrábamos. Ya al momento me era dificil imaginar estas diferencias y no me figuraba explorar ya nada. La noche se hizo y, aunque era muy fresca su brisa, yo sentía que la oscuridad era una muralla que me separaba del mundo, lo cual es una idea que consolidó mi enorme fatiga.

Para pasar la noche nos ofrecieron un cuarto con aire acondicionado. Nos indicaron donde está el baño y nos cocinaron una cena para campeones: arepas y huevo frito, a lo que nosotros contribuimos con queso y jamon endiablado. Bañarnos y cenar, en ese orden, nos hizo felices. El prospecto de día que se ofrecía horas antes no era tan bueno como el de esta realidad. Conversábamos un poco en la cena, pero ellos veían un juego de béisbol, que comentaban y atendían con agudeza. Eran fanaticos, lo son. Yo quise lavar los platos, pero no me permitieron colaborar. Yo me dejé consentir. Entre mi cansancio y el espectáculo deportivo, tenía el salvoconducto al cuarto. Una vez allí, antes de dormir, me enteré que Victor y Julio habían llegado a Caracas dos días atrás (viernes).

Siempre me preocupan las bicicletas al momento de dormir. Las cambiamos de lugar y nos desplomamos. En algún momento de la noche temprana, el aire acondicionado no funcionó y, en medio del estado febril del agotamiento somnoliento, resolvimos apagarlo y abrir las ventajas. La noche era tan fresca y aromática que agradecí esa falla de funcionamiento.

Descansamos bien. Al despertar hicimos mas comida que la necesaria para el desayuno, para poder llevar. Hector se despidió y nos dijo que su casa está a la orden para nosotros y para cualquier otro ciclista viajero que quiera pasar por allí. Nubia nos procuro café y conversación, y entonces conocimos a la pequeña Clara, que llegó a unírsenos. También es aficionada a la bicicleta.

Nos despedimos varias veces, porque despues de decirnos hasta luego, nos ayudaron a bajar equipos y bicicletas por las escaleras que desembocan en la calle de abajo. Allí se abrío un mundo diferente ¡Qué pueblo tan bonito! Preguntamos por el lugar donde estaba Hector para ir a despedirnos y salimos pedaleando después de acondicionar bien las alforjas y verificar la presión de aire de los cauchos. Estábamos rodeados de adolescentes curiosos de bicicletas tan cargadas.

Alcanzamos a Hector en su lugar de trabajo, lo saludamos, tomamos la foto en grupo y le expresamos nuestro más sincero agradecimiento. Nos indicó la ruta y salimos de Píritu hacia el oeste por toda la vía principal. Pudimos ver un conjunto de fachadas coloniales (o republicanas) muy bien conservadas, con intervenciones actuales de comercio o de propaganda política. Llegamos a la plaza, donde me detuve a tomar fotos a la sombra de muchos árboles. La luz era bella y acogedora, lo que hacia del entorno un lugar donde los colores estallan con su particular propuesta cromática.
Plaza Bolívar de Píritu.

Plaza Bolívar, desde la sombra.
Atravesamos el arco y subimos a la autopista. Eran las 9:15. Hablamos en una alcabala de la policía, más adelante, a las 9:20. Allí no nos podrían apoyar para conseguir cola. Decidimos rodar hasta Clarines. Partimos a las 9:20 y Nelson ya tenía el sistema digestivo aparentemente recuperado. El consumo de quesos quizas le había corregido el defecto de la flora intestinal. Aparentemente el problema fue que la dosis de cloro que colocábamos al agua para potabilizarla era correcta, pero en una ocasión Nelsón olvidó que ya la había aplicado y volvió a hacerlo; al consumirla de nuevo, operó una masacre de la beneficiosa presencia de bacterias que ayudan a procesar los alimentos. Este problema se soluciona con una medicina llamada Liolactil o con el consumo de yogurt. Esta duplicación de cloro yo la había consumido tiempo atrás con las mismas consecuencias: apenas comía, evacuaba, lo cual me debilitó mucho y temía comer cualquier cosa. El remedio era tan fácil que me pareció increible. Ahora él se veía enérgico, pero aún mostraba reticencia a consumir cualquier alimento.

Conseguimos la parada de policías que supuestamente hacía guardias de 24 horas, estaba ubicada al final de la robusta autopista que venía desde Barcelona. Allí terminaba y continuaba, a un desvío, la exigua carretera de dos canales, respectivamente hacia el este y oeste. Un mismísimo embudo. En ese puesto de control proyectábamos conseguir una cola en dirección a Caracas, pero era un espacio nada relevante, de hecho, poseía un aspecto tan rural y humilde que no tenía apariencia de nada oficial y, por contrario, aparentaba ser una casita más del borde la carretera desde donde los árboles frutales seguro dotaban de alimentos a sus habitantes; nada oficial, a no ser algunas piezas: los estáticos conos anaranjados fluorescentes al medio y a ambos costados de la vía, los letreros amarillos de letras negras que anuncian el topónimo oficial, también estáticos, y los móviles sujetos uniformados de policía nacional.

Allí pedimos apoyo para conseguir un empujón hacia Caracas. Como en cualquiera de las ocasiones anteriores, hicimos uso de nuestra honestidad para ello. Les contamos que somos cicloviajeros y que hicimos un viaje a Margarita, así, en bicicleta. Todo quien nos escucha abre los ojos en señal de incredulidad o sorpresa. También les dijimos que tuvimos dificultad para conseguir los boletos para regresar a Puerto La Cruz, lo cual nos impidió avanzar a tiempo para regresar, y que ahora ya yo estaba en retraso para llegar al trabajo. La entrevista fué la misma que en las ocasiones anteriores:

-- ¿Y por qué viajan así, en bicicleta, ustedes son deportistas?
-- No, sólo somos ciclistas. Nos gusta andar en bicicleta.
-- Ah, pero debe ser por el problema de transporte. No consiguieron boletos para ir en bus o en avión.
-- No, nosotros queríamos hacer este viaje en bicicleta. Nos gusta pedalear e ir conociendo los lugares por donde pasamos.
-- ¡Ah, pero ustedes lo que están es locos!

Nosotros los acompañamos riendo de eso. Pero insistimos en solicitar su ayuda. En realidad la afluencia de vehículos ideales para darnos apoyo era muy baja. Decidimos seguir adelante.

Rodamos hasta Clarines. Ello nos tomó una hora. El viento nuevamente nos favoreció. El sol brillaba e íbamos cubiertos para protegernos cara, ojos, brazos y cabeza. Nuestros zapatos blancos destellaban con los giros del pedaleo de relación larga. El camino era despejado y se veían los campos donde se erigían frutales aquí y allá sobre un terreno bajo y plano, se veían las entradas a las granjas y pasto por doquier, también ganado. Los carros pasaban a alta velocidad y sus pasajeros nos gritaban palabras de aliento, sobre todo en inglés. De hecho, entre Pueblo Nuevo y Santa Clara escuchamos una voz masculina agitada, como corriendo, que venía de una casa como a 30 metros de la carretera, a nuestra izquierda: "Hello!...How are you?" Yo sonreí mientras pedaleaba a plato grande y piñon pequeño disfrutando la velocidad y el viento de cola en esa mañana fresca. Y continuó: "...heeeeey!". Rompí en carcajadas reflexionando sobre lo exótico que es un viajero en bicicleta y, por otro lado, sobre lo sorprendente que puede ser que sea justamente un venezolano en sus propias tierras.

De vez en cuando miraba la ubicación de Nelson. Veníamos a buena distancia uno del otro. No podía ver su expresión porque teníamos la cara cubierta y parecíamos espantapájaros. Pasamos frente a una enorme venta de quesos, casi podría decir que era la venta de quesos más grande de esa zona. Quería detenerme, amo el queso. Pero amaba este impulso que llevábamos. A las 10:25, estando ya a 80 kilómetros de Puerto La Cruz, llegamos a Clarines.

En las adyacencias veíamos, desde un nivel superior de la topografía, a un pueblo nutrido, pero no había tiempo de entrar en su espesor, sino de pasarlo tangencialmente.

Llegamos cargados de energía, adrenalina y esperanza, directo al oficial que está en la vía de control. Era una Alcabala de la Guardia Nacional por donde habíamos pasado antes en un camión desde San Juan de Unare. Llegamos a hablar con el que estaba verificando del lado de la vía hacia el oeste, pero curioso se acercó un segundo oficial. Nelson se encargó de pedir el apoyo. Esta vez hizo una variación en el discurso: directamente les dijo que nosotros andábamos cumpliendo un promesa a la Virgen del Valle (Patrona de la Isla de Margarita), que nos habíamos ido en bicicleta y que necesitábamos llegar a Caracas porque yo debía ir a trabajar, cosa que había sido retrasada por la dificultad de conseguir pasaje de retorno a Puerto La Cruz. Sin que esta vez mediara mucha explicación ni juicios psiquiátricos, nos dijeron que seguro conseguirían tal apoyo.

Tal como nos indicaron, nos sentamos del otro lado de la calle, a esperar. Como siempre, hicimos nuestros planes alternativos mientras almorzábamos lo que Nelson se negaba al principio a comer y, al cabo de tan solo 15 minutos nos llamaron los guardias nacionales diciendo "¡Hasta Guarenas!". Nosotros entornamos los ojos y corrimos hasta el lugar donde estaba el camión moviéndonos para desarmar las alforjas, pero los jóvenes guardias cargaron las bicicletas con todo encima, las metieron completas y hasta casi nos cargan con ellas encima y nos meten al camión. Les dábamos las gracias una y otra vez ¡El viaje avanzaba hasta casa!


Mi vista desde el piso del camión.
Eran las 11:40 de la mañana. Yo saqué el aislante y me senté arrecostada a la pared lateral del camión, que llevaba la puerta abierta todo el viaje. Tenía ganas de escribir o de leer para aprovechar el tiempo, pero no podía hacer gran cosa.  El conductor iba tan rápido que el mal estado de la calle, junto a los reductores de velocidad, convertían este espacio del vehículo en un aparato agitador vibrador ideal para hacer separar componentes de alguna substancia orgánica en un laboratorio científico. También sufrimos sorpresivas sacudidas violentas que nos hacían saltar más de diez centímetros de la superficie. En algunas ocasiones miraba el teléfono y escribía mensajes a los companeros ciclistas que comenzaron el viaje con nosotros.


Recorrido del camión que nos llevó de Clarines a Guarenas.
El ruido del camión nos impedía hablar. En algún momento Nelson se puso de pie y comenzó a sacar cosas de su alforja, tal como un científico loco busca alguna sustancia. Caminaba sosteniéndose de las columnas de metal y, con la imagen vibrante, me dí cuenta que estaba guindando su hamaca. Cuando el camión se detenía, yo escribía la bitácora y adelantaba los relatos en mi libreta; cuando era estable el movimiento del camión, yo escribía mensajes de texto, a veces miraba hacia afuera. 
Nelson si logró dormir o al menos descansar

En ocasiones, el sueño me tomaba, quizás el monóxido de carbono hacía de las suyas. De repente, un gran reductor de velocidad nos hizo saltar tan fuerte y repentimanente que la hamaca de Nelson, de comprobada calidad, se vino hacia mí con carga incluida, y golpeó fuertemente mi nariz. Sentí mucho dolor y estuve aturdida mucho rato sin poder responder sino a la sujeción a la columna del camión. Por fortuna, ninguna humedad proveniente de la nariz anunció que estaba rota. Me dolió la cabeza y me aparté de la zona de riesgo. Tenia que mantener la espalda encorvada para evitar la secuencia de golpes en las vértebras de la columna hasta las cervicales. Así pasaron mas de tres horas.

Llegamos a Guarenas tras repasar en retroceso todo lo pedaleado: San Juan de Unare - Sabana de Uchire - Boca de Uchire - Playa Pintada - Cúpira, con su casabe y plátanos - Rio Chico, a las 13:40 - Las Lapas, donde habíamos comido las hallacas el primer día del viaje a la misma hora que hoy pasábamos del otro lado. Pasamos el Tunel de Caucagua, donde hay una publicidad que es un zapato gigantesco, luego una zona de venta de chicharrón. Muy pronto todo se hizo ciudad, todo se hizo familiar y llegamos a Guarenas, en las adyacencias de Nueva Casarapa, justo al lado del vecindario donde vive Venus, una hija de Nelson.
El camión donde viajamos, ya descargado.

Recorrido de mas de 35 km en ascenso.
Pasadas las 15:00 era ya tarde para comenzar el ascenso a Caracas. Tan solo eran unos 40 kilómetros hasta el punto más alto, pero estábamos a 324 msnm y necesitábamos ascender a 1045 msnm, un total de 923 metros de ascenso bajo el sol, cansados y con carga. Agradecíamos el atajo automotor, pero estábamos maltratados por esas condiciones.

Supe que Victor y Julio habían pedaleado todo el viaje de ida y regreso hasta Puerto La Cruz, pero que cuando llegaron a Guatire, aprovecharon el tránsito diario de un familiar desde el
La inclinación a superar para llegar a casa.
Centro Comercial Buenaventura a Caracas en su camioneta. Con él se fueron todos: Victor, Julio, los perros y las bicis.  Ya era tarde para comenzar a hacer esa pesquisa y ya habíamos tenido bastante suerte por el momento.

Visitamos a Venus, le deseamos el feliz año, compartimos nuestras anécdotas, recibimos regalos, nos alimentaron con comida típica decembrina y nos consintieron en todo. Tuvimos mucho gusto con esta visita. Lo decembrino de las visitas familiares no aventureras lo tuvimos esa tarde, condensado.

La proximidad a Caracas me aliviaba y ducharme cuidadosamente fue una sesión terapéutica casi hipnótica que con el particular ambiente resonante de la sala de baño me hizo trasladarme a un momento extraño de la víspera: una vez fuera de la embarcación, como creíamos haber perdido nuestros sombreros en el viaje de ferri, yo decidí regresar al barco, sola. Iba caminando con relativa lentitud a juzgar por las largas distancias que suelen separar naves, edificios y puertos tan voluminosos. Yo miraba el ferri, blanco y enorme en su soledad mientras escudriñaba con esfuerzo miope la presencia de algún tripulante despierto. Nadie. Nada. El barco se balanceaba con parsimonia, yo ya podía sentirlo cuando puse mi mano en la puerta de accceso. La plataforma sobre la que yo estaba de pie era la rampa que comunicaba el muelle con este barco transbordador. Grité un hola que se perdió en la ruidosa vibración de la maquinaria encendida. Hice girar los goznes de la puerta y, atrevida, entré sin permiso. Me sentía pequeña en una inmensidad robótica que podía estar vigilándome. Estaba resuelta a conseguir los sombreros y, para no sentir que allanaba un espacio ajeno, seguía gritando holas segura de no ser escuchada.

Repasé todos los espacios recorridos por nosotros, miré cada rincón donde a patadas pudieran haberse reducido nuestros accesorios, sin remedio. Me entretuve un momento inclusive reconociendo un espacio que en la víspera habia recorrido a oscuras, y conocí otros. Recordé que el vigilante nos había dicho que el propósito era fondear ese día. Ello consiste en separar del muelle y anclar a cierta distancia cerca, pero separado del puerto. Me dieron ganas de ir al baño y fuí, con el temor de que, por ser desconocida mi presencia fueran a fondear y yo no me hubiera dado cuenta. Cualquier separación del barco con el muelle, que fuera a interrumpir la continuidad, generaría un problemón. Nadie sabía que yo estaba allí.

No conseguí los sombreros y podía apreciar que ya el barco estaba más limpio, que alguien debía estar trabajando en ello. El ruido de los motores hacía imposible que escuchara a alguien. Todo se me hacía muy blanco y destellante. Experimenté una soledad extraordinaria, cualquier cosa podía ocurrir sin que se enterara alguien: tuve miedo. Quise correr al muelle, pero no quería perder algo más en el viaje y seguí llamando con mis holas. Al fin conseguí a alguien en un camarote. Era una mujer que arreglaba sus uñas. Le pregunté por el jefe de seguridad y con asombro me respondió con una pregunta: "¿Alguien sabe que estás aquí?". Le dí mi negativa y mi justificación. Su cara de asombro me hizo decirle que no conseguí nada y que ya me iba, que por favor indicara que yo buscaba algo, que apenas hacía poco había salido.

Caminé hacia la rampa. El camino se me hizo largo y mi percepción del bamboleo de la embarcación se exacerbó. Estaba tensa y quería correr, pero la fatiga de pocas horas de sueño me disuadieron. Descendí todas las escaleras desde abajo, no podía perderme ver esta parte del barco que no conocía. Era fea, pero nueva para mí. A pasos agigantados llegué hasta la plataforma del barco que descansa sobre el muelle. Me preguntaba si era observada, porque me sentí polizón. La puerta que separa el patio del transbordador de la rampa estaba solo bloqueada por la gravedad. La inclinación la mantenía cerrada y solo debía halarla, pues no había aldaba ni candado asegurándola. Descendí la resbalosa rampa, húmeda de gasoil y mar, con cuidado y con las manos vacías. El corazón me latía con fuerza motriz, reemplazando el golpe del bamboleo marino. Llevaba los ojos abiertos, atentos y llenos de imágenes de la sobrevenida y exótica transgresión reciente.


Martes, 8 de enero de 2019

Victor nos indicó dónde hablar con su hermano. Fuimos a buscarlo a la hora pautada y acordamos la hora del encuentro para el traslado. Fueron muy amables él y su tía. Cordial y solidario, con una sonrisa natural, el hermano de Victor, que no  nos conocía sino por una llamada de su hermano, nos llevó hasta una zona muy próxima a donde vivo, inclusive desviándose un poco de su destino original.

En Bello Monte, Caracas, cerca de casa, después colocar ambas ruedas a las bicicletas y rearmar las alforjas, pues no cabían completas en la camioneta.


Llegué a mi casa y Nelson a la suya.

El año comenzaba grande dentro de mí, con mucho por escribir, con ganas de estar en casa y gustosa de retomar mi cotidianidad.

Fin